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Este fin de semana hubo en Madrid dos protestas. Una fue contra Pedro Sánchez por la crisis de Ceuta (llamada "invasión" por la derecha). Y otra contra el precio de la vivienda a raíz del desahucio de una señora de 87 años, de nombre Maricarmen. La primera terminó con los manifestantes marchándose a casa a cenar caliente tras haber insultado una vez más al presidente del gobierno de España. Y la segunda finalizó con los manifestantes acampando en la Puerta del Sol, donde se han quedado de momento, y generando un efecto mimético (y tardío) en Barcelona. En fin, no sé si les suena de algo, pero siguen siendo las dos Españas de siempre y el corazón helado y todo eso.

Un apunte antes de seguir. En realidad, no hay dos Españas, hay muchas más. Como hay muchas Catalunyas, quede claro. Pero, a grandes rasgos, hay una tercera España, que, por obra y gracia del poder judicial del Estado, hemos visto también estos días. La que no está ni con los azules ni con los rojos, la que tiene la lógica prioritaria en el eje nacional y que se nos hará evidente en el regreso de Carles Puigdemont, president de la Generalitat en el exilio, muy probablemente este mes de octubre. El 6, para más inri.

Pero, volviendo a la imagen inicial de las dos manifestaciones el mismo día en la capital del Reino de la que les hablaba, esta semana hemos visto también la imposible entente entre PSOE y PP en unos premios del conocido rotativo que aseguraba que las vacas volaban. Dicen los que allí estaban que Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo no se saludaron. Una cosa es escenificar en el Congreso la discusión política, y la otra la relación personal. Que ahora es inexistente. Y esto hace inviable, a día de hoy, lo que cada vez más gente reclama: un pacto de Estado sobre la vivienda. Donde estén la derecha, la izquierda, el centro, los inquilinos, las propietarias, los promotores, los sindicatos, la patronal y los hipotecados.

Si se aprueban los dos decretos del gobierno español, no se puede descartar que, en lugar de abaratar el alquiler, se acabe asustando a los propietarios, haya menos oferta y suban los precios

Apunte: poner de vuelta y media al presidente, acusar a su mujer, utilizar la justicia para hacer política, crear un clima irrespirable… todas estas cosas que nos pueden parecer chorradas tienen un precio: la imposibilidad de hacer política por el bien común. Y tenemos un ejemplo evidente esta semana.

De modo que, como lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, hemos asistido a una chapuza provocada por la presión electoral y las plazas que, según quien lo analiza, puede acabar en lo que en economía se conoce como la ley de las consecuencias indeseables. Se ejemplifica con lo que dicen que les sucedió a los ingleses cuando estaban en la India de colonias. Como proliferaban las serpientes, el ejército de su graciosa majestad decidió pagar dinero a todo aquel que trajera serpientes capturadas. De modo que los indios, que vieron el negocio, se pusieron a criar serpientes y a soltarlas. ¿Resultado? El problema de las serpientes empeoró. Pues bien, si se aprueban los dos decretos del gobierno español, no se puede descartar que, en lugar de abaratar el alquiler, se acabe asustando a los propietarios, haya menos oferta y suban los precios.

Es el riesgo de hacer las cosas deprisa y corriendo. Ahora bien, Pedro Sánchez habrá vuelto a demostrar que es un artista. El Houdini de los momentos difíciles. Él ya ha aprobado lo que los socios reclamaban. Ahora que se apañen todos en el Congreso.