La zona que ha quemado en Les Gavarres forma parte de los paisajes de mi infancia. Y cuando quema uno de los espacios que iluminan tu memoria sentimental, tu vida quema, como la piel sudada bajo el sol del verano mientras pedaleaba por las orillas del río Daró, siguiendo los pasos de Madame y Monsieur, los perros de la familia, que viajaban de Vallvidrera a Sant Miquel de Cruïlles y de Sant Miquel de Cruïlles a Vallvidrera. Madame, por cierto, había sido madre de una perrita llamada Bleda, que mataron unos cazadores que solían ejecutar a cualquier animal que les dificultaba la caza. Otros incendiarios. Este artículo, sin embargo, no va de incendios geográficos relacionados con la memoria de cada uno, sino de otros incendios también causados por la mente ejecutora de los seres humanos. Me refiero a la política y a unas encuestas aparecidas en muchos diarios que predicen una mayoría absoluta del PP y de su hijo bastardo, Vox, como consecuencia del enlace poselectoral.

Nada hace pensar que las encuestas estén equivocadas, y si no hay un cataclismo fuera del control del lawfare, a finales de 2027 sufriremos un gobierno involucionista que tendrá, con toda seguridad, Catalunya y nuestros derechos nacionales en el visor del Cetme, porque no se entendería esta exacerbación del nacionalismo español garrotvilista sin el procés y el postprocés. Si hay una verdad absoluta a lo largo de la historia de esta desgracia llamada España, es que, sin el contra Catalunya, España no existiría. Y una vez tomadas las riendas del poder, la alianza PP-Vox funcionará como un rodillo vengativo, alentado por la troupe de los Espada, Boadella, Azúa y Cercas, intelectuales que destilan odio hacia el país donde nacieron. Ahora que las encuestas les aseguran una unidad de destino en lo universal, están afilando las espadas de Santiago con el deseo de pasar factura, mientras que al otro lado solo hay rufianismo de cañita, junquerismo iluminado, puigdemontismo mesiánico, illismo monacal y post colauismo ecoequidistante. Algunos hablan de Aliança Catalana como solución; yo solo lo veo como una rabieta destinada a deshacerse como el azúcar cuando los garantes de Sílvia Orriols se cansen de ella. Junto a Sílvia Orriols, no hay nadie para sustituirla al timón. Igual que ocurre en el país.

Aceptar las encuestas es como prepararse para el próximo gran apagón. Un apagón democrático y también oscuro, porque cuando escucho a Ignacio Garriga, veo, tal cual, a Juan Antonio Samaranch, antes de que fuera Joan Antoni, y a Pablo Porta, recordado dúo universitario que se dedicaba a repartir estopa en los claustros universitarios a alumnos descarriados ideológicamente. Supuestos republicanos. Supuestos monárquicos. Supuestos liberales. Supuestos rojos. Unidad de destino en lo universal. Tenías que ser un camisa azul.

Si hay una verdad absoluta a lo largo de la historia de esta desgracia llamada España, es que, sin el contra Catalunya, España no existiría

La diferencia entre aquellos tiempos de la posguerra y ahora es que actualmente vivimos en un país democrático, pero la situación es trágica, ya que aquellos poderes que tienen que garantizar la salud democrática se han pasado al bando de los ganadores de las encuestas, especialistas en llamar antidemocráticos a todos los que no comulgan con sus creencias. Por Dios y por España. Las encuestas son claras y nadie, viendo la deriva del país, España, es capaz de dudar de su veracidad. Quien quiera negarlas, hará realismo mágico.

De nada han servido cincuenta años de democracia. El país sigue siendo tan reaccionario como siempre, con el añadido de una españolización nacionalista exprés sufrida por muchos progresistas que se rasgaron las vestiduras cuando España, decían, se rompía por culpa de los catalanes nazis que querían una Catalunya libre de sus garras. Yo conocí a varios socialistas profundamente catalanófobos y el procés fue como un exorcismo. Les salieron todos los demonios, y muchos izquierdistas han cambiado de bando con la excusa de la corrupción del gobierno de Sánchez. El verdadero punto de inflexión fue el procés y una catalanofobia de cuna que mantenían, por progres, escondida.  

Nos quedan dos años para digerir las encuestas y endurecer el estómago. Hablo en plural y por los míos, porque dudo que Espada, Boadella, Azúa y Cercas lean el artículo, tan inflados de ego y tan maleducados en la diversidad de opiniones. Pero una cosa es digerirlas y la otra cruzarse de brazos una vez esta horda de nacionalistas españoles trate de raziar cultural, social y económicamente Catalunya. Como ciudadanos, ya demostramos que podemos alborotar el gallinero ibérico si queremos. Otra cosa es si tenemos los políticos necesarios para resistir, o los empresarios de Foment saldrán en defensa del país, y ni de coña.

Tal como han ido las sucesivas elecciones autonómicas y las que vendrán, es muy probable que Barcelona y Catalunya acaben convirtiéndose en la única gran ciudad y la última comunidad autónoma progresistas de España. Y no hablo de los vascos, porque estos van siempre a lo suyo y ni están, ni se les espera, y España los respeta como buenos castellanos sin romanizar (Fontana dixit). Con el añadido de que, económicamente, son insignificantes, si los comparamos con Catalunya. Y cuando uno está solo, debe proveerse para sobrevivir. Sobre todo, de políticos que dignifiquen la lucha para soportar el insulto y la violencia de los Juan Antonio Samaranch y Pablo Porta de nueva generación. Como entonces, estos tienen el cobijo de los poderes del Estado. Como entonces, están espoleados por la unidad de destino en lo universal. A diferencia de entonces, sin embargo, ahora están legitimados por una democracia hecha a medida, y eso es mucho más dramático y de una paradigmática españolidad.

Más que políticos, nos hacen falta bomberos.