Será porque llegan elecciones (no está claro cuándo); será porque, se diga lo que se diga, la competición izquierda-derecha cada vez es más patente; será porque la mesa de negociaciones es más poliédrica de lo que parece y no vale decir por sistema a todo que no (pero ir, queriendo imponer agenda); será por una cuestión de liderazgo social; será por una cuestión de carisma; será por rivalidades personales; será porque una clara hegemonía ni está ni se la espera; será por todo eso, junto y revuelto, será por muchas otras cosas o será por ninguna de estas (no creo), será por lo que sea, pero ha brotado de las fuentes de la intolerancia la teología de la independencia con sus predicadores.

Desde hace un tiempo parece que, para unos, los suyos solo sean los buenos. Es más, que tan sólo los suyos puedan ser los buenos. Y para los mismos, los otros ―y siempre los otros― son los malos. Malo, en términos de teología independiente, es ser un botifler, un catalán de pacotilla, un mero traidor. Palabra del neo-Santo Oficio.

Eso tiene como consecuencia que, para algunos determinados círculos, unos líderes sean los mesías y sus lemas, consignas de una nueva religión: el independentismo, el independentismo a medida, claro está. Este tipo de nuevo monoteísmo, aparte de radicalmente antidemocrático y manifiestamente totalitario, es políticamente erróneo. En su estulta ceguera, los que así piensan ―sea la corriente, bando o grupo que sea― ven al enemigo en casa y no fuera. Los de casa ya no son compatriotas; quizás ni hermanos separados. Sin embargo, caray, son compatriotas que piensan de acuerdo a sus propios criterios. A ver si ahora, por pensar ―la funesta manía de pensar, como decía el Filósofo Rancio― hará falta pedir permiso, el nihil obstat.

Este viejo deporte de la intolerancia es incompatible con la república que todos proclaman que quieren crear y en la cual, en voz bien alta, dicen que todos caben 

Al paso que algunos llevan la independencia, han creado una especie de teología, con sus dogmas, sus profetas y sus liturgias y, por lo tanto, sus pecados mortales y nada veniales. Al que no se apunta a la corriente desde la cual es llamado, se lo estigmatiza y se lo excomulga del independentismo y no digamos, en ocasiones, de la catalanidad. Con estos quemabrujas no se puede ir demasiado lejos.

Ampliar la base puede pasar por muchos circuitos, por Perpinyà, Cornellà, el Empordà ―Alt y Baix― o el Penedès ―ídem―, pero seguro que no pasa por un vernáculo Taigeto desde donde despeñar a los disidentes. Este viejo deporte de la intolerancia es incompatible con la república que todos proclaman que quieren crear y en la cual, en voz bien alta, dicen que caben todos.

Estos teólogos de la independencia, Torquemadas con barretina, tienen que desaparecer del mapa. Los dirigentes de todos los sectores, tanto de los políticos institucionales como de los sociales u otros organismos, tienen que apresurarse muy seriamente para llevar la política al terreno laico, en todos los sentidos, de los valores republicanos. Sin admoniciones, penitencias o exclusiones.

No necesitamos ni dioses ni profetas. Hacen falta líderes que hagan de sus liderazgos una vía integradora, razonada y enriquecedora de los valores mayoritarios en cada momento. Salvo el respeto y fomento ―las dos cosas; la segunda se olvida con demasiada fecuencia― de los derechos fundamentales, en la política democrática como toca no hay espacio para las verdades ni, por lo tanto, para imponerlas ni excluir a los que no piensan como nosotros. Atentos con salir del fuego para caer en las brasas. ¡Cuidado!

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