Acabo de llegar de México. Mujeres in Taninos son una pasada. No me han dejado sola en un momento profesional tan importante. Las comparo con otras nacionalidades, donde las buenas maneras son más una obediencia que una imparcialidad. Creen que estar cerca del poder las protege. Muy pronto iré a Chicago a hacer una cata. Sí, la primera pregunta es con quién estarán los niños. Siempre están bien cuidados y no estoy nunca más de cuatro días fuera, aunque sea un transatlántico. El día en que se lo preguntéis a un hombre es cuando realmente habremos cambiado como sociedad. Hombres que abandonan a sus hijos y no pasa nada, y mujeres que las juzgan incluso si han decidido no tenerlos. El próximo vuelo es a Estados Unidos, donde hay mujeres votando a quien promete recortar los derechos de las mismas mujeres.

Me cuesta mucho empatizar con las que no empatizan con las demás mujeres. Siempre he pensado que debe haber un lugar muy especial en el infierno para las que, cuando otra mujer cae, miran hacia otro lado. No hablo de dar la razón a una amiga porque sí, ni de convertirnos en un ejército de mujeres que se defiende pase lo que pase. La sororidad no puede ser un pacto de incondicionalidad porque las mujeres también nos equivocamos, también podemos hacer daño y ser cuestionadas. Hablo de algo mucho más sencillo: de no mirar hacia otro lado cuando sabes que otra mujer sufre. De la que te dice que exageras. De la que te pregunta qué habrías hecho tú para que él llegara a comportarse así. De la que te dice que, en el fondo, él es un buen hombre. De la que conoce perfectamente sus formas de controlar, humillar, manipular o hacer daño y, sin embargo, prefiere pensar que el problema eres tú. Que cuando llega el momento de posicionarse, prefiere conservar su tranquilidad. Porque él es simpático, o es amigo de su marido. Porque tiene dinero, influencia e invita siempre a cenar. Porque el machismo no es siempre un hombre que te pega. A veces es una mujer que se pone del lado del que pisotea y dice que es neutral.

Hay una forma muy sofisticada de misoginia que no necesita odiar a las mujeres. Solo necesita creer que siempre hay una mujer que se lo ha buscado, aunque sea un poquito. Que algo debe haber hecho, que exagera, que tampoco es para tanto. ¿Y si consigue que una mujer dude de su propia percepción? Quizás también deberíamos aprender a mirar a las personas por los daños que son capaces de hacer, no solo por el encanto que tienen cuando entran en una habitación. Aparte de que dos personas pueden ser buenas para los demás, pero no entre ellas. La cosa que me preocupa aún más es que nosotras mismas reproducimos esta jerarquía sin darnos cuenta. Como, por ejemplo, cuando exigimos a las mujeres que cedan antes. A mi hija, cuando le pido que sea ella quien ceda ante su hermano. A mi madre, cuando doy por hecho que ella ya se ocupará de los nietos. A la mujer que nos ayuda en casa, cuando asumo que una determinada tarea le corresponde. Cuando vamos a casa de alguien y acabamos todas en la cocina y ellos en el sofá.

A menudo hablamos de la sororidad como si fuera algo que se practica cuando nos toca a nosotras, pero la sororidad se practica antes: cuando no te conviene

Es fácil hablar de sororidad cuando estamos ante un caso extremo. Es mucho más difícil practicarla en el lavabo de casa. Es dejar de sobrecargar a otras mujeres. Dejar de pedirles que sean comprensivas, disponibles, pacientes, cuidadoras, conciliadoras. Dejar de convertir a las mujeres en el cojín emocional del mundo. Por eso me gusta tanto el test de Bechdel. No porque una película que no lo pase sea necesariamente machista ni porque pasarlo la convierta automáticamente en feminista. Porque lo contrario del feminismo es la ignorancia. El test es casi ridículamente sencillo: que haya al menos dos mujeres con nombre, que hablen entre ellas y que la conversación no sea sobre un hombre. Y, sin embargo, ¡cuántas películas no lo pasan ni de coña! Es una manera simple de preguntarnos si las mujeres tienen presencia narrativa más allá de su relación con los personajes masculinos. Y quizás nos podríamos hacer la misma pregunta en la vida. ¿Cuántas veces pensamos en las mujeres solo en relación con un hombre? La mujer de. La madre de. La novia de. La ex de. La hija de. La secretaria de. La sobrina de. Como si una mujer necesitara un hombre al lado para convertirse en protagonista de su propia historia. Una persona no cambia necesariamente porque cambie de mujer. Cambiar de pareja no borra las formas de relacionarse. Un manipulador puede cambiar de víctima, pero no necesariamente de comportamiento. Lo que me sorprende es que haya mujeres que crean que ellas serán la excepción. Que con ellas será diferente. Que él con ellas sí que será bueno. Y, de repente, a aquella mujer que no necesitaba a otra le encantaría que alguien le dijera:

—Te creo. No estás loca ante una injusticia.

Y quizás este es el problema de la sororidad: que a menudo hablamos de ella como si fuera algo que se practica cuando nos toca a nosotras. Pero la sororidad se practica antes: cuando no te conviene. Quizás por eso siempre he pensado que hay un lugar especial en el infierno para las mujeres que no ayudan a las otras mujeres. Pero cada vez pienso más que el infierno no es el castigo; es el momento en que te toca necesitar a una mujer y descubres que, cuando las demás te necesitaban, tú no estabas. Porque cuando la libido se acaba, cuando el enamoramiento se acaba, cuando el poder cambia de manos, cuando ya no queda nada por demostrar… quedamos nosotras, las de la intuición.