Una de las constataciones más risibles y devastadoras que me ha regalado mi afinadísima inteligencia es el hecho de comprobar que, en la mayoría de los casos (sobre todo en aquello que resulta más evidente en el ámbito de la política o la vida), esta no sirve absolutamente para nada. Después de haber leído la frase precedente, supongo que el lector tendrá la tentación de abandonar este artículo y acusarme de pedante. No lo culpo… pero, lejos de echarme piropos, intento decir que esto de hacer de catalán, más que un asunto del intelecto, a menudo debe basarse en los instintos más básicos. Para dejar la metafísica y centrarme en asuntos prácticos de estricta actualidad, diría que el entendimiento no es lo suficientemente valiente para afirmar que un país que tiene la segunda red más larga de alta velocidad del mundo y que no la cuida lo suficiente es un ente psicopático que no tiene ningún tipo de inconveniente en enviar al común de los ciudadanos al matadero.
El ejemplo que he escrito ahora también valdría para el sistema de Rodalies, una red que los conciudadanos del interior de nuestro país ya hace tiempo que cogen con miedo; no solo porque los lleve demasiado tarde al trabajo, sino porque en algunas líneas muy determinadas parece urdido para mandarlos directamente a una caja de madera. Esto vale para explicar la actitud de los virreyes que tenemos en Catalunya, que disfrutan asustándonos permitiendo que el centro de nuestra capital queme durante horas a base de adelgazar la poli de efectivos. A su vez, también serviría para una Administración central que, durante lustros, no ha tenido ningún inconveniente en utilizar a inmigrantes como carne de cañón para devaluar la vida económica del país, estrangular a la clase media y diluir más fácilmente nuestra cultura. El Estado, en este sentido, no es criminal únicamente porque amontone cadáveres, sino porque disfruta asesinando las almas.
Ahora que España ya no posee los recursos necesarios para equilibrar la violencia implícita en su vertebración, resulta mucho más difícil esconder que los pactos del Estado con Catalunya siempre se han urdido con una pistola sobre la mesa
Hablando de esto de los trenes, alguien podría recordarme que el sistema (radial) de alta velocidad también fue impulsado por los políticos catalanes, siempre a condición de que Barcelona pudiera conectarse con el Kilómetro Cero. Tendría toda la razón del mundo, pero aún reforzaría más mi creencia según la cual los líderes de la tribu han intentado participar en la aniquilación de su propio pueblo, al cual habrían querido salvar haciéndose los listos e incentivando la economía interior. Todo esto pudo aguantarse en la época de vacas gordas, pero ahora que España ya no posee los recursos necesarios para equilibrar la violencia implícita en su vertebración, resulta mucho más difícil esconder que los pactos del Estado con Catalunya siempre se han urdido con una pistola sobre la mesa. Por eso el ministro Puente, ¡ay!, plantea en sordina la necesidad de cortar la línea Barcelona-Madrid; si el tren descarrilara, se notaría demasiado.
Hablando de los virreyes del Estado en Catalunya y a la sombra de los accidentes de tren, la precampaña electoral de estos días ha convertido a nuestros políticos en fontaneros del Estado. Esto se ve especialmente en el caso de la esquerrovergencia en Madrit, fatalmente absorbida en temas como la crisis de la vivienda y las infraestructuras ferroviarias, unos asuntos importantes para cualquier nación… pero que nuestros enviados a la capital del Reino deberían despachar aduciendo que las tragedias de España debería tragárselas ella sola. Tristemente, esta actitud también ha contagiado a mis antiguos colegas extraparlamentarios, que han decidido exportar el putaespañismo al Congreso aprovechando los cadáveres del accidente de Urda. Todo esto nos ha regalado imágenes divertidas de Míriam Nogueras haciendo bailoteo y Gabriel Rufián loando la ciencia que implica comer culo; el Estado los tiene donde los quiere, con el alma bien seca.
Últimamente, los articulistas españoles de Catalunya se esfuerzan en decir que la ciudadanía ha perdido la confianza en la Administración. Esta es su forma estrafalaria de centrar las culpas en el supuesto resentimiento del común… para olvidar que el Estado se está descomponiendo, víctima de sus excesos y de la incapacidad para garantizar el orden. Como ya dije hace días, y habrá que ir insistiendo en ello, cualquier tentativa catalana que se acerque a este naufragio, por mucho bailoteo que ensaye y culos que sea capaz de comer, acabará hundiéndose en el mar. España no tiene piedad con la vida, ni tampoco con las almas. No hace falta ser muy sagaz para verlo; ni, de hecho, tampoco excesivamente inteligente. Será, como casi todo a partir de ahora, una cuestión de tener el estómago bien afinado.