Hace tres semanas, comerciantes desesperados del Gran Bazar de Teherán salieron a la calle con una queja simple: no pueden sobrevivir. La inflación galopante, el rial desplomado, el poder adquisitivo hecho polvo. Una protesta económica, legítima, comprensible. Hoy, tres semanas después, Irán está en llamas, con más de 3.400 muertos según organizaciones internacionales, un apagón digital que ha dejado incomunicado al 99% del país, y una batalla feroz de narrativas en la que cada potencia mundial intenta escribir el final de la historia.
El 28 de diciembre, esos comerciantes del bazar. Días después, las protestas se extendían por las 31 provincias de Irán, y algo cambió: las demandas pasaron de lo económico a lo político. Ya no era solo “queremos comer”, sino “queremos libertad”. El 8 de enero, el régimen cortó internet casi completamente. Y ese mismo día, la represión se volvió letal. Médicos en hospitales de todo el país reportan escenas de “zona de guerra”: morgues desbordadas, heridos con disparos en la cabeza, familias obligadas a pagar sobornos por recuperar cadáveres. Más de 10.000 detenidos, según cifras que varían según la fuente.
Las cifras de muertos son un campo de batalla informativo. La ONG Iran Human Rights documenta 3.428 asesinados. Un funcionario iraní anónimo reconoció ante Reuters alrededor de 2.000 muertos. El propio Jamenei confirmó el 17 de enero que han muerto “varios miles”. Algunos medios hablan de hasta 12.000 o 20.000. La verdad está en algún lugar entre esos números, probablemente más cerca de los 3.000, pero el apagón digital hace que nadie pueda verificar con precisión. Y eso es exactamente lo que el régimen buscaba al cortar internet: invisibilizar la represión.
El régimen iraní sostiene que las protestas económicas iniciales eran legítimas, pero que “nuevos actores” —mercenarios financiados por Estados Unidos e Israel— transformaron las manifestaciones pacíficas en una “guerra terrorista”. El canciller Araqchi afirma tener grabaciones de audio en las que se ordena disparar contra civiles para aumentar el número de muertes y justificar una intervención estadounidense. Habla de 53 mezquitas incendiadas, 200 tiendas quemadas, 250 centros educativos destruidos. Actos que, según él, “ningún iraní cometería”. Irán anunció la captura de un agente del Mossad y la incautación de armas estadounidenses. Presentó una carta ante la ONU acusando a Trump y Netanyahu de coordinar la desestabilización.
Desde el otro lado, Washington e Israel lo niegan todo. Trump expresó abiertamente su apoyo a los manifestantes, llamándolos “patriotas” e instigándolos a “tomar las instituciones”. Prometió que “la ayuda está en camino” y amenazó con “golpear donde más duele” si continúa la represión. Netanyahu dijo que Israel “apoya la lucha por la libertad” del pueblo iraní, aunque reconoció que cualquier implicación directa beneficiaría al régimen dándole un argumento para justificar la represión. Las organizaciones de derechos humanos occidentales documentan un “patrón mortal” de represión letal. Un video verificado por CBS News muestra 400 cuerpos apilados en una morgue de Teherán con lesiones por armas de fuego.
¿Quién tiene razón? Probablemente ambos lados tienen algo de razón. Es completamente creíble que haya protestas legítimas de una población desesperada. También es completamente creíble que potencias como Estados Unidos e Israel intenten aprovechar una situación de debilidad del régimen para promover cambios que los favorezcan. Las evidencias independientes de infiltración armada masiva son imposibles de verificar cuando el país está prácticamente sin internet. Lo único absolutamente verificable es que las fuerzas de seguridad iraníes han usado fuerza letal masiva contra manifestantes, muchos de los cuales eran claramente pacíficos.
Cuando un régimen se siente acorralado, su tendencia es la represión brutal
Hay que entender el contexto para entender todo lo demás. Irán lleva años en caída libre económica. La inflación está en el 42,5%, con los alimentos alcanzando el 70%. El rial ha caído un 45% en 2025, el poder adquisitivo se ha desplomado un 90% en ocho años. Los jóvenes tienen un desempleo del 19,7%. Familias enteras compran aceite a plazos y duermen en las azoteas porque no pueden pagar alquiler. Esto no es propaganda de Trump. Es la realidad económica que empuja a la gente a las calles.
