Un informe publicado por McKinsey cifra en el 26% la proporción de empleos amenazados en Europa por la crisis económica actual. Según la firma por excelencia de análisis del mundo empresarial, la mitad de los puestos de trabajo se concentrarán de aquí a 2030 en 48 ciudades. Bajo esta perspectiva de un cambio profundo, la consultora indica, sin embargo, que "el impacto de la automatización puede no ser tan significativo como a menudo se cree".

Este juicio coincide con las reacciones que son perceptibles aquí, en el conjunto de la Unión Europea, en Estados Unidos, e incluso en China. El mundo no parece sentirse preparado para que tras el terrible shock de la pandemia Covid-19 venga una segunda parte protagonizada por la revolución tecnológica. 

Esta semana ha tenido lugar una cumbre empresarial organizada por la CEOE en la que su jefe de fila, Antonio Garamendi, ha recalcado que "es necesario dar confianza a la sociedad en la recuperación de la estabilidad de sus empleos". Ana P. Botín, del Banco Santander, insistió en que "lo más importante es el empleo". Antonio Brufau, primer ejecutivo de Repsol, fue aún más directo: "Hay que aplicar medidas contundentes que tengan un efecto inmediato". "Hay que crear —añadió— industria nueva, pero sin destruir la que hay".

"Se necesitan crear empleos para los trabajadores que tenemos, no para los trabajadores que deseamos tener", afirma Ricardo Hausmann

En Francia, Emmanuel Macron ha hecho un llamamiento a "trabajar y producir más para no depender de los demás". En ese sentido se definió a favor de la relocalización de empresas industriales, que se han perdido hasta un 40% entre 2002 y 2018. La crisis de los chalecos amarillos reflejó la intensa deslocalización promovida.

En Estados Unidos, Donald Trump ha puesto en marcha un plan de 1 billón de dólares destinados a reforzar la infraestructura tradicional, como carreteras y puentes. A menor escala abordará la industria 5G, con la que compite con Pekín, y la banda ancha rural.

El economista de Harvard Dani Rodrik es el defensor de "la tecnología para todos", para quien el cambio tecnológico no sigue su propia dirección. "Vivimos en un mundo con un abismo cada vez mayor entre las habilidades del trabajador promedio y las capacidades que exigen las tecnologías de vanguardia". Y añade: "Los robots, el software y la inteligencia artificial han aumentado las ganancias corporativas, pero reemplazan a los trabajadores de fábrica, vaciando la clase media". Su colega de Harvard Ricardo Hausmann le apoya: "Se necesitan crear empleos para los trabajadores que tenemos, no para los trabajadores que deseamos tener". Los incentivos que proporcionan los gobiernos en cada caso pueden inclinar la balanza en esa dirección.

En Shenzhen, centro neurálgico de la tecnología china, se observa algo similar. Empresas que trabajaban en la automatización de las líneas de ensamblaje de las fábricas han debido reducir sus plantillas y algunas reorientarse hacia la producción de robots mascotas para el ámbito doméstico.

El mundo está pidiendo estabilidad y no nuevas aventuras. En el binomio creación-destrucción de Schumpeter, el cupo de esta última ha quedado más que rebosado.

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