Aunque parezca mentira, ya hace casi 20 años de la última vez que los poderes españoles aceptaron el trágala de ampliar el autogobierno de Catalunya –naturalmente, con el debido respeto a Euskadi, que volvió a pillar cacho–. El acuerdo –sin referéndum ni consulta ni nada que se le parezca– sirvió para que la derecha española auténtica alcanzase el poder por medios democráticos por primera vez desde la República, y se sustanció en un apretón de manos entre José María Aznar y Jordi Pujol en el hotel Majestic de Barcelona. La contrapartida fue, entre otros aspectos, la retirada de la Guardia Civil de las carreteras del Principat, ahí es nada, la cesión de los impuestos especiales en un nuevo modelo de financiación autonómica y hasta la supresión del servicio militar obligatorio, o sea, de la puta mili, de Fisterra al Cabo de Gata y del de Creus a Tarifa.

Visto lo visto desde entonces, aquel vergonzante acuerdo de la derecha española posfranquista y el pujolismo fue una auténtica devolution a la británica, por mucho que el príncipe de las tinieblas del PP escriba que le sirvió para desactivar al nacionalismo catalán (que también; aunque, por lo mismo, reforzó los argumentos del nuevo independentismo –ERC obtuvo en las elecciones al Parlament de 1995 el mejor resultado desde la República y en el 2003 decidió ya el Govern–) y que Pujol admitiese un exceso de escenificación, un cierto error estético.

El pacto del Majestic fue una auténtica 'devolution' a la británica, por mucho que el príncipe de las tinieblas del PP escriba que le sirvió para desactivar al nacionalismo catalán
De todos los que posaron ante las cámaras sobre la elegante moqueta del emblemático hotel del passeig de Gràcia aquel 28 de abril de 1996, Alavedra, Rato, Pujol, Aznar, Duran i Lleida, Molins, Sánchez-Llibre y Rajoy, sólo el último se mantiene en la primera línea de fuego: esperando un milagro (por el que ni siquiera ruega), que le permita continuar en la Moncloa y tras haber elevado al 48% el apoyo a una Catalunya independiente y pese a haber desplegado la mayor ofensiva política, mediática y judicial del Estado español contra las instituciones y el pueblo catalán en su conjunto desde la Guerra Civil.

Aznar, el de la amarga victoria de las generales del 96, el facha que refundó un partido que la noche de las elecciones explotó en un “Pujol, enano, habla castellano” pese a que su líder acabaría hablando catalán en la intimidad, fue capaz de asegurarse una holgada mayoría absoluta en las Cortes con el concurso del enano catalán, del inquietante Arzalluz y de los siempre dispuestos canarios de CC. Incluso Felipe González bendijo en la sombra el apoyo de Pujol a Aznar. El mismo Felipe que hoy jalea la gran coalición PP-PSOE de la que abjura Pedro Sánchez, o, en su defecto, el socorro mutuo, ya sea de un PSOE liderado de facto por Susana Díaz al PP, ya sea del PP a la agónica entente PSOE-C’s. Lo que, en este último caso, supone pedir un sacrificio por España a un partido que confunde a España con sus sinecuras en las empresas públicas, sus abogados y abogadas del Estado, sus registradores y notarios, sus presidencias vitalicias, sus muchas leyes y reglamentos y sus muchos predios, fincas y fincorros.

Casi veinte años después sucede que España no tiene ni probablemente va a tener gobierno porque ha quemado todos los majestics
Csi veinte años después sucede que tras la devolution de Aznar en el Majestic, tras aquella apoteosis del peix al cove, no hubo nada (más), el peix se pasó y nos hipotecaron el cove, y hoy España no tiene ni probablemente va a tener gobierno en los próximos meses porque ha quemado todos los majestics. Quemó el majestic del nuevo Estatut (sentencia del Tribunal Constitucional del 2010) i el majestic del pacto fiscal que Artur Mas propuso a Mariano Rajoy en el 2012 cuando centenares de miles de catalanes salieron a la calle y colgaron la estelada en el balcón.

Dinamitados todos los puentes, desnudos sobre la tierra quemada, es así como Sánchez y Rivera se permiten la desfachatez de ignorar a Catalunya (incluido el PSC de Iceta) en un acuerdo táctico que no garantiza nada a ninguno de los dos, salvo que a Iglesias o a Soraya les tiemblen las piernas en el último minuto. O que hacer frente a los independentistas sea el único cemento capaz de armar la gran coalición PSOE-PP en una segunda vuelta de la investidura o tras unas nuevas elecciones. Veinte años después del Majestic, España ha desconectado de Catalunya: se le nota en la cara, que se le está poniendo entre azul y morada.

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