Ya les llaman "Generación C" en Estados Unidos. Son todos aquellos que van a estar de por vida bajo el signo del coronavirus. Una pandemia de consecuencias desmesuradas e inéditas, cargada de siniestras amenazas. Y, a la vez, provocando un cataclismo en la economía mundial. De resultas, aquí, cerca de 500.000 jóvenes de menos de 25 años van a tener una entrada más que caótica en el mercado de trabajo.

Ahora mismo, Reuters informa que EE. UU. destinará cerca de 500.000 millones de dólares más para la asistencia a los infectados o la prevención del contagio. No se quedará solo. "Habrá un tercer presupuesto", anticipan aquí y allá, rectificando el pergeñado anteriormente con cifras aún más impresionantes. La Comisión Europea ya baraja un plan de dos billones de euros para la recuperación económica de la zona mientras Angela Merkel apunta que "no estamos viviendo en la fase final de la pandemia, sino en el comienzo". 

Sobre este panorama, el océano de deudas mundiales asciende —de momento— a 255 billones de dólares. El Financial Times adelanta que Europa estudia la conveniencia de crear un "banco malo" para cargarle las deudas tóxicas de las entidades financieras. El riesgo que entraña una Italia a la deriva se juzga sistémico pudiendo arrastrar a otros países del sur, como España, Portugal y Grecia. Quizá en el segundo semestre, Roma emita señales más tranquilizadoras. Quizá.

Y en estas tesituras, para las filas de la Generación C las clases están canceladas. Viajar es un problema. ¿En qué van a quedar las ofertas de trabajo para aquellos y aquellas que terminan la carrera? Los jóvenes diplomados de los años 2008-2009, cuando arrancó la gran crisis financiera, están bien situados para saberlo. Tuvieron que aguantar malos tragos que no olvidan. El FMI prevé para España en 2020 una caída del 8% del PIB y un paro del 20%. Ahí vamos. 

El problema adicional es que el coste de la vivienda ha subido mucho estos años a causa del incentivo colateral que el BCE ofrecía con los tipos de interés muy bajos a comprar casas, de lo que se beneficiaba el sector inmobiliario. Frente a eso, la solidaridad familiar, casi siempre presente, puede ayudar de nuevo a salvar encrucijadas difíciles.

Para la promoción de aquellos años que no aceptó integrarse en los ni-nis (ni estudias ni trabajas), la restauración, el turismo o la hostelería eran alternativas para los jóvenes, pero en esta ocasión se ha puesto todo cuesta arriba porque el enclaustramiento no se sabe cuando acabará.

La Generación C empieza a confrontarse con instituciones, en este caso, relacionadas con la catástrofe del coronavirus

Todas estas circunstancias pueden llevar a seguir estudiando, hacer un máster o similar, pero al fin y a la postre, para no acabar como los millenials —la generación mejor formada y sin trabajo—, hace falta algo más sustancial y concreto. Se podría aplicar de cara a los jóvenes una reducción de cargas sociales y fiscales sobre los salarios de los nuevos contratos para animar a las empresas a reclutarles. Y cuanto antes mejor, ya que puede haber una consolidación rápida del capital con menos empresas en el mercado.

Paralelamente, como suele ocurrir, la Generación C empieza a confrontarse con instituciones, en este caso, relacionadas con la catástrofe del coronavirus. A este respecto, Brahma Chellaney ha publicado estos días en el prestigioso Project Sindicate un artículo en línea (de lectura gratuita y traducida a varios idiomas) señalando que la Organización Mundial de la Salud (OMS) "es la única institución capaz de proporcionar liderazgo en salud global. En un momento en que se necesita urgentemente ese liderazgo, ha fallado de manera miserable". Y agrega "a medida que los costos de la mala gestión continúan aumentando, un ajuste de cuentas se está volviendo casi inevitable. Una petición en línea pidiendo la renuncia del director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha cosechado casi un millón de firmas". Es el primer ejemplo y no parece desorientado.

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