Cuando estos días experimentamos salir a la calle a comprar productos que garanticen nuestra supervivencia material, tenemos la sensación de que la distopía ya está aquí: calles desiertas, silenciosas y gente anónima y enmascarada que se rehúye. Perplejidad. En primer lugar, porque eso ha pasado a toda prisa y me atrevería a decir que con cierta "facilidad": también hemos experimentado que es relativamente fácil confinar y disciplinar a la población por su seguridad. En poco tiempo hemos pasado de aquellas "calles (que) serán siempre nuestras" a tener que vaciarlas del todo por necesidades sanitarias indiscutibles. Perplejidad, porque nos va la vida en ello, que en el primer mundo creíamos garantizada, y por eso cada día desde nuestros balcones aplaudimos agradecidos a todos aquellos colectivos que luchan por mantenérnosla. Pero perplejidad también porque, mientras tanto, ¿qué pasa con nuestra "vida política"? Pues, mientras tanto, la policía (y algunos querrían que también el ejército) patrulla por las calles increpando, deteniendo y multando a los "sospechosos" (¿habituales?) de querer infectar a la población, según permite la ley de alarma nacional. Los datos son importantes: hasta el 27 de marzo, 150.000 personas denunciadas y 1.300 detenidas en todo el estado español.

¿Qué modelo de respuesta autoritaria estamos legitimando? ¿Qué repercusión política puede tener este confinamiento? Las mujeres sabemos qué quiere decir vivir recluidas en el espacio privado y privadas de derechos y libertades políticas. El aislamiento es epidemiológicamente del todo necesario, pero no inocuo, y la pérdida del ámbito público es una de sus consecuencias. En términos popularizados por la lucha feminista, podríamos decir que la amenaza es la pérdida del empoderamiento político de la ciudadanía. Dice Hannah Arendt (a quien habría que releer hoy muy atentamente) que la condición humana de verdad, a diferencia de la mera naturaleza, se articula a partir de tres elementos esenciales: la intersubjetividad en el espacio público, el lenguaje que la hace posible y la libertad que le da dignidad y responsabilidad. Por eso el poder político real consiste en el derecho a la comunicación de proyectos nuevos y solidarios compartidos en libertad. Nos pide que seamos "actores politizados" que "compartan palabras y actos" en la medida en que nuestro poder radica en el ejercicio del discurso y la acción en medio de una pluralidad de individuos que llamamos ciudadanía (la polis).

Podemos aprovechar este confinamiento para hacer que el espacio privado, nuestros hogares, nuestros aparatos informáticos y nuestras redes sociales se conviertan en un espacio público de discusión y acción políticas, tal como lo querría Hannah Arendt

¿Qué pasa, por lo tanto, cuando el espacio público —que es condición de posibilidad de la política— está secuestrado? ¿Qué pasa cuando no podemos ejercer estos derechos y libertades? ¿Quién se los apropia y decide? ¿Qué margen nos queda para ejercer el control político? Perplejidad de nuevo cuando los medios de comunicación nos informan día a día de cómo progresa "el autoritarismo democrático" (?), gracias también (pero no sólo) a la pandemia: el cinismo descarnado de las declaraciones de Donald Trump aceptando cifras de muertes escandalosas como mal menor; las medidas proteccionistas y criminales de la Unión Europea que cierra fronteras a la solidaridad dentro y fuera de sus territorios (condenando al mismo tiempo a miles de refugiados a la intemperie más devastadora); el golpe de estado perpetrado hace dos días por Viktor Orbán que reinstaura de facto la dictadura en el corazón de Europa, y un largo etcétera. Preocupantes son también las voces que aquí elogian la eficacia de la gestión sanitaria por parte de los estados asiáticos, en especial de China, que han aprovechado para extender todavía más las medidas de control social de los movimientos de la población a través de las redes y los dispositivos móviles (el llamado big data). Medidas de ciberdictadura que implican no sólo la limitación de las libertades públicas sino también de control de la privacidad, y que de momento en Europa serían inaceptables por antidemocráticas.

Estos días que hemos tenido que vaciar las calles por imperativo sanitario, muchos nos refugiamos en el espacio (público) virtual que pretende hacer de nosotros usuarios y consumidores de una realidad también virtual: películas, series, juegos, y muchas fake news en medio de una avalancha de datos que se hace difícil de discriminar desde el confinamiento. Sabemos que una población atomizada es víctima fácil de la manipulación, la desinformación y el miedo (que suele ser irracional). Pero en estas mismas circunstancias tenemos también una oportunidad: las plataformas y redes sociales, más allá de ser herramientas de entretenimiento y propaganda, abren al mismo tiempo una esfera ilimitada (e imprevisible por los poderes) de empoderamiento político de los ciudadanos. Podemos aprovechar este confinamiento para hacer que el espacio privado, nuestros hogares, nuestros aparatos informáticos y nuestras redes sociales se conviertan en un espacio público de discusión y acción políticas, tal como lo querría Hannah Arendt. La "ciudadanía informatizada" hace mucho tiempo que se organiza en redes de solidaridad muy diversas (la última para la pandemia: con el personal sanitario, con los sintecho, ofreciendo asesoramiento psicológico gratuito a la población...). Hoy podemos dar un paso más y profundizar en lo que estas redes ya quieren ser desde hace tiempo: instrumentos activos de hacer política, en los que la ciudadanía se organiza para velar colectivamente por sus derechos y exigir que no se recorten sus libertades en pro de una supuesta seguridad que nunca llegará a ser absoluta.

Todo eso lo podemos hacer mientras tanto. Pero sabemos que al final tendremos que recuperar nuestras calles y plazas, hará falta salir de casa y rehabitar la polis. Este es el compromiso político que tenemos que firmar todos y todas con el fin de evitar la amenaza que puede poner en peligro nuestros derechos democráticos y nuestra libertad.

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