Ayer viernes, a primera hora de la mañana, subí a un vagón del metro de Barcelona de la línea roja. A mitad de trayecto, por megafonía, se anunció que toda la red de metro haría una parada de un minuto, al mediodía, en recuerdo de la señora Maricarmen Abascal. Algunos pasajeros nos miramos, a medio camino entre el asombro y la incredulidad. No había oído nunca, por megafonía, ningún mensaje en recuerdo a ninguna persona que haya muerto, fuera en un desahucio o en cualquier otra circunstancia. Y menos aún que se detuviera toda la red de metro para hacerle un homenaje. Sin embargo, como no nací ayer, no me sorprendí. TMB está en manos de los socialistas y los sindicatos del metro son los mismos que han convocado una huelga general el próximo día 11 de noviembre para protestar contra la crisis del acceso a la vivienda. Utilizar la infraestructura y detenerla por interés electoral es solo la consecuencia lógica de un talante perverso que convertirá esta campaña en una de las más inmorales que habremos vivido nunca.
Permítanme decir para empezar que el mismo asco me produce la instrumentalización fanática de la izquierda radical de la muerte de Maricarmen como la deshumanización repugnante que hacen el PP y Vox. Unos y otros sí que son buitres electorales, ensañados sobre sus despojos a ver quién puede arañar un voto por aquí o por allá. Apelar a las más bajas pasiones para atraer votos