Podríamos repetir, si no les importa, aquel truco ancestral del psicoanálisis, consistente en hacer como si una mentira tuviera contenido verdadero. En el caso que nos ocupa, el de la amnistía a los antiguos presos políticos dictada a regañadientes por el lado progre de la judicatura española, imaginemos que ayer se empezó a salivar el sello definitivo de la reconciliación entre el secesionismo y el Estado o, dicho de otra manera, que España no solo ha acabado aplicando la amnistía a una serie de individuos y de activistas bien concreta, sino que también ha dado carta de naturalidad a la libre praxis política del independentismo. Si esto fuera verdadero, hoy podríamos sonreír, no solo porque a una serie de políticos se les exima de la condición de sediciosos (cosa que ya intuíamos falsa, dado que todavía somos una simple autonomía del Reino), sino porque todos nosotros, sus antiguos votantes, también podemos sentir como legítimos los propios anhelos.
Si todo esto que digo fuera cierto, en un primer aspecto meramente ético, cualquiera de los políticos amnistiados por los socialistas debería mantener su ruta independentista intacta, sin que la represión les hubiera cambiado ni una sola coma del programa de 2017. Consecuentemente, los líderes juntaires, republicanos y cupaires deberían ser proclives a subsumir la ruptura con el Estado a la consecución de una nueva mayoría en el Parlament que renovara (o se inventara) un contrato social lejos de las garras del Estado. Esta opción sería bien complicada, básicamente porque la totalidad de los líderes procesistas ya se mearon alegremente en las propias leyes de transitoriedad y del referéndum que ellos mismos declararon vinculantes y sacrosantas hará una década; pero dejemos la inconsecuencia a un lado y pensemos, pues, que la amnistía —si es una ley de perdón absoluto— todavía no ha alejado "los nuestros" de la vía unilateralista.
Supongo que, pasados estos dos párrafos, el lector ya se ha desternillado de risa con tanta presuposición. Pero todas estas tesis solo hacen que tomarse en serio nuestra clase política, que es lo que muy a menudo nos reclaman los saltimbanquis de los partidos catalanes. Pues continuamos con el aspecto más esencial que comentaba al inicio. Si es cierto que los líderes eran una encarnación de la voluntad popular… sería bien legítimo disparar la siguiente pregunta: ¿Nosotros también estamos amnistiados? Tal interrogante puede parecer muy abstracto y sería bueno aterrizarlo a situaciones prácticas. Aplicada la amnistía, ¿los catalanes independentistas podemos ser objeto de un proceso judicial con iguales garantías que el resto de ciudadanos españoles? Una vez firmado el perdón colectivo, ¿tenemos el derecho de aplicar nuestro ideario —es decir, el divorcio amistoso del Estado— con garantías de no ser vejados por la ley o disuadidos a base de bofetadas?
La amnistía no ha sido nunca una necesidad catalana, sino sobre todo española y europea. Y la cosa es muy normal, porque no hay mejor forma de asegurar la unidad del Estado que prolongar la vida de los procesistas
La respuesta a los interrogantes es obvia. De hecho, desde 2017, no solo continuamos criminalizados, sino que hoy nos encontramos en plena lucha por conservar las garantías que nos "regaló" el régimen del 78. Es así como hoy la lucha del catalanismo vuelve a la supervivencia, en aspectos de mínimos, como ahora llorar de gozo cuando los niños hablan catalán en el patio de la escuela o cuando encuentras un presentador de TV3 que hace bien las neutras. Por lo tanto, y como ya habíamos anticipado en esta indispensable columna, la amnistía no solo ha hecho desistir a nuestros líderes, sino que ha reafirmado la criminalización del independentismo por parte del Estado. De hecho, como también hemos dicho muchas veces, España no solo se ha hecho más dura en sus formas, sino que se ha procesado en el fondo, sacando del cajón el populismo y escudando la fuerza en el aura del sentimiento.
Por todo esto, podemos concluir que nuestra condición de no amnistiados es todavía más jodida, no solo porque todavía nos obliguen a vivir como ciudadanos de segunda… sino porque, además, tenemos que admirar cómo los mismos líderes que nos han llevado a esta situación podrán seguir ocupando espacios de poder (entre los presupuestos que situaba al inicio, no se me ocurrirá la barbaridad de pensar que Junqueras o Turull tengan un ataque de vergüenza y se vayan a trabajar a la empresa privada). En este sentido, también se ratifica algo que decíamos hace años; a saber, que la amnistía no ha sido nunca una necesidad catalana, sino sobre todo española y europea. Y la cosa es muy normal, porque no hay mejor forma de asegurar la unidad del Estado que prolongar la vida de los procesistas. Por lo tanto, si hoy queréis estar satisfechos, hacedlo solo en tanto que súbditos.