Pero la crisis no surge solo de la economía interna. En junio de 2025, Israel y Estados Unidos bombardearon instalaciones nucleares iraníes. El general Mohammad Bagheri, jefe del Estado Mayor, murió en los ataques. También cayeron el comandante de la Guardia Revolucionaria, Hossein Salami, y varios científicos nucleares. Según Teherán, los bombardeos causaron cientos de víctimas civiles. El régimen quedó humillado militarmente ante su propia población. Meses antes, el régimen de Assad había caído en Siria, lo que debilitó enormemente al “Eje de la Resistencia” que Irán había construido durante décadas. Hezbolá está debilitado, Hamás está desgastado. Irán nunca se había sentido tan aislado ni tan vulnerable. Y cuando un régimen se siente acorralado, su tendencia es la represión brutal.
Mientras tanto, las potencias mundiales posicionan sus piezas. Trump quiere el colapso del régimen, es su archienemigo desde 1979. Amenaza intervención militar. Putin ofrece mediación y pide “solución diplomática”, porque, aunque es aliado de Irán en algunos aspectos, teme un caos regional que desestabilice el petróleo global. China, el mayor socio comercial de Irán, está atrapada: defiende a Irán en la ONU, pero tiembla ante los aranceles del 25% que Trump amenaza imponer a cualquiera que comercie con Teherán. La Unión Europea condena la represión con palabras fuertes, pero carece de herramientas reales para influir. España, acertadamente, insiste en que la solución debe ser interna, sin intervención militar externa. Israel apoya públicamente a los manifestantes, pero evita implicación directa que pudiera fortalecer la narrativa del régimen.
¿Hacia dónde va esto? Nadie lo sabe con certeza. El régimen podría lograr aplastar las protestas mediante terror puro, como ha hecho en 2009 y 2019. Pero eso no resolvería nada: las causas —economía destrozada, corrupción rampante, falta de libertades— seguirían ahí. Irán podría intentar negociar con Trump sobre su programa nuclear para ganar tiempo y aliviar sanciones, pero Jamenei se opone históricamente a cualquier pacto con Washington. El régimen podría colapsar, abriendo la puerta a un futuro impredecible: democracia, caos, fragmentación, nueva dictadura militar. Algunos analistas hablan de un “momento más importante en Irán desde 1979”. Bloomberg Economics estima que el régimen “probablemente no sobreviva en su forma actual hacia fines de 2026”.
Lo que está claro es que 85 millones de personas sufren en medio de estos cálculos geopolíticos. Hospitales saturados, médicos amenazados por fuerzas de seguridad, familias traumatizadas. El 80% de la población depende de ayudas públicas que se vuelven cada vez más insuficientes. Mujeres y jóvenes lideran las protestas y reciben la represión más brutal. Al menos 9 menores de 18 años han sido asesinados. Hay testimonios de ejecuciones en hospitales. Médicos denuncian que agentes armados entran en las UCI para matar a heridos que logran llegar vivos a los quirófanos.
La batalla de narrativas es feroz. Medios occidentales documentan la represión exhaustivamente. Medios afines a Irán reportan contramanifestaciones pro-gobierno. Organizaciones de derechos humanos mantienen la credibilidad documentando violaciones sin validar narrativas de ningún lado. Pero, en un país sin internet, la verdad se convierte en lo que los más poderosos logran imponer.
Lo que sabemos es que hay una población desesperada. Hay un régimen que responde con represión. Hay potencias externas que ven una oportunidad. Hay injerencia internacional real, aunque probablemente no de la magnitud que Teherán afirma. Y hay miles de muertos, decenas de miles de detenidos, y un país incomunicado en el que es casi imposible distinguir dónde termina la verdad y dónde comienza la propaganda.
Los próximos meses serán decisivos. Irán, Oriente Medio y el equilibrio de poder global podrían cambiar dramáticamente. Pero, sea cual sea el desenlace, los que más van a sufrir son los 85 millones de iraníes que solo pedían poder vivir sin hambre, sin represión, sin miedo. Y ese debería ser el norte de cualquier análisis responsable sobre lo que está ocurriendo: no los intereses de Washington, Moscú o Teherán, sino la vida digna de la ciudadanía iraní.