Sabemos desde Nietzsche, con la inestimable ayuda de Milan Kundera, que la insignificancia de nuestras decisiones puede llegar a ser un peso insoportable. Pero solo si uno es consciente de su futilidad. Si, en cambio, esta levedad se adorna con garambainas luminosas y se vende con pomposa rutilancia, entonces cualquier futilidad puede convertirse en un acto grandioso. Al fin y al cabo, vivir en el engaño es una forma de conquistar la felicidad, o eso dicen.
Vivir el engaño o vender el engaño, que es lo que suele ocurrir cuando las decisiones pertenecen al capcioso mundo de la política. Especialmente, si la política se refiere a cuestiones que afectan a los derechos y las necesidades catalanas, un terreno donde la levedad de los acuerdos llega al paroxismo. Son tantas las veces que nos han anunciado grandes pactos inflados con el vacío más absoluto, que ciertamente debemos ser el pueblo que más sufre la insoportable levedad del ser.
La última de estas insignificancias, hablada suficientemente los últimos días, ha sido el acuerdo que han firmado Pedro Sánchez y Oriol Junqueras, y que se ha presentado a bombo y platillo como si fuera un pacto histórico. En realidad, este acuerdo no solo significa la consolidación del carácter autonómico de Catalunya, y aplaza sine die la reivindicación del concierto económico, sino que es una simple actualización inflacionaria de los acuerdos de 2009, que ya entonces eran del todo insuficientes. Dicho en pocas palabras, el pacto Sánchez-Junqueras nos ha situado mucho antes del procés catalán y de toda lucha que culminó en el Primer d'Octubre. Desde la perspectiva de la financiación catalana, es un retroceso que nos sitúa antes de la consulta por la independencia de Arenys de Munt. No se puede decir de otra manera: es un pacto de derrota firmado por un súbdito.
Si el tema es de por sí decepcionante, adquiere un peor parecido cuando se sitúa en paralelo al otro acuerdo de Sánchez, en este caso con el País Vasco. A diferencia del inaceptable vacío del pacto catalán, el acuerdo que acaba de suscribir el PNV con el PSOE es de una enorme importancia histórica que sitúa al País Vasco casi a las puertas de la soberanía de un Estado. Aquí no se trata de un reparto falaz del chocolate del loro —que es exactamente lo que ha firmado ERC—, sino de un traspaso que convierte a Euzkadi en la única autonomía que gestionará el paro y los subsidios de desempleo. Para concretar, los vascos asumirán la gestión de las 30 oficinas y los 534 trabajadores que tiene el SEPE en el País Vasco. Como explicaba El Nacional, en un territorio de 2,2 millones de habitantes, Euzkadi gestionará 820 millones anuales y más de 51.000 personas serán beneficiarias de las prestaciones. El acuerdo también implicará el traspaso futuro del conjunto de la Seguridad Social, incluidas las pensiones, lo que dinamita completamente la estrecha lógica autonómica y sitúa a Euzkadi en máximos de soberanía.
El PNV pacta soberanía al por mayor, mientras ERC acepta unas migajas rellenas de quincalla
Es decir, para entendernos: en el mismo momento, con el mismo presidente del Gobierno en situación precaria y necesitado de oxígeno, el PNV pacta soberanía al por mayor, mientras ERC acepta unas migajas rellenas de quincalla, que ni siquiera sirven para aligerar la caja. En el caso vasco, se cumple el Estatuto de Gernika; en el caso catalán, directamente se mean en nuestro Estatut. ¿Por qué? Porque el PNV ha persistido y nunca ha dado pasos atrás en su proyecto de alcanzar la soberanía económica. A ERC, en cambio, le han temblado las piernas desde el primer momento en que su líder fue a prisión, y ya nunca más ha mostrado un mínimo coraje. Junts, en cambio, se ha mantenido en la lucha por el concierto, pero la imposibilidad de ir a una con los republicanos ha debilitado completamente la presión que se podría hacer desde Catalunya. En cierta manera, como me decía un líder socialista no hace mucho, "Los vascos negocian de verdad. Vosotros sois una broma. Os hemos tomado la medida".
Para terminar, constatar por enésima vez que a España solo le preocupa Catalunya. La prueba es el ruido y la histeria del nacionalismo español de todos los colores —desde peperos a socialistas, pasando por Podemos y Sumar— a raíz del pacto de Junqueras, a pesar de no significar prácticamente nada. Y, en cambio, la indiferencia absoluta de estos mismos con un traspaso al País Vasco que es una auténtica rozadura a la soberanía española. Catalunya es la cuestión y es la obsesión, no en vano siempre recuerdan que somos españoles por derecho de conquista. Para concluir, ERC ha hecho mucho ruido, no ha conseguido nada sustancial y encima ha avivado el anticatalanismo previsible. Es decir, ha hecho un pan como unas hostias.
Como final, una cita de la maravillosa novela de Kundera: "Llegó a la conclusión de que la cuestión fundamental no es: ¿sabían o no sabían? Sino: ¿es inocente un hombre cuando no sabe?, ¿un idiota que ocupa el trono está libre de toda culpa solo por ser idiota?".
Como diría el sabio, buena pregunta...