El elogio del matiz ya lo hizo Albert Camus en su texto Cartas a un amigo alemán. Camus escribía: “Me atrevería a decirle que luchamos precisamente por matices, pero por unos matices que tienen la importancia del propio hombre. Luchamos por este matiz que separa el sacrificio de la mística; la energía, de la violencia; la fuerza, de la crueldad; por aquel matiz más leve aún que separa lo falso de lo verdadero; y al hombre que esperamos, de los dioses cobardes que ustedes soñarán”. Si en tiempos de guerra (de la Segunda Guerra Mundial), de lucha civilizadora, de tiempos de definición, uno podía hablar de matices (aunque fueran catedralicios), ¿por qué no hemos de hablar de matices ahora para establecer las reglas de juego de los debates?
Debemos avanzar fortaleciendo el heroísmo de la medida, y no seguir la táctica de oponer eslóganes a otros eslóganes. Debemos trabajar a favor de una libertad intratable, a favor de una ética de la verdad, a favor de la conciencia de nuestros límites, a favor del sentido del humor, a favor de una moral del lenguaje, a favor del arte de la amistad y a favor del gusto de la franqueza, porque en medio de tanto ruido no hay nada más radical que el matiz. Tenemos que obstinarnos a favor de una vida intelectual, franca y abierta, que conozca y reconozca los límites. A partir de una ética de la medida, habrá que limitar la fatuidad de los espíritus que creen saberlo todo, y la violencia de quienes creen que todo les está permitido. Una ética que no es ni puede ser abstracta, porque es la experiencia la que puede darle fuerza y forma. Una ética también basada en el deber de dudar, porque contra las rigideces de un racionalismo sin matices hay que nutrir la experiencia con compromisos anclados en una vida sensible. Necesitamos el coraje para reconocer los límites y necesitamos también la radicalidad de la medida.
Para cumplir estos principios, habrá que borrar la pretensión de hacer entrar la realidad social en un corsé teórico y admitir que un adversario intelectual o político puede tener razón. De hecho, maniqueísmo ideológico y mentira existencial suelen ser inseparables. Y van acompañados de la renuncia a cualquier tipo de responsabilidad y de la confusión entre persuasión e intimidación. Hay que sopesar bien las palabras empleadas, hacer valer los matices y, si hay demasiado ruido, permanecer callados. Cuando la necedad infecta los discursos y cuando las certezas ahogan la palabra libre, permanecer callado es la mejor opción. A veces, pues, la ética de la medida es una ética del silencio. Una sociedad totalitaria, o un grupo que aspira a conformar una, empieza por controlar el diccionario. Intenta imponer un nuevo lenguaje y prohíbe las palabras que considera indeseables, como tolerancia, complejidad, crítica o matiz. Es lo que ya describió George Orwell en 1984.
Amar el matiz significa no alinearse detrás de eslóganes, significa ser libre para no soportar mucho tiempo las disciplinas banales y unidimensionales, significa ser sincero y no renunciar a la franqueza
En paralelo, asistimos a una crisis de la franqueza. Nuestra época —pero no solo la nuestra— tolera mal los espíritus críticos. La crisis de la franqueza quizás sea aún más acentuada en los ambientes intelectuales y, especialmente, académicos y periodísticos. Se tiene la sensación de que, a veces, el hecho de abrir un intercambio crítico puede equivaler a entrar en una espiral de represalias, sutil o no. Una franqueza que es necesario que descanse en dos condiciones: disponer de una memoria larga y de un lenguaje libre, pues existe una estrecha relación entre la sinceridad intelectual y la autenticidad del lenguaje. No obstante, la servilidad ideológica se basa en el saqueo de la memoria y en la manipulación del lenguaje. Algunas veces, esta crisis de la franqueza va acompañada del desencadenamiento de un ruido tan ensordecedor que impide cualquier intercambio atento. Aunque también es justo remarcar que, en medio de este ruido ensordecedor, un diálogo se puede hacer efectivo si una voz se abre paso hacia otra, y si en lugar de ser una plaza ruidosa, parece fluir el silencio de una confianza viva.
Es cuando se logra este sentimiento de intercambio cuando uno comprende que el matiz no implica ninguna complacencia, sino más bien una cuidadosa benevolencia. La libertad y la sinceridad hacen de la franqueza la condición de cualquier postura íntegra. Una franqueza que conlleva asumir los propios errores, retirar afirmaciones falsas o fuera de lugar y ser honesto, en el sentido de que hay que renunciar a una ilusoria objetividad y asumir del todo la postura propia.
Amar el matiz significa no alinearse detrás de eslóganes, significa ser libre para no soportar mucho tiempo las disciplinas banales y unidimensionales, significa ser sincero y no renunciar a la franqueza, y significa ser inquieto para no tener que obedecer tácticas de fronteras, del tipo que sea. El matiz nos empodera, y nos hace libres, sinceros e inquietos. Es base de la civilización y de la propia libertad.