La fotografía muestra a un escultor dando sus últimos retoques a un busto del generalísimo Franco. Ha realizado otros a José Antonio y Pilar Primo de Rivera, a Serrano Súñer y a Dionisio Ridruejo. Se llama Emilio Aladrén, y lo pongo aquí porque fue el gran amor de Federico García Lorca, porque este señor al que no habríamos identificado nunca fue el destinatario de algunas de las mejores y más conocidas expresiones de amor de la literatura española, el origen biográfico de unas palabras mágicas que, hoy, ahora mismo, mientras miramos la fotografía, están pronunciando, leyendo o recordando personas de todo del mundo envueltas en fardo de sentimientos. En 1929, para intentar olvidar al escultor, el poeta de Granada se convertirá poeta en Nueva York y escribirá un libro que así se llama. Del mismo modo, me parece a mí, que años antes había venido a Barcelona para olvidar otras cosas de su provincia, cosas de Madrid, cosas que no se podían decir, cuando era muy amigo de Salvador Dalí y conoció a Josep Maria de Sagarra y a J.V. Foix, cuando había aprendido a gritar en catalán, travieso, una frase subversiva: Visca Catalunya lliure!

¿Qué se puede comparar con esta imagen de Emilio Aladrén, con el cadáver de García Lorca ilocalizado, retratando a un Franco irreal, idealizado, casi divino como si fuera un César, un faraón? 

Lo dejo dicho aquí porque quizás, algún día, se escribirá la historia del independentismo catalán y se tendrá que recordar cómo la tergiversación que el fascismo ha hecho —y que continúa haciendo— de la historia de España es profunda. Que el desconocimiento juega en su favor. Que no es sólo de ahora que se intenta manipular la realidad, que García Lorca ya nos dejó advertido que la vida “no es buena, ni noble, ni sagrada”, pero, francamente, que lo acabaran fusilando como a un criminal por motivos políticos y que su gran amor acabara repelando y repelando la mejilla y la barbilla del busto del dictador, servilmente, artísticamente, interesadamente, con esos ojos tan grandes que hace, ojos de superviviente asustado, asustado por la muerte, de fugitivo, quizás es aleccionador. O a mí me lo parece. Durante la Guerra Civil, las aberraciones de un bando sólo fueron comparables con las aberraciones del otro bando. Pero una vez impuesta la dictadura vitalicia, ¿qué se puede comparar con esta imagen de Emilio Aladrén, con el cadáver de García Lorca ilocalizado, retratando a un Franco irreal, idealizado, casi divino como si fuera un César, un faraón? ¿Dónde lo tienen ahora este busto hecho por el novio de García Lorca, tal vez en el Valle de los Caídos? Y si los herederos del Caudillo invicto lo tienen escondido que nos digan también por qué.

A mí de la generación poética de 1927 me gusta recordar el verso, el elogio, más lamentable de todos, lo que ni el papel logra aguantar, lo que Dámaso Alonso se sintió obligado a escribir para adular al dictador:

         “huevo de águila: a Franco nombro”.

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