Cuesta un montón imaginar cómo se las arreglaron Letonia, Estonia y Lituania para desgarrar las costuras mal cosidas de la poderosa URSS, a principios de los años noventa del siglo pasado, con sus declaraciones de independencia. Ahora, recién aterrizado de un viaje de liturgia turística a Riga, me doy cuenta del valor que tuvieron un país con sangre de horchata como Letonia y una capital bonita, pero aburrida hasta la extenuación, teniendo en cuenta que vengo de un país como España, donde la sangre es marca de raza, de fervores patrios y de fosas comunes cavadas en cunetas.

Como siempre, lo mejor del viaje fue la compañía de Meri, y de Xavi y Eli, una pareja capaz de hacer sonreír a las piedras, y, como buenos turistas, nos apuntamos a un free tour para seguir las huellas de un guía que estiró el chicle de las explicaciones a lo largo de dos horas paseando por el centro de Riga, que, si no llega a ser por mi incapacidad para situarme, diría que pasamos tres veces por los mismos sitios. Con una vez en la vida y dos pernoctaciones basta para conocer Riga, ciudad que recordaré siempre por haber visto —ataviado con una camiseta barcelonista vintage— el partido entre el equipo de Simeone y el Barça en un bar donde servían las bebidas calientes.  Solo dejando el ginger ale cinco minutos fuera, lo habrían servido debidamente congelado.

Pero, volviendo al free tour, me causó una especial ternura uno de los turistas que formaba parte de la comitiva. Era andaluz, de una racialidad inquebrantable, e iba acompañado de su mujer y de una pareja también de una racialidad resuelta. El turista singular cargaba una mochila de la que colgaba una cinta larga con la bandera de España y tres escudos cosidos con el blasón de los Tercios de Flandes en el centro, bien visible para todo aquel que le echara el aliento en la nuca. Prometo que tuve el anhelo de acercarle el mechero, pero me abstuve pensando en las consecuencias. Pero, entre el anhelo y la autocensura, pensé qué habría pasado si yo hubiera llegado al free tour cargando una mochila de la que hubiera colgado la cinta de una estelada y una frase del tipo “ni oblit ni perdó” bien cosida en la parte frontal. Estoy convencido de que ni aquel Torrente añorado de la España imperial, ni otros torrentes del grupo, habrían reaccionado con bonhomía. Pienso que las reivindicaciones nacionalistas de la gente de un país con Estado muestran aún más las debilidades vergonzantes que las fortalezas de la nación, y, especialmente, en un país como España, donde los nostálgicos tienen al rey, los tres poderes del Estado, el Ibex-35, Dios y la historia escrita por los escribas imperiales como abogados defensores. En España está de moda ser español y demostrarlo, una moda que certifica el fracaso de una nación acomplejada.

Si a estos 'españalanes' les escuece la llegada masiva de musulmanes, no dirán nada ante la evidente gentrificación hispanoamericana de Catalunya

Y mientras regresaba del free tour con mi cobardía metida en los cojones, pensé en los catalanes que se consideran tan españoles que viven ciegos ante las evidencias. Una ceguera que lucen ufanos y sin bastón para caminar por un precipicio al que, como todos los demás, acabarán estrellados si no logran chupar algo de la teta de todas las tetas, conocida también como el comedero madrileño. Un ejemplo de estos catalanes ciegos es Joan López Alegre, al que me imagino feliz, dando saltitos por las calles de Mataró, mientras sonaba el himno de España a la salida de los tres pasos de Nuestra Señora de la Esperanza, Sant Sepulcre y Nuestra Señora de la Soledad. Diego Fernández, en un correctísimo castellano, justificó la interpretación de la Marcha Real diciendo que era una tradición andaluza. Se ve que este hombre —que en la intimidad del baño se hace llamar Dídac— no ha estudiado geografía. Debe de ser otro charnego orgulloso, según Eduard Sola. Pero volviendo a Joan López Alegre, lo que envidio de esta gente es la flema nada británica con la que van por el mundo luciendo su amor incondicional a una patria que los detesta, como a todos nosotros, por ser catalanes. Como tantos otros, López Alegre intenta equilibrar su orgullosa españolidad en un hecho incontestable, en que habla catalán en el ámbito familiar —por cierto, debería corregir en las tertulias el uso indiscriminado del tenir que y el per lo tant— para defender su postura bélica contra los derechos históricos del país, hecho que me recuerda a todos aquellos hijos de la alta burguesía catalanohablante que se pasaron al castellano en cuanto las tropas franquistas entraron por la Diagonal, un 26 de enero de 1939. La cuestión catalana está bien para los encuentros sardanísticos, para comer caracoles o para cantar villancicos. Para un español como el del free tour, un buen catalán debe disfrutar, como mínimo, del talante de los López Alegre de la vida.

Para estos catalanes que sueñan con Españuña, que el catalán desaparezca forma parte de los procesos socioeconómicos naturales de la historia y consideran la inmersión lingüística una imposición antinatural. Y si el país —para ellos, autonomía o región— sufre un déficit fiscal o de infrafinanciación, hablarán de derroche y de dinero tirado a la papelera por culpa del procesismo. Y si les hablas del problema de Rodalies, te contestarán que en Extremadura están peor. Y si hablas de derechos históricos, ellos siempre te rebatirán con la historia explicada por gente como César Vidal. Y si a estos españalanes les escuece la llegada masiva de musulmanes, no dirán nada ante la evidente gentrificación hispanoamericana de Catalunya, porque forman parte ideológica de esta masiva y calculada llegada de hispanohablantes como diluyente del independentismo y la identidad lingüística y cultural catalana. Ante las evidencias, estos españalanes siempre encontrarán una puerta enrasada invisible para escaparse y seguir justificando su amor incorruptible a una patria española que los detesta por ser catalanes, pero a la que sirven por una razón que se me escapa. Y con el añadido de que el españalán de pura cepa es trumpista, prosionista y, mayormente, del Espanyol.

La diferencia entre aquel turista del free tour nostálgico de una España imperial y un españalán es el sentido de la inferioridad escondido detrás de un supremacismo casposo del primero, y la ceguera voluntaria del segundo, siempre ansioso por recibir las caricias del amo. De ese que te dice, acariciándote: "Eres catalán pero simpático, y hoy pagas tú". Como siempre.