Seguramente habrá catalanes a quienes, inicialmente, les haya podido halagar la idea, pero deberíamos analizar con mucho cuidado algunos de los "homenajes" organizados últimamente en clave madrileña a destacados prohombres catalanes. Hay que preguntarse si han sido homenajes en toda regla o más bien ejercicios para favorecer las agendas ideológicas de sus organizadores.

En este aspecto, nos preguntamos qué habrían pensado Antoni Gaudí y Pau Casals sobre determinados actos en el año de sus respectivos aniversarios. Yo seguí con creciente preocupación, por ejemplo, la ceremonia vivida el pasado 21 de septiembre en las Cortes de Madrid con ocasión del Día Internacional de la Paz. Alguien pensaría que era una buena ocasión para, aprovechando que "el Pisuerga pasa por Valladolid", incorporar a Casals a la ceremonia y —de paso— engatusar a algún catalán despistado. Y a lo mejor, en principio, la convocatoria prometía, no digo que no. Pero, ¿fue realmente un homenaje a Casals? ¿O fue más bien un intento descarado de utilizar a Casals para blanquear el sobrecogedor déficit democrático que arrastra el Estado español, que nunca ha expiado —ni mucho menos juzgado— su pasado franquista?

En este aspecto, llama poderosamente la atención el discurso de la presidenta del Congreso, Francina Armengol. No se le ocurrió nada más desafortunado que leer un verso de la polaca Wisława Szymborska (Nobel de Literatura, 1996), que decía: "Después de cada guerra, alguien tiene que limpiar. No se limpiarán solas las cosas. No se repara sola la memoria, ni se devuelve sola la dignidad a tantísimas personas vivas y desaparecidas. No se cumple solo el derecho internacional humanitario", etc. Lo que sobrecoge de la utilización de estos versos es el cinismo con el que, sin una sola chispa de autocrítica, la señora Armengol aplicaba esta idea a España. Porque la realidad es que España no utilizó ni un triste kleenex para limpiarse después de cuarenta años de dictadura. Una España donde los monumentos franquistas de la Moncloa, Tortosa y el puerto de Palma todavía hoy permanecen en pie, con todo lo que su tétrica silueta representa. ¿Cómo se atreven a decir que han "limpiado" algo si durante décadas continuaron vigentes las penas a los antifranquistas y cuando todavía tienen sin abrir la gran mayoría de fosas comunes de la Guerra Civil —incluyendo el Valle de los Caídos— y sin juzgar un solo crimen del franquismo? ¿A qué "limpieza" se refiere exactamente la señora Armengol?

Mezclar a Pau Casals en todo este escenario, sin una marcada dosis de autocrítica, es una farsa inmensa. Un insulto a su memoria. Un insulto a los catalanes. Por cierto, los grandes ausentes del acto. Hay que saber que quienes llenaban medio hemiciclo de las Cortes durante aquel acto eran —y son— diputados de formaciones que han combatido por tierra, mar y aire todo intento no ya de "limpiar" España, sino de juzgar los monstruosos crímenes de los suyos, de los franquistas. Igualmente, llama la atención la celebración de un acto de enaltecimiento de la paz en una cámara que nunca condenó el uso masivo de violencia policial contra votantes catalanes indefensos aquel épico Primero de Octubre de 2017, episodio que tacharon de "golpista" esos grandes defensores del golpismo fascista de Franco. ¿Cómo se atreven a evocar a Casals en una cámara que nunca ha blasfemado la persecución de la violencia policial y la utilización indiscriminada de lawfare y métodos policiales dignos de la dictadura contra oponentes políticos, como los empleados contra 4.000 políticos y activistas catalanes a raíz del procés? Por cierto, en el acto ni siquiera reprodujeron el famoso discurso de Pau Casals en la ONU en el año 1971. ¿Qué paz quieren enaltecer esta gente y su rey, que, por cierto, como la mujer de Casals, Marta Montáñez —y alguna formación catalana—, significativamente estaban ausentes de la sala, evidentemente por razones totalmente contrapuestas?

Homenajean a Casals y Gaudí para lo que les interesa, para hacérselos suyos. Pero extirpan el elemento que más les caracteriza y distingue, su insobornable catalanidad

Sé que siempre resulta polémico extrapolar el pensamiento de los que ya no están. Y también resulta evidente que este año de aniversario tiene que ser, principalmente, para homenajear; no para polemizar. Pero hay cosas que imperiosamente se tienen que decir. Si me permitís, y por razones familiares y por la gran amistad que le unía con mi abuelo, Josep Trueta —poniendo como prueba la extensa correspondencia entre ambos, recogida por el president Torra en el libro Estimat doctor/ Admirat mestre—, permitidme que dude de que Casals hubiera admitido este tipo de "homenaje". Un hombre que se negó a actuar en países que reconocieron a Franco, ¿por qué iba a dejarse honrar por el parlamento de un país que hace poco permitió la vergonzosa suspensión de dos presidents de su país? ¿Por qué iba a dejarse honrar por un parlamento de un país que —en contraste radical con la Alemania de Núremberg y la Argentina post-Videla— ha concedido la más completa inmunidad a los crímenes y criminales de una sanguinaria dictadura que Casals combatió durante los últimos treinta y siete años de su vida?

Igualmente, cuando consideramos la figura de Gaudí, podríamos aducir más de un paralelismo con Casals en cuanto a las intenciones de alguno de sus "homenajeadores". El carácter oscurantista y parcial que han mostrado en determinados momentos salta a la vista. Como, por ejemplo, en el rechazo a cumplir con la muy catalana costumbre de colocar la senyera al completarse una obra, como pasó en la torre de Jesús de la Sagrada Família con ocasión de la visita del papa. Pero mucho más llamativo que esto —en sintonía con el clima catalanófobo que reina desde el 155— es la rocambolesca expulsión policial del templo de la Sagrada Família de los 600 cantantes catalanes. Fue una actuación intolerable sobre la cual no se nos ha querido dar ninguna explicación ni ninguna justificación, empezando con el silencio del president Illa al respecto. ¿No recuerda todo ello los famosos Fets de Palau de 1960, en plena dictadura? ¿A quién puede extrañar que haya gente que llegue a preguntarse si realmente hay tanta diferencia entre el trato que recibimos los catalanes en democracia y el que recibíamos en dictadura? Porque, ¿os imagináis que pasara lo mismo con una masa coral en Madrid o en cualquier país democrático en una ocasión parecida?

Ciertamente, episodios rocambolescos como el del "homenaje" a Casals en las Cortes o la consagración de la torre de Jesús del pasado 10 de junio no obedecen a ninguna casualidad. Las casualidades en política no existen. No hace falta ser un analista muy perspicaz —como el otro día apuntaba el gran Antoni Bassas— para insertar estos episodios —como también el de la vergonzosa celebración del Milenario de Montserrat, en su día— en una campaña muy cuidadosamente diseñada para obviar —cuando no abiertamente denigrar y castigar— la catalanidad y las ansias de libertad del pueblo catalán. Homenajean a Casals y Gaudí para lo que les interesa, para hacérselos suyos. Pero extirpan el elemento que más les caracteriza y distingue, su insobornable catalanidad.