A la hora de evaluar la trascendencia de un texto, y os podrá parecer un truco un tanto risible, suelo traducir mentalmente los libros que leo al inglés, cavilando si el volumen en cuestión podría ser igual de estimable para un co-lector neoyorquino, londinense o cualquier habitante de las ciudades que amo. El gesto, para decirlo sin rodeos, me sirve para alejarme de la proximidad de algunas narrativas y mi concomitancia de imaginarios con autores catalanes y comprobar si guardan un afán de universalidad, más allá de su pura trama. Los últimos años, por cuestiones laborales, me he tragado mucha narrativa y esta sensación la he tenido en poquísimos autores nuestros, gente como Toni Sala, Joan Jordi Miralles, Imma Monsó, Núria Perpinyà y, last but not least, un genio sabio y misántropo llamado Josep Lluís Badal, de quien podéis devorar su último Bosc, balena, boira (Lleonard Muntaner).

Diría que ninguno de estos autores presenta novedad para este Sant Jordi, por lo que os recomiendo que habléis con lo que los cursis llaman “vuestro librero de confianza” para exigirle que haga el esfuerzo de saltar la pila de novedades para buscar cualquier título de los autores precedentes, adentrándose en lo que las librerías cada vez desestiman más; a saber, su fondo de armario. Sé que, limitándome al mundo de la narrativa, desestimo géneros literarios de gran valía como la poesía (que en nuestro país vive un momento explosivo; si buscáis recomendaciones, podéis dirigiros al perfil de X de Sam Abrams, que vive tan obsesionado como yo con los versos extraordinarios del maestro Lluís Solà), la dramaturgia, el ensayo, etc. Pero servidor, por mucho que sea lector quisquilloso sediento de filosofía, no puede eludir la norma, y, como en cualquier país del mundo, mi canon también vive demasiado prisionero de la narración.

Aconsejo a los lectores que se dirijan a los catálogos de las editoriales que han mantenido la literatura catalana de la última década en un estado de notabilísima salud

Desafortunadamente, este curso no he podido leer ningún texto de un autor nuestro que me haya satisfecho plenamente, por lo que aconsejo a los lectores que se dirijan a los catálogos de las editoriales que han mantenido la literatura catalana de la última década en un estado de notabilísima salud; no los recordaré todos, pero acercaos a los libros de (citaré alfabéticamente) Adesiara, Adia, l’Agulla Daurada, L’Altra, Angle, Arcàdia, Arola, Bernat Metge, Cafè Central, Cal Carré, Cap de Brot, Cossetània, Edicions de 1984, Edicions del Cràter, Edicions de la Ela Geminada, Edicions Enoanda, Flâneur, Fonoll, Fragmenta, Labreu, Lapislàtzuli, Lleonard Muntaner, Males Herbes, Raig Verd, Saldonar, Sidillà, Tigre de Paper, Tres i Quatre y Viena. Todas estas empresas tienen editores (¡especialmente editoras!) que han dignificado nuestra letra y, si me dejo alguna, sus dueños ya estarán enviándome un whats.

Pero si existe algo más sacrificado que los productores y los autores de los libros… es un tipo de ser llamado traductor. No descubro nada, porque muchos lectores ya saben de sobra que vivimos una época dorada de versionadores. Para no dejaros sin recomendaciones más concretas, os exijo que este Sant Jordi compréis la maravilla que Clara Formosa ha hecho con Extinció, última obra maestra de Thomas Bernhard, mi maestro de escritura y de vida. Si sois jóvenes narradores que queréis aprender cómo se hace una novela y cómo se esculpen unos personajes adorablemente desastrosos, devorad la traducción de El príncep negre que ha hecho mi querido Jaume C. Pons Alorda (Edicions de 1984). Si os sobra pasta, comprad la virguería que Carles Dachs ha inventado con Tango Satànic (Cràter) o la animalada heroica de Ramon Monton con Josep i els seus germans (Comanegra).

Como norma general, alejaos de los libros de mierda (hay que evitar los productos derivados de TV3 y cualquier oferta de la cooperativa Abacus) y abrazad la buena literatura. No nos hace mejores, como dice el eslogan cutre, pero transforman la existencia en un mar de imaginación mucho más pasable. Con la rosa y el libro en las manos, dirigíos allí donde esté Uclés, regaladle una ventosidad o un corte de mangas, y recomendadle que se meta su La muerte y la primavera directamente en el ano. Venga, buena diada y tal.