Mientras EE.UU. vive una luna de miel con la presidencia de Joe Biden y China crece a un ritmo del 8,3% siguiendo su objetivo de convertirse en líder mundial, Europa trata de salir del atolladero en el que la ha dejado la Covid-19. Por eso, esta semana se ha celebrado la recepción de los planes presentados por sus miembros sobre la recuperación y el futuro que se quiere construir. El premio será el reparto de 750.000 millones de euros, que se entregarán paulatinamente para hacerlos realidad.

El eje franco-alemán, que hasta ahora ha sido la columna vertebral de la política europea, decidió presentar el lunes en Bruselas su hoja de ruta conjuntamente. Para el ministro de Economía francés, Bruno La Maire, "se ha perdido demasiado tiempo" y es necesario actuar para no quedar rezagados en la economía global. "No reproduzcamos los errores del pasado, cuando en 2009 los estados reajustaron demasiado rápidamente sus cuentas públicas. Tener dos ministros de Finanzas que quieren construir una nueva soberanía europea es una excelente noticia". Francia obtendrá 40.000 millones de euros.

Para el alemán Olaf Scholz, Berlín va a apostar fuertemente por las transiciones ecológica y numérica, a las que dedicará el 90% de los 26.000 millones de euros que el plan les ha asignado. No hay que olvidar que fue la canciller Angela Merkel quien animó en su comienzo a esta reacción. Para su colega Le Maire, "estamos en una nueva fase de la integración". "Hay un conjunto de valores compartidos que nos permite seguir adelante", agregó.

España ha optado por presentar a última hora sus propuestas, de las cuales se ha destacado críticamente la subida de impuestos

En este sentido, Bruselas eligió dos objetivos de fondo: la transición ecológica y la digitalización de la economía. La primera destinada más bien —aunque no se diga— a "frenar la utopía tecnológica" que podría conducir al desempleo masivo por la automatización de las economías. Un riesgo que hasta hace poco estaba muy presente. Y el segundo, como contraste y equilibrio, la digitalización que permite a los ordenadores mandar más, así como el 5-G y el internet de las cosas, los vehículos automáticos, el teletrabajo, junto con las plataformas como nuevas organizaciones de creación de valor y de distribución.

Y, en esas, la gran revelación de la temporada: el liderazgo en Italia de Mario Draghi, quien sacó a Europa en 2014 de la debacle de la deuda, y hoy su figura supone una nueva descarga eléctrica. Roma es el mayor beneficiario del Fondo de Recuperación, que pone a su disposición 261.000 millones de euros, algo sin precedentes. Aparte de las asignaturas que impone la Comisión, Draghi ha enviado un mensaje clave: no subir impuestos y menos cuando se sale de una recesión. Y no dejar a nadie atrás: el deprimido sur de Italia recibe el 40% del gasto básico total. Primero el gasto, después las reformas. En Europa se piensa que si su plan fracasa en Italia, la política fiscal europea también fracasa. El plan se extiende hasta 2026.  

Antes de la aparición del gran condottiero, que refuerza además la posición del euro, el Plan de Recuperación tenía dos divisiones, dos clases: la primera era el mencionado eje franco-alemán y, la segunda los países del Sur, desde Grecia, Portugal y España. Grecia y Portugal se han apresurado a presentar sus planes, lo que ha sido muy bien acogido. Desde el Este, Polonia también se ha puesto las pilas.

España ha optado por presentar a última hora sus propuestas, de las cuales se ha destacado críticamente la subida de impuestos, a los que la vicepresidenta Nadia Calviño se ha opuesto. Con un ambiente político interno muy polarizado, el Gobierno ha optado por transmitir a los inversores el mensaje de que no deben preocuparse. El riesgo está cubierto internamente, a lo que se sumará de entrada 72.000 millones de euros, que llegarán en forma de transferencias. Y a un plazo mayor, de cara a 2026, el Gobierno canalizará los 140.000 millones de reconstrucción para afrontar el futuro. Como decía Ortega y Gasset, España es el problema y Europa la solución.

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