Cuando era un niño y pasaba las vacaciones en La Garriga, solía ir con mis amigos al cine Alhambra, donde proyectaban dos películas al precio de una. La primera era la mala, la segunda, la buena: así las calificábamos nosotros, dispuestos a soportar, primero, la tortura, para disfrutar luego del placer prometido, bien provistos de palomitas de bolsa. Entonces no existían ni los dispensadores, ni los surtidores de bebidas gaseosas. Este era el orden de proyección y, como comprador de la entrada, estabas “obligado” a digerir bodrios, generalmente provenientes de la inagotable imaginación de Mariano Ozores y de una serie de directores y productores de obras cinematográficas que acabaron, la mayoría, en los armarios de Video Mercury Films, propiedad del empresario Enrique Cerezo, actual presidente del Atlético de Madrid. Las películas del fondo de Enrique Cerezo son más de 6.000 y, sí, tiene los derechos de Bienvenido, Mister Marshall, pero esto es luz dentro de la oscuridad. La mayoría de las películas pertenecen al género del llamado "cine del destape", producto nacido en España cuando esta salió de los estertores de la dictadura para entrar en los estertores de la Transición. En este cine machista y casposo, había mucho culo y mucha teta, pero evitaba, por miedo a la censura, invitar a la fiesta a espeleólogos especialistas en deep throats. Para gargantas profundas, ya estaba la AP-7 en dirección a Perpinyà.
Uno de los actores fetiche de este género fue Fernando Esteso, fallecido el pasado domingo a los 80 años. Su deceso no ha sorprendido a nadie, porque si en algo se parecían Ozzy Osbourne y Fernando Esteso era en haber seguido la línea farlopera sin respetar las señales de ceda el paso o de stop. Osbourne nos regaló la canción "Crazy Train" y Esteso, la canción "La Ramona", prueba evidente de que la reina de las nieves no siempre fecunda del mismo modo los cerebros necesitados de endorfinas. Los últimos años de Esteso fueron tristes, melancólicos y llenos de nostalgia por un tiempo de un país que está volviendo. Porque España nunca ha dejado de ser una nación de bingueros, de liantes, de Roque III y de soplagaitas, rememorando los títulos de algunas películas interpretadas por Fernando Esteso.
Todo ese cine del destape no se entendería sin la farlopa. Y es que el país era muy farlopero, empujado por la necesidad de ser modernillo y dejar de ser visto en Europa como tercermundista. Después, cuando ya éramos europeos de derecho, llegó el policía Torrente, heredero de toda esa caspa cinematográfica. Creo que Esteso, ya en horas bajas, fue una de las estrellas invitadas en una de las películas de la saga creada por Santiago Segura, un tipo que, de niño, estoy seguro de que disfrutaba con el cine del destape como símbolo de cosmopolitismo ibérico, de filas en penumbra, de manos en la bragueta y, una vez en casa, de poluciones nocturnas. La transversalidad de este cine en el que Esteso fue la estrella errante es indiscutible. Desde el teniente Tejero Molina hasta el sindicalista más militante de UGT formaron parte del público potencial de un género cinematográfico que tuvo un éxito tan inconmensurable, que una película como Los bingueros superó en recaudación a La guerra de las galaxias. Un hecho que, en la España actual, llenaría de alegría a Santiago Abascal como demostración de cine de pata negra.
La pareja de hecho cinematográfica de Esteso fue Andrés Pajares, actor que quiso redimirse de su pasado de jamón rancio con películas como ¡Ay, Carmela!, pero que cayó en el agujero de la irrelevancia, incapaz de superar el estigma del culo y teta y del humor cutre. A Pajares lo entrevisté cuando yo trabajaba en la revista Fotogramas y me riñó porque no le gustaron las preguntas. Cinco minutos más tarde, después de que alguien le dijera de quién era hijo ese al que había reprendido, vino a hacerme la pelota de una forma tan vergonzosa como mi entrevista. Cosas de la vida.
Desde el teniente Tejero Molina hasta el sindicalista más militante de UGT formaron parte del público potencial de un género cinematográfico que tuvo un éxito inconmensurable
Cuando recuerdo mis viajes con billete de vuelta al cine Alhambra, lo primero que se me viene a la cabeza es Emeline Lestrange, la protagonista de The blue lagoon, interpretada por Brooke Shields. Para ser sincero, me deslumbraba más Shields que cualquier protagonista femenina de una película de Esteso y Pajares. En aquellas películas, las mujeres eran pienso para machos ibéricos en celo, hembras demasiado desdibujadas y vaciadas de contenido para entrar en el universo de los amores platónicos. Shields fue, por inocente y por ser más frágil que la Virgen del Cristal de Celanova, el primer amor platónico de un adolescente que tenía que esperar a ver la película mala para poder viajar a las islas Fiyi, paraíso donde se rodó The blue lagoon. Allí, ni Esteso ni Pajares tenían visado de entrada.
En la España actual, el género del destape —esa mezcla de laca y semen en cuentagotas, esa estética entre parvenu y cosmopaleta— la encontramos en los platós de Telecinco de Ana Rosa Quintana o de "Sálvame de Lux", y en los platós de Antena3 de Susanna Griso o de Sonsoles Onega, cadenas que han mamado de la cosmética del cine del destape, y ha dado una pátina aún más cutre a un contenido televisivo seborreico y pretendidamente serio.
La muerte de Fernando Esteso me ha hecho regresar a mi adolescencia, a un tiempo en el que yo deshojaba los días mientras pensaba en un ser o no ser, desorientado en la idiosincrasia de un país fabricante de caspa. Esteso forma parte de la nostalgia de un país de nostalgias con sabor a Soberano es cosa de hombres. Y a pesar de todo, me caía bien este aragonés hijo de artistas itinerantes, porque lo veía como un mártir de una época enfarlopada, precisamente, por este ser o no ser. Ahora que sabemos definitivamente lo que somos, el cine del destape tiene un futuro tan brillante como brillante fue su pasado. Cine de machos, de pillos y de estafadores, con una pizca de erotismo católico. Lo que hace a los españoles ser muy españoles. Faltan los actores que releven a la generación de Pajares y Esteso, pero los hay, como Resines, que lo harían de coña.