Es mentira podrida cuando la ciudadana Inés Arrimades sostiene que Cornellà es una tierra plural y diversa como Catalunya. Como Catalunya, no, excelencia. Arrimadas sólo está halagando a sus electores en campaña electoral, lamiendo al personal como la gata a sus gatitos. Va diciendo chorradas. Cornellà, la tierra del grandísimo político José Montilla (tan plural y tan diverso, él), es tan plural o tan diversa como Oslo. Quizás, si lo pensamos bien, lo es bastante menos, tengamos un poco de mundo y de perspectiva. Lo que quiere decir doña Inés, guiñando el ojo, lo que dice sin decir la interesada jerezana que busca votos, es que Cornellà forma parte de la Catalunya española, de una tierra fuertemente castellanizada, colonizada, asimilada, en buena parte, a España y olé, donde los catalanohablantes vivos son minoritarios y a veces invisibles, remotos, una tierra donde la inmensa mayoría son inmigrantes o hijos de inmigrantes y viven exclusivamente, aisladamente, en español. Una tierra de nacionalismo español muy marcado, de españolismo. Una tierra donde solo hay un colectivo que se cree superior a los demás colectivos y que ha decidido no integrarse en Catalunya. Donde viven individuos, plurales y diversos, que te dicen con gran satisfacción que ya llevan viviendo aquí cuarenta, cincuenta años y no entienden ni una palabra de catalán. Que por reivindicar España hoy reivindican su derecho a la ignorancia, a no saber el catalán, una lengua que ven sólo como un estorbo y que por eso lo combaten, atacando la inmersión lingüística. Salvando algunas, quizás numerosas excepciones, el colectivo castellanohablante es el único colectivo inmigrante que tiene la arrogancia de vivir en Cornellà como vivía Chiquito de la Calzada en Tokio, prácticamente como si no se hubiera movido de casa, de la casa de los orígenes de España y olé, una tierra mítica que no se puede dejar de venerar como en una religión extraña. Cornellà no tiene mucho de plural ni de diversa.

En el cinturón industrial de Barcelona, en esa tierra magnífica, que Inés Arrimadas mitifica para reclamar el voto, yo he conocido a un chico solitario, aislado y asustado, a quien sus compañeros denominaban “el catalán” para estigmatizarlo, para acosarle, como si no estuviéramos en Catalunya y ellos no fueran también catalanes. También he conocido a otro antiguo alumno mío que ocultaba ante todo el mundo que hablaba catalán en casa, consciente de la inoportunidad de su identidad lingüística y cultura, exactamente igual como hacen los gays o los judíos ante los partidarios de la unanimidad. Yo he conocido un encendido desprecio por Catalunya en esta tierra plural y diversa de Cornellà donde la cultura era sólo un desagradable distintivo de ricos, una marca de disidencia, donde además la cultura catalana era vista como una imposición intolerable de una gente desconocida a la que se odiaba o se despreciaba. Esta es la tierra plural y diversa de la que habla Inés Arrimadas, un lugar salvaje, deprimido y castigado por las diversas crisis, del que todo el que puede se va y se olvida, un territorio que hace bandera del adoctrinamiento españolista, del odio a los que no son como ellos, donde prolifera la ley del más fuerte, la violencia en todas sus formas, la ultraderecha, el sexismo, el resentimiento permanente del inmigrante que no quiere dejarlo nunca de ser, que no quiere nunca aceptar que ya vive en Catalunya y que Catalunya ya se ha convertido en su propia casa. Yo nací y viví muchos años muy cerca de Cornellà, y a los catalanohablantes, excelencia, nos señalabais con el dedo. Tú también, Inés.

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