Durante la Primera Guerra Mundial el pensador vasco Miguel de Unamuno apoyó a los aliados frente a los germanófilos, visitando el frente italiano con Azaña y Américo Castro, entre otros intelectuales. Fue candidato a diputado por el Partido Republicano de Vizcaya. Mordaz, pero educado, mantuvo un enfrentamiento abierto contra el rey Alfonso XIII y el directorio militar del general Primo de Rivera, hasta el punto que llegó a ser procesado por injurias, condenado a prisión y posteriormente indultado. Visitar Fuerteventura es encontrarse con aquel aislamiento y recordar su ostracismo. El contraste después de aquel destierro es radical: Miguel de Unamuno y Jugo (Bilbao, 1864–Salamanca, 1936) llegó a París el 28 de julio de 1924 después de ser indultado de su destino en Fuerteventura. Durante su estancia vivió en el número 2 de la rue La Pérouse y escribió con dolor y lucidez las palabras que conforman el pequeño ensayo La agonía del cristianismo. En París se organizan rutas culturales y se puede recorrer también la huella de Unamuno, donde coincidió con Ortega y Gasset y Vicente Blasco Ibáñez.
Para Unamuno, el ser humano es un individuo en tensión constante, con dudas, anhelos de inmortalidad y autodiálogos que prefiguran la lucha como un motor de sentido. Sin movimiento no hay vida, ni sentido
Agustín García Calvo, en la presentación de "la obrita" (en palabras de Unamuno) sobre la agonía del cristianismo, lo define como el hombre de la "perpetua guerra interior: escéptico, polémico, dialogando consigo mismo". En esta agonía (lucha, en griego), y lucha espiritual, para Unamuno, el pensador escribe que hay momentos en que uno se figura a sí mismo que Europa, el mundo civilizado, está pasando por otro milenio. Era 1924, hace más de 100 años. Y podría ser ahora y aquí y pronunciar estas palabras y tendrían sentido: "El huracán de locura que está barriendo la civilización parece que es una locura de origen que los médicos llamarían específico. Muchos de los agitadores, de los dictadores, de los que arrastran a los pueblos son paralíticos progresivos. Es el suicidio de la carne". Para Unamuno, el ser humano es un individuo en tensión constante con dudas, anhelos de inmortalidad y autodiálogos que prefiguran la lucha como un motor de sentido. Sin movimiento no hay vida, ni sentido.
Unamuno, autor prolífico, contradictorio, implicado, que había mantenido correspondencia con más de 600 mujeres de su época, que era excelso dibujante, jugador al ajedrez o muy hábil con la papiroflexia, ha dejado un legado como filósofo, académico (fue rector de la Universidad de Salamanca en dos mandatos), profesor, ensayista, opinador en medios, excursionista y analista del mundo. Sarcástico con algunos estamentos eclesiales (no ahorra críticas a algunas congregaciones religiosas), se analizaba y se veía como un agónico. "Los escépticos, los agónicos, los polémicos, no monologamos", escribía el autor. En todo caso, sus pensamientos los llama "autodiálogos", diálogos con uno mismo. Y esto es lo que ofrece Unamuno ahora y hoy, la lucha como motor de sentido. En sus palabras: "Se puede morir sin agonía y se puede vivir, en muchos años, en ella y de ella".