El 15 de julio, Pedro Sánchez se fue a La Línea de la Concepción para oficializar la demolición de la Verja, que durante más de un siglo ha separado Gibraltar del resto de la Península. Era el fin de la frontera física, que ha sido posible después del acuerdo entre la UE y el Reino Unido, pero, sobre todo, por el efecto del Brexit.
Sánchez calificó la eliminación de la valla como la caída "del último muro de la Europa continental". Es importante lo de "continental". El presidente español auguró "una nueva era de prosperidad compartida", convivencia entre la zona británica y La Línea de la Concepción y nuevas oportunidades para la comarca del Campo de Gibraltar. Huelga decir que al PP no le gustó el acuerdo, que dice que debería haberse votado en el Congreso. No le gusta que se mantenga la base militar por donde entran y salen submarinos nucleares a su antojo. Pero, sobre todo, lamenta que se haya dilapidado la ventaja y no se haya intentado negociar una cosoberanía aprovechando que los gibraltareños querían —y han logrado— permanecer en Schengen después del Brexit.
Pero, sea como fuere, el acuerdo permite el paso sin controles rutinarios y molestos para unos 16.000 trabajadores transfronterizos que todos los días van a Gibraltar desde España.
En la teoría de las mafias y la sentencia del Supremo sobre las devoluciones en caliente y toda la lista de motivos por los que se intenta explicar la crisis de Ceuta, todavía no he leído el elemento de Gibraltar
Josep Piqué es de los que defendía aprovechar la posición de fuerza del Brexit para negociar una soberanía compartida y ya en su etapa como ministro de Exteriores la negoció con Jack Straw. Dicen que estuvo muy cerca. En la primavera de 2002, el acuerdo parecía muy avanzado de cara al verano. El verano en que Marruecos plantó su bandera en Perejil.
Lo recuerdo porque, en la teoría de las mafias y la sentencia del Supremo sobre las devoluciones en caliente y toda la lista de motivos por los que se intenta explicar la crisis de Ceuta, todavía no he leído el elemento de Gibraltar. Al fin y al cabo, lo que quiere Mohamed VI es un primer paso hacia la cosoberanía tanto de Ceuta como de Melilla. Aunque la diferencia es que la ONU considera Gibraltar un territorio no autónomo pendiente de descolonización; cuéntale tú a Marruecos que Ceuta es española desde 1580.
¿Es este el motivo por el que Mohamed VI ha abierto una vez más el grifo de la inmigración en su guerra híbrida con España? A veces pasa que no se sabe nunca. A veces se sabe enseguida. A veces al cabo de un tiempo. Los tiempos de la diplomacia. Cosas que pasan al cabo de unos meses y que se tienen que unir como las líneas de puntos.
Ni los máximos expertos en las relaciones entre España y Marruecos acaban de tener del todo claro esta vez lo que ha sucedido. Así que es evidente que no les daré yo la respuesta. Sí les puedo sugerir, en cambio, que vean la docuserie Perejil que estrenó Movistar hace un año y que tuve la oportunidad de dirigir. Verán cómo aquella roca donde solo iban cabras a pastar ayuda a entender muchas cosas.