Los partidos van tomando posiciones después del adelanto de las elecciones españolas, que tocaban el 2027, al próximo 29 de noviembre decretado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. En el caso de las formaciones catalanas, todas se han apresurado a ponerse en modo electoral para intentar no perder comba y algunas lo han hecho con movimientos inesperados que añaden atención adicional a una contienda claramente decantada, según todas las encuestas, a favor del bloque PP-Vox. Descontados por un lado el PSC —como marca del PSOE que es en Catalunya, con Jordi Hereu esta vez al frente— y los Comuns —comparsas del nuevo Frente Amplio que encabeza, eso sí, Ada Colau—, y por otro la CUP —que prefiere no presentarse por no volver a hacer el ridículo de no salir— y Aliança Catalana —que siempre ha dicho que en Madrid no tenía nada que hacer—, la oferta se concentra en JxCat y ERC.
Ambos partidos se disputarán el grueso del voto catalanista, teniendo en cuenta que una parte muy importante de este voto, el más claramente independentista, volverá a quedarse en casa como ya hizo en 2023, bien porque ninguna de las opciones que se presentan le convence, bien porque la que lo haría no se presenta. Quienes no vayan a la abstención, pues, se los repartirán entre las siglas de Carles Puigdemont y de Oriol Junqueras, salvo los que sea capaz de recoger la Alhora de Jordi Graupera, que si hace como en las elecciones catalanas del 2024 serán 14.000 sufragios perdidos. Quien de momento parece que lo tiene todo más de cara es JxCat, que, a rebufo del retorno de su líder a Catalunya —aunque no se produzca hasta pasada la votación— después de nueve años de exilio una vez que se le haya aplicado la amnistía de manera efectiva, y manteniendo a Míriam Nogueras como cabeza de cartel, puede experimentar una subida de algunos escaños, lejos, en todo caso, de los mejores registros de la época de su predecesor principal, CiU.
Esta buena impresión, aun así, ha quedado enturbiada por un movimiento tan inesperado como difícil de justificar: el acuerdo con Marta Pascal y su Partit Nacionalista de Catalunya (PNC), una fuerza absolutamente residual —4.560 votos en las elecciones catalanas del 2021, la única vez que se ha sometido al veredicto de las urnas—, para ir juntos en el nuevo ciclo electoral que empieza con los comicios españoles del 29 de noviembre y continúa con los municipales del 2027, los catalanes del 2028 y los europeos del 2029. Más allá de la voluntad de JxCat de reagrupar la diáspora convergente fragmentada después de la ruptura entre CDC y UDC, la maniobra —que contrasta con la ruptura con los Convergents de Germà Gordó— pone sobre la mesa una serie de dudas alrededor de cuál es el papel real que quiere jugar el partido del 130.º president de la Generalitat a partir de ahora. Se trata, sea cual sea, de un caso muy curioso, que demuestra que la política da muchas vueltas y que, sobre todo en el plano más personal, es una actividad de aquellas en que nunca puede decirse que de esta agua no beberé.
Marta Pascal despuntó de muy joven como presidenta de la Joventut Nacionalista de Catalunya (JNC) —las juventudes de CDC— y pronto fue situada como portavoz de la formación que entonces lideraba Artur Mas. En el congreso de refundación del partido —en julio de 2016—, propiciado por el escándalo que Jordi Pujol y su familia habían tenido dinero escondido del fisco español en Andorra, fue uno de los cuadros que boicoteó la elección del nuevo equipo de dirección que el aparato del 129.º president de la Generalitat había previsto que se hiciera cargo del partido saliente y que debía encabezar Jordi Turull como secretario general. Fue así como se convirtió en coordinadora general del heredero de CDC que acabaría siendo el PDeCAT. El mandato no fue nunca plácido, pero se le complicó singularmente a partir de finales del 2017 a raíz del exilio de Carles Puigdemont a Bélgica después del fiasco de la aplicación del resultado del referéndum del Primer d’Octubre. Ella quería que el líder destronado por la intervención del autogobierno con la aplicación del artículo 155 de la Constitución se sometiera a las directrices del partido y él quería exactamente lo contrario e ir por libre, porque el partido le estorbaba.
Marta Pascal le plantó cara desde Barcelona, pero salió escaldada. Los perdedores del congreso de refundación de CDC se aliaron con el exalcalde de Girona y no pararon hasta que consiguieron echarla del puente de mando en julio del 2018, en una asamblea general especialmente agria en que ella se resistió a marcharse hasta el último minuto y acabó haciéndolo llorando. Continuó en el PDeCAT hasta que poco antes de la escisión hacia JxCat se fue y fundó, en junio de 2020, el PNC, del cual es secretaria general. Era joven y tenía una larga carrera política por delante, pero visto en perspectiva, la impresión es que quizás quiso correr demasiado. Ahora tendrá que volverse a entender con aquellos con los que se había enfrentado: de momento ya se ha tomado la foto de bienvenida con Jordi Turull como si nada hubiera sucedido y pronto se supone que le tocará hacer lo mismo con Carles Puigdemont después de haberlo puesto de vuelta y media. Pero, al margen del componente personal, ¿cuál es la clave política del retorno —talmente como la hija pródiga que entra de nuevo en la casa del padre— de Marta Pascal a la órbita de JxCat?
