Mi hijo Marc nació con dos enfermedades de las denominadas raras y, sin los errores silenciados de algunos médicos del Hospital Sant Joan de Déu, el 29 de octubre habría cumplido dieciséis años y sería un estudiante normal de 1.º de bachillerato. Lamentablemente, fruto de algunas malas praxis médicas, el niño —porque murió siendo un crío— sufrió varios episodios de hipoxias cerebrales a consecuencia del dolor físico, situaciones repetidas que afectaron a su capacidad cognitiva. Y de ser un potencial estudiante de bachillerato, mi hijo acabó siendo un alumno de la llamada escuela de educación especial, un verdadero cajón de sastre.

En el programa de Ustrell hubo un interesante debate sobre la escuela inclusiva y, desde entonces, llevo unos días dándole vueltas a un tema que, a menudo, se trata con el buenismo típico de cierta izquierda que funciona más con la teoría que con la práctica. Yo —desde la perspectiva del tiempo y desde la modesta visión de un padre huérfano de un hijo que sufrió los apuros de una educación en eterna experimentación— puedo afirmar que nunca en la vida habría llevado a Marc a una escuela de las llamadas normales, empujado por unas normas de la inclusividad que, evidentemente, habrían relegado a mi hijo a la invisibilidad y, muy seguramente, a su infelicidad. Ni mi hijo estaba preparado para sobrevivir a la normalidad, ni los alumnos con la cognición teóricamente intacta habrían aceptado con normalidad a un ser de una sensibilidad especial.

El debate sobre la escuela inclusiva es una constante en nuestra sociedad y una de las máximas de la teología izquierdista, siempre inclinada a abrir puertas cuando la casa no tiene construidos ni los cimientos. Ahora que los maestros están en huelga, el asunto de la escuela inclusiva está en el meollo de las negociaciones con la Generalitat. Ambas partes están de acuerdo con el objetivo, pero discrepan en el camino a seguir. En el caso de la escuela inclusiva, los hechos nos indican que los atajos no son aconsejables. Los maestros defienden el modelo inclusivo como un derecho ético y social indiscutible, pero denuncian una grave falta de recursos, personal y tiempo para poder aplicarlo con dignidad. Dignidad de todos, añadiría yo: del gobierno, de las escuelas y de unos padres que, a menudo, sobreactúan amparados por una AMPA que ha robado la autoridad al maestro.

Antes de grandes proclamas, invitaría a los ortodoxos de la escuela inclusiva a entrevistarse con padres de alumnos de educación especial. Quizás así entenderán que la cruda realidad, a menudo, no tiene nada que ver con la ficción más 'friendly'

"La escuela inclusiva es aquella que educa reconociendo y respetando las diferencias de todo el alumnado, considerando la diferencia como un elemento enriquecedor en lugar de un problema que hay que homogeneizar", dice la santa inteligencia. El objetivo es que todos los niños se sientan parte de una comunidad sin menospreciar su individualidad. En la escuela se admitirán todos los alumnos sin distinción por capacidades, género, cultura, religión y situación social, y, dependiendo de la edad, todos irán a la misma aula para evitar la segregación, lo que implica modificar el currículum, las metodologías u ofrecer medios y apoyos específicos según cada necesidad.  

Escrito y leído tiene una musicalidad prodigiosa, pero en la práctica empieza a ser un desastre, tal como indican informes como el de PISA.  

Esta idea de la escuela inclusiva está condenada al fracaso, sobre todo en lo que se refiere a la inmigración, porque afecta, evidentemente, a la calidad docente de unos centros escolares que se ven arrastrados por una realidad que quiere negar una izquierda doctrinaria. La entrada masiva de nuevo alumnado migrante baja, evidentemente, el nivel educativo del centro por las lógicas dificultades de adaptación de los recién llegados y por la imposibilidad de asimilarlos rápidamente por parte de las escuelas. Dos víctimas del sistema educativo, a las que hay que sumar un tercer damnificado, que es un alumno nativo que se ve obligado a acomodarse a una nueva realidad impuesta y que en Catalunya, por ejemplo, está afectando directamente al uso de la lengua autóctona y con la consiguiente desaparición del uso social del catalán entre nuestros jóvenes. A lo mejor estoy haciendo de cuñado, pero, en mi opinión, los alumnos inmigrantes recién llegados deberían ser matriculados en un curso preparatorio antes de entrar en la escuela llamada normal. Esto facilitaría su futura inclusión y haría cierta la frase que asegura que más vale ser locomotora que un vagón de cola condenado al fracaso.

En cuanto al alumno de escuela especial, mi experiencia fue extensa y, a menudo, traumática. Como en las escuelas de educación normal, los alumnos de educación especial no conforman una masa cognitivamente homogénea. Hay alumnos que, con esfuerzo individualizado, se podrán integrar en la sociedad, mientras que otros deberán encajar de otra forma, preservando, por encima de todo, su dignidad. El problema de las escuelas especiales es que muchas veces son entendidas como un parking donde dejar a las criaturas, cuando hay muchos niños que, de ser diagnosticados sin una visión compasiva, tendrían una oportunidad en la vida. Cada uno siguiendo su camino, cada uno a su ritmo, y quien piense que la solución se encuentra en integrarlos en la escuela inclusiva es un irresponsable que no sabe de qué habla.

Desafortunadamente, vivimos en una sociedad que, en cuanto a la moral, cada vez es más parecida a la de los años treinta en algunos países, cuando los niños con discapacidad eran eliminados a fin de lograr la raza perfecta. Puede parecer una exageración, pero la victoria de la extrema derecha en Alemania no hace prever un futuro magnánimo con los débiles. Razón por la cual las cosas deben hacerse con racionalidad, evitando posturas buenistas que pueden provocar un efecto bumerán. Y, antes de grandes proclamas, invitaría a los ortodoxos de la escuela inclusiva a entrevistarse con padres de alumnos de educación especial. Quizás así entenderán que la cruda realidad, a menudo, no tiene nada que ver con la ficción más friendly.