La vía Starmer, propuesta por Míriam Nogueras ayer en el Congreso de los Diputados, esconde o indica algo más que una alternativa al patético final de legislatura española. Proponiendo que el PSOE presente a una persona diferente al desgastadísimo Pedro Sánchez para presidir España durante el medio año largo que queda, emulando la situación (con todas las distancias, sobre todo las estéticas) del Parlamento británico, desde el independentismo se hace una propuesta que, si España sabe leerla, puede ser su última vía para regenerarse democráticamente: convertir los próximos meses, elecciones incluidas, en un verdadero debate sobre el colapso del sistema del 78 y poner a un hombre o mujer "de paz", de consenso, para promover una transición que excluya la participación (o como mínimo el predominio) de Vox.
No existe una verdadera voluntad de reformar la Constitución en términos democráticos o plurinacionales
La verdad es que no creo que suceda: no existe ese hombre o esa mujer "de paz", no existe una verdadera voluntad de reformar la Constitución en términos democráticos o plurinacionales y, sobre todo, si existiera, abriría un melón que podría dar paso no a más democracia, sino a un sistema constitucional todavía más opresor. Pero que yo no crea que pase no significa que no pueda estar en el guion de alguien, o de algunos, que desde España tengan una mínima visión de Estado y de cómo el problema no es la corrupción del PSOE, sino de todo el sistema. Y es que el acceso de Vox al Gobierno sería la estocada final al régimen del 78: hemos dado muchas vueltas, y hemos hecho mucha comedia "democrática", para acabar allí donde partimos. Entendería que alguien inteligente en España no estuviera dispuesto.
Deulofeu asoma la cabeza, un poco, pero no nos hagamos ilusiones: el independentismo, aunque todavía sea capaz de ofrecer buenas ideas, aún no encuentra la manera de resolver el bloqueo en que se metió en el año 2017 y está pendiente de demasiadas cosas. En primer lugar, del retorno hipotético de Puigdemont (cuándo, cómo, para qué, bajo qué garantías o amenazas y con qué plan en la cabeza). En segundo lugar, la dinámica de Junts y de ERC, atrapados en ambos lados por pactos con los socialistas que han dado unos resultados tendentes a cero (o como mínimo nada cercanos a aquello que llamaríamos un mínimo reconocimiento nacional o del conflicto, que era lo que esperábamos de Suiza). En tercer lugar, Junts mismo, que a raíz de las primarias en Barcelona quizás tendrá que compaginar más de dos almas y más de dos estilos, como saben hacer todos los partidos grandes. En cuarto lugar, el PSC, que siempre nos lo dejamos, pero que también ha ligado su destino al de Pedro Sánchez y podría estar deseando un flotador argumental que ya no le puede dar Sílvia Orriols. Y por último, en efecto, Aliança Catalana, que tiene la ventaja de ofrecer figuras y lenguajes más jóvenes, pero la gran desventaja de perdonar la vida a todo el mundo, como hacen los resentidos crónicos y oportunistas profesionales que ahora parecen acercarse a ella. No les suele funcionar, aviso: para decir que Trias fue tibio como alcalde nacionalista, como mínimo se tiene que decir sin referencias a la inexistente "Església del Mar" y lejos de las ruinas del Born que el propio gobierno Trias abrió, recuperó y museizó.
Si Junts encuentra su tono (que debe ser de una evolución darwiniana del espacio convergente, y que, por lo tanto, no mire atrás: ni a Convergència, ni a 2017, sino asumiendo los éxitos y fracasos de ambas cosas); si ERC se olvida de las patéticas horteradas del mundo de Rufián y vuelve a las bibliotecas y las escuelas para ayudar a volver a hacer crecer la ola del movimiento; si encuentran ambos la manera de negociar con más eficacia en España, es decir, de aprovechar el actual colapso del sistema del 78 para dejar de permitir que les (nos) tomen el pelo; si incluso Aliança se civiliza, encuentra sus límites, que es lo que hace la gente adulta, y abre grietas razonables para hacer política constructiva, y si España acaba encontrándose, como parece que se encontrará muy pronto, entre la necesidad de ofrecer un pacto con Catalunya renovado o la condena de volver a sus viejos autoritarismos, yo no descarto que Deulofeu asome algo más que la cabeza. Viviremos unos meses en los que, más o menos como durante los años del preprocés, las acciones políticas más pequeñas tendrán consecuencias históricas. Más allá de eso, que es bastante explícito, solo puedo invocar una máxima más borrosa, pero que estoy seguro de que muchos sabrán entender: quien pueda hacer, que haga.