En 1982 yo tenía ocho años. En ese año se celebró el Mundial de fútbol en España, que tuvo a Naranjito por mascota. Mi escuela, como otras de la capital catalana, seleccionó a varios niños para participar en la ceremonia de inauguración del Mundial en el Camp Nou. Yo no fui seleccionado, pero no fue ninguna sorpresa para mí, dado mi nulo interés por el fútbol y mi legendaria incompetencia con los deportes de pelota (salvo los que emplean raquetas). Mis amigos seleccionados estaban eufóricos, mientras yo miraba todo aquello a cierta distancia y con mucha indiferencia. Sin embargo, esta distancia hacia el fútbol, que mantengo bien intacta a día de hoy, no es obstáculo para que pueda entender la importancia de este deporte, de los grandes campeonatos y de su estrecha vinculación con la política.
Cuento todo esto, que no tiene mucho interés, a raíz del anuncio realizado por el alcalde de Barcelona en el que ha dicho que tiene la voluntad de llevar a la capital catalana la final del Mundial de fútbol de 2030. Concretamente, quiere que ese partido se juegue en el Camp Nou. A mí todo esto me parece perfecto. Tenemos un gran estadio, recién inaugurado, para alojar un evento deportivo de primer nivel. No estoy en contra de que nuestra capital pueda acoger grandes eventos de todo tipo, siempre y cuando no sean auténticas tomaduras de pelo; como esa payasada de la Fórmula 1 en el paseo de Gràcia, que provocó un corte masivo de calles, grandes molestias en la ciudad y un coste de cientos de miles de euros, únicamente para que gozaran de ello apenas 38.000 espectadores. Mi ciudad no es un escaparate ni un decorado, y mis vecinos y yo no somos figurantes para el disfrute de nadie. Somos ciudadanos adultos que amamos nuestra ciudad y sabemos distinguir el grano (los Juegos Olímpicos de 1992) de la paja (el Foro de las Culturas de 2004).
La escasa empatía y conexión del alcalde Collboni con la realidad es muy evidente
El problema del anuncio para acoger la final del Mundial en 2030 es evidente. En política y en comunicación existe un factor que siempre hay que tener presente: el momento y la oportunidad. Y un anuncio de esa magnitud no podía hacerse cuando la ciudad, y todo el país, está colapsado por la quiebra de las infraestructuras. No puede hacerse cuando todo el mundo tiene la sensación de que la ciudad se degrada y cada año está peor. Cuando los jóvenes y las familias no pueden acceder a una vivienda a un precio razonable por culpa de una serie de medidas equivocadas que solo agravan el problema. No se puede hacer cuando los expertos avisan de que la red eléctrica está al límite y el riesgo de un nuevo apagón general no se ha desvanecido. No se puede hacer cuando la mayoría de barceloneses y barcelonesas tiene la convicción de que el turismo ha tocado techo y está desdibujando nuestra ciudad, junto con decenas de miles de expats que creen que esto es su casa y que debemos servirles un brunch de aguacate mientras les reímos las gracias y les decimos “sí, bwana”. El “català emprenyat” tiene un primo hermano, que es el “barcelonés desesperanzado”. Y a este barcelonés, mientras ve cómo la ciudad de sus padres ya no será la ciudad de sus hijos, ya nada le parece bien, ni siquiera algo que objetivamente pueda ser positivo.
Yo no digo que no pueda acogerse la final del Mundial. Por supuesto que no. Sin embargo, no es comprensible que, ante el desánimo generalizado, ante la falta de expectativas y ante la falta de esperanza de que las cosas puedan mejorar, nuestro alcalde haga un anuncio como este justamente en ese momento, como si fuera Nerón tocando el arpa mientras la ciudad está en llamas. Su escasa empatía y conexión con la realidad es muy evidente. Pocos días antes nos sirvió un pequeño aperitivo de este frívolo talante cuando publicó una fotografía, en su red social, donde leía la revista Vogue mientras cientos de miles de catalanes, muchos de ellos barceloneses, se las veían y deseaban para ir a trabajar, a estudiar o a su casa, en una red ferroviaria más propia de Bombay que de Barcelona. Ante la ola de quejas, la hizo borrar y achacó el error al equipo de comunicación. No fue un error ni fue culpa del equipo de comunicación, por si alguien todavía no lo sabe. Fue un fiel reflejo de una forma de gobernar, más bien basada en la promoción personal y en la vaciedad de ideas. El único proyecto mínimamente relevante que hemos visto es el Pla Endreça, que nos parece una maravilla porque venimos de ocho años de colauismo que habían convertido Barcelona en un absoluto desastre en su intento de convertirla en Caracas. Pero no nos engañemos; la limpieza, el civismo y la seguridad no dan votos porque se da por sentado que un gobierno lo gestionará bien. Los votos se ganan con otras cosas, y no con lo que en toda Europa se da por sentado. Barcelona necesita proyectos grandes; por supuesto. También necesita velar por los detalles, porque el diablo se mueve siempre en los detalles. Pero Barcelona necesita, hoy más que nunca, una idea de sí misma; qué quiere ser (o qué quiere volver a ser). Necesita una estrategia de ciudad que saque a los barceloneses del pozo anímico y los ponga en el centro de todo.
