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Este año, por la Diada nacional de Catalunya, el president de la Generalitat ha decidido celebrar Extremadura. De todos los presidents que han pasado por el cargo —y mira que, últimamente, no hemos tenido mucha suerte—, Salvador Illa es el president que menos respeto tiene por la institución que representa, porque ni comparte su razón de ser, ni quiere aceptar el peso simbólico y político que esta deposita en sus hombros. En la Generalitat tenemos a un president que se aprovecha de la institución para diluir la nación sobre la que se fundamenta la propia institución, y la apuesta extremeña es un ejemplo más de ello. Uno especialmente insultante, convendremos, ya que pone de manifiesto la voluntad de descabezar el país de su historia y de reescribirla en los términos que benefician a la asimilación.

Esta Diada, Illa ha decidido institucionalizar la consigna trillada y manida e interesada de una inmigración que vino a levantar Catalunya, porque le permite condensar, en nombre de la integración, muchos de los mantras del españolismo más rancio. Que antes de los cincuenta, de los sesenta o de los setenta no había país —a pesar de que por la Diada se conmemore la caída de Barcelona en 1714—, que Catalunya necesitaba ser levantada a mediados del siglo XX y que la inmigración en cuestión vino a contribuir de buen grado, a ayudarnos, y que es Catalunya quien debe estarles agradecida, que hay que reivindicar que los hijos y nietos de la inmigración española vivan en Catalunya sin ningún afán de catalanizarse por consideración y porque la suma nos enriquece. Que si tus abuelos eran españoles, por respeto, tú todavía lo tienes que ser. Que lo que te explica en Catalunya es ser nieto de un inmigrante y que, en nombre de la diversidad y la pluralidad, debes abstenerte de abrazar la catalanidad si no quieres faltar a tus antepasados.

Los discursos integradores de los socialistas son etnicismo depurado, catalanofobia tuneada, exclusión disfrazada

Cuando el president Illa dice "hay una sola Catalunya, en la que nadie es más catalán que nadie", lo que dice es que, en realidad, no hay catalanes, porque no hay unos rasgos distintivos y definitorios que nos diferencien y nos permitan distinguir la comunidad que conforma la nación. Que la catalanidad es una categoría administrativa y punto, una condición subalterna que depende de si el sujeto en cuestión está físicamente en Catalunya. Los discursos integradores envenenados de los socialistas excluyen la catalanidad porque trabajan sobre la idea de que, en realidad, no hay comunidad a la que integrarse —porque querrían que no la hubiera—. Y que cualquier requisito para formar parte de ella es, de base, excluyente: la catalanidad implica la no-catalanidad, y eso es intolerable. La catalanización, por lo tanto, no solo es innecesaria, sino también moralmente condenable. Hacen como si los catalanes no existiéramos para dar cobijo político a todos aquellos que —a veces, desde hace décadas— quieren vivir como si Catalunya fuera Extremadura, o Murcia, o Castilla. 

Los discursos integradores de los socialistas son etnicismo depurado, catalanofobia tuneada, exclusión disfrazada. El president Illa se sirve de la presidencia de la Generalitat para manosear y desprestigiar los símbolos, para capar la historia del país a conveniencia, para que la Diada ya no remita a la pérdida de derechos y libertades que se deshicieron con el asedio, sino que remita a Extremadura —esto es, a España—. Salvador Illa usó los actos institucionales de la Diada para atizar el voto étnico y para segregar a los catalanes en función de su origen, o del origen de sus padres, o de sus abuelos, y así poderse aprovechar electoralmente. Lo hizo sin que nadie en la oposición lo haya confrontado porque confrontarlo sería, también, confrontar la naturaleza del conflicto de fondo en Catalunya. Y no, reclamar más "ambición nacional" al president, teniendo en cuenta que también lo invistió ERC, no es confrontar nada.