"Hay demasiada euforia", le dije a mi hijo unos días antes del clásico. Y él, como siempre, me dijo que yo era un tribunero, uno de esos culés que ven la botella medio vacía, y le dije que sí, y que moriría siendo un tribunero. Seguro que había demasiada euforia, un estado febril que a los catalanes no nos ha sentado bien históricamente, porque siempre han intentado hacérnoslo comer —por lo civil o por lo criminal— con patatas. Incluso han querido malbaratar las victorias del Barça en la mejor época de nuestra vida culé mediante campañas con la tabarra de Negreira como munición. Hoy, sin ir más lejos, Jiménez Losantos se ha dedicado a degradar el Princesa de Asturias entregado a Lionel Messi con la excusa de que al argentino todo le ha venido regalado —Balones de Oro incluidos— mediante la corrupción en la Liga y en la Champions.
En el terreno de la política, la euforia atizada durante el procés ya conocemos cómo nos la birlaron unos y otros, con una pequeña diferencia respecto a la euforia futbolística: una está basada en hechos perceptibles; la otra, en una gran bola imaginaria fundamentada en deseos más que en hechos. Cuando al otro lado tienes a facciosos de la altura de Jiménez Losantos, lo que debes hacer es dejarte de euforias y de hostias y prepararte para la batalla con los medios que puedas, que no serán tantos como los que ellos poseen. Como buen tribunero, no se me caen los anillos por decir que estamos jodidos y que más vale ver las botellas medio vacías que falsamente llenas. La historia, ya lo sabemos, la escriben los vencedores armados, nunca los vencedores morales.
Si eres catalán, lo mejor que puedes hacer es no sacar la euforia del armario, ya que no somos doctos en gestionarla. Un ejemplo es Sílvia Orriols. La líder de Aliança Catalana no está sabiendo administrar la alegría suscitada por unas encuestas que le auguran unos resultados electorales estratosféricos. Un caso ilustrativo es haber dado permiso a sus militantes para que voten a Vox en las próximas elecciones generales. La euforia, señora Orriols, es mala consejera, y no me creo que no haya entendido que muchos de sus posibles votantes se llevaran las manos a la cabeza cuando Aliança Catalana se hizo el remolón en la reprobación de Vox después de las palabras de Ignacio Garriga tachando de asesino al president Lluís Companys. Nadie tiene ninguna duda sobre en qué bando lucharon la mayoría de los ancestros de los miembros de Vox, de talante, a menudo, próximo a los postulados de José Antonio Primo de Rivera. Al fundador de Falange no lo pueden resucitar, pero seguro que lo pueden homenajear con dinero proporcionado por la Fundación Disenso.
¿Qué habría hecho una formación como Aliança Catalana el 18 de julio de 1936? ¿Se habría pasado al bando nacional por cuestiones ideológicas o se habría adherido al bando republicano en la defensa de las instituciones catalanas?
Pero volviendo a Sílvia Orriols, tengo el convencimiento de que, como consecuencia de la euforia provocada por las encuestas, se le están viendo todas las costuras y está dando argumentos a muchos analistas que consideran que Aliança Catalana es un submarino del Estado para deshacer el independentismo y llevarlo hacia la inmolación. Hace días que Sílvia Orriols anda como pollo sin cabeza, y ante la yuxtaposición de la líder de Aliança a Vox, me pregunté qué habría hecho una formación como la suya el 18 de julio de 1936. ¿Se habría pasado al bando nacional por cuestiones ideológicas o se habría adherido al bando republicano en la defensa de las instituciones catalanas? Me temo que la respuesta no gustaría a muchos de los obstinados independentistas llegados electoralmente de otros partidos. De seguir así, lo perderá absolutamente todo, también la euforia, señora Orriols.
Los catalanes —me refiero a los que queremos formar parte de un país y no de una región de esta España disfuncional— deberíamos guardar la euforia en el armario y conservarla en bolas de cedro. Antiguamente —esto va para los zeta y los alfa—, usábamos bolas de naftalina para conservar la ropa y ahuyentar a las polillas, pero, a diferencia del cedro, resulta que eran tóxicas, como tantas cosas del pasado. Los programas de Vox o del PP también huelen a naftalina, aunque para ellos las polillas son los progresistas.
Los que están disimuladamente eufóricos por los hechos sucedidos en Barcelona el pasado sábado son los medios capitalinos. Y es que esto de una Barcelona en llamas controlada por los vándalos les entusiasma, les potencia la bilirrubina, y también la testosterona y los estrógenos ideológicos. Yo ya hace tiempo que he dejado de consumir, como espectador, medios secuestrados por el km 0, agotado por la invisibilidad que dan a Barcelona y a Catalunya, política de ocultación premeditada que solo rompen cuando se trata de informar sobre altercados u otras inseguridades, imágenes con las que quieren ratificar el mantra de que Barcelona y Catalunya están en decadencia como resultado de las locuras independentistas. A pesar de la retórica condenatoria —casi solemne y un poco paternalista— que emplean a lo largo de unos espacios secundados por lameculos, se les nota la euforia ayusista. De Madrid al cielo. Ellos son los portavoces de unos partidos que, electoralmente, ven con eufórica preocupación los hechos del sábado, como si todo formara parte de un guion muy bien hilvanado para crear el caos y presentarse como los salvadores de una patria desbocada. Estos ideólogos del "a por ellos" saben que contra Catalunya se vive mejor en las Españas y han encontrado en el trumpismo la guía espiritual de la obscenidad política. ¿Quiénes son los dueños de las redes que atizaron las brasas en Barcelona? ¿Al servicio de quién están? Bien mirado, estos patriotas constitucionalistas expertos en monterías socioeconómicas solo son los bufones de un Trump incapaz de ocultar su euforia ante el desmembramiento de Europa. Una euforia planificada, pero euforia, al fin y al cabo, por haber conseguido la destrucción de un mundo de ayer que no era perfecto, pero lo parecía. Y lo digo como tribunero, negacionista de las euforias y experto en ver las botellas siempre medio vacías. Hay mucha gente de mi generación que es como yo.