El Rijksmuseum es de obligada visita turística en Ámsterdam, con una extensa colección de pintura flamenca —especialmente del barroco de Rembrandt y Vermeer—, y una buena visita antes de ir a ver un concierto de Rosalía en el Ziggo Dome, junto a Johan Cruijff Arena, por cierto. Digo que está bien una visita previa, primero, porque la actual Rosalía es como un retrato de Vermeer, y, segundo, porque su concierto, espectáculo o cómo se quiera llamar, es, en realidad, una obra de arte en sí misma, y ella es La joven de la perla que está en todos los cuadros. Verticales, por cierto. Nos hemos preguntado por qué no deja entrar a los fotógrafos si, al fin y al cabo, tampoco puede controlar tanto su imagen en un espectáculo —y una vida— lleno de móviles, y quizá la respuesta sea que la puesta en escena está pensada para los vídeos verticales…

Un paréntesis. Lo de los vídeos incluye el efecto viral del confesionario, ligero contrapeso del show en el que, como preludio del tema "La perla" —donde pone verde a un ex, estilo Shakira, que para eso sirve el arte también—, aparece en escena una celebrity que normalmente explica qué inútiles somos los hombres. Aquí, mi machismo —que quiere dejar de serlo—, lucha por decir que alguna mujer habrá que sea la reina de la 13-14. Cierro paréntesis.

En Catalunya no ha habido antes una artista de esa magnitud. ¿En España? Diría que probablemente tampoco

Me impresionó. Es uno de los mejores conciertos que he visto en mi vida. Quizás especialmente el primero de los cuatro actos. Pero no es un concierto para ir al bar o al lavabo en un momento valle. No hay momento valle. Es arte escénico delicado, una voz que se luce, una espectacular orquestación y una electrónica justa. Y es también diálogo con el público, mirada con carisma y belleza revolucionaria. Una exigencia física y técnica brutal, incluso como bailarina clásica, que solo puede ejecutar un genio en estado de gracia y buena forma.

Una tregua en el mundo sin ser equidistante de una Rosalía que juega en la liga de los que te ofrecen algo que no sabías que necesitabas: Prince, Bowie, Björk, Billie Eilish, Ferran Adrià, Steve Jobs. Creadores sin algoritmo, sino estimuladores de un nuevo paladar.

Ver esto en Barcelona, o en Madrid, debe impresionar. Verlo en otra ciudad del mundo te permite ver la magnitud de la artista. Cada vez hay más músicos que llenan el Sant Jordi. Incluso el Estadi Olímpic. Pero que fuera del país no venderían ni una entrada… Esta es la diferencia. En Catalunya no ha habido antes una artista de esa magnitud. ¿En España? Diría que probablemente tampoco. Y el Lux Tour ha ampliado la edad de su público, sin dejar atrás la franja más joven. Todo un desafío a la hegemonía anglosajona.

Y, por cierto, Netflix ha estrenado la serie sobre el experimento que hizo el padre de las hermanas Polgar con sus hijas. Cómo convertir a tres niñas en genios del ajedrez. A base de practicar y de practicar durante años. Y Rosalía es esto: son años de trabajar sin cesar. Pero también una geografía: un espacio de mestizaje y experimentación, como Barcelona. Y una academia. El efecto pasillo del conservatorio: la convivencia de disciplinas. Ahora bien, después, además de ambición y capacidad de sacrificio, tienes que tener un talento descomunal.