Las expectativas de JxCat y ERC se basan en una premisa falsa. Como en estas elecciones españolas Aliança Catalana no se presenta, todo el mundo da por hecho que los votantes de la alcaldesa de Ripoll no castigarán, por un lado, a JxCat y apoyarán, por el otro, a Vox. Nada más lejos de la realidad
El suyo siempre ha sido un perfil moderado, pactista, de los que recetan calma y tranquilidad en esto del camino hacia la independencia porque descarta la vía unilateral y defiende el entendimiento con España, partidaria del apoyo en 2018, en contra del criterio del 130.º president de la Generalitat, a la moción de censura de Pedro Sánchez que derribó al entonces presidente del gobierno español, Mariano Rajoy. Y si hay que hacer caso de unas declaraciones que circulan por las redes sociales —he aquí probablemente el porqué de todo ello—, ella tiene claro que JxCat tiene que combatir la extrema derecha y, por lo tanto, tiene que enfrentarse, dice, con Aliança Catalana, no hacerle el juego. Si el propósito real de la reincorporación es este, Marta Pascal es la persona idónea, porque de labia a la hora de expresarse no le falta y puede ser, en este sentido, una buena contrincante de Sílvia Orriols. Ahora bien, la coherencia de todo ello con la voluntad de devenir la fuerza que ocupe el carril central del catalanismo —se hacen llamar "los del medio"— no cuadra por ninguna parte, en especial porque, aparte de palabrería vacía, no queda claro si habrá algo más. De hecho, el acto de aprobación de las listas el pasado sábado con una escenificación de vergüenza ajena no presagia nada bueno.
Quien más enrevesado tiene el panorama es ERC. Incapaz de deshacerse de un candidato, Gabriel Rufián, que en estos momentos le resta más que le suma, la formación de Oriol Junqueras se ve obligada a lidiar con un pacto con Podem —Podemos en España— que al partido de Francesc Macià y Lluís Companys ni le va ni le viene. Es más, a raíz de la insistencia del de Santa Coloma de Gramenet en explorar un acuerdo con los Comuns, a pesar de que estos ya estaban comprometidos con el llamado Frente Amplio que han formado conjuntamente con Sumar, Izquierda Unida y Más Madrid y que lidera Ada Colau, ERC ha acabado viéndose metida, a pesar del fracaso de la operación, en un lío que hipoteca los resultados del nuevo ciclo electoral que empieza justamente con los comicios españoles del 29 de noviembre. Gabriel Rufián hace tiempo que dijo que quería presentarse al frente de una candidatura unitaria de las izquierdas a la izquierda del PSOE y, si bien el partido le dejó claro que esta no era su opción, él ha continuado insistiendo hasta el último aliento.
A ello hay que añadir la presión exterior, sobre todo de los mismos Comuns, para que ERC se lo repensara y aceptara formar parte de una gran coalición e incluso encabezarla, dado que, en este supuesto, la exalcaldesa de Barcelona habría dado un paso al lado. Una presión desde dentro y desde fuera que, en cualquier caso, ha actuado talmente como una pinza. La consecuencia, a tres semanas del comienzo de la campaña electoral, es que el desenlace de la maniobra ha provocado, en el mejor de los casos, un desgaste que a la formación de Oriol Junqueras no ha hecho más que perjudicarla, sobre todo porque se ha tratado de una estratagema ejecutada en clave española y no catalana que, en la medida que no ha sabido controlar y que ha habido instantes en que parecía que se le escapaba de las manos, seguro que le pasará factura. Y es que pretender que construir un frente de izquierdas de ámbito español es imprescindible para frenar a la extrema derecha es un argumento que, además de erróneo, cansa.
Las expectativas de JxCat y ERC se basan, sin embargo, en una premisa falsa. Como en estas elecciones españolas Aliança Catalana no se presenta, todo el mundo da por hecho que los votantes de la alcaldesa de Ripoll no castigarán, por un lado, a JxCat y apoyarán, por otro, a Vox. Nada más lejos de la realidad. Los electores que hayan tomado la decisión de votar a la fuerza de Sílvia Orriols más adelante —en las municipales y sobre todo en las catalanas— ahora serán sencillamente de los que se abstendrán, de forma que no favorecerán a JxCat, pero tampoco a Vox, porque, a pesar de la equiparación interesada que realizan el resto de partidos, no hay nada más opuesto a Aliança Catalana, que quiere irse de España, que la formación de Santiago Abascal, que quiere hacer desaparecer a Catalunya y a los catalanes del mapa. En España quizás sí que el PP y Vox tendrán mayoría, pero en Catalunya seguro que no. Así que tanto los unos como los otros harían bien en contar con sus propias fuerzas y no fiarse de ningún falso cuento de la lechera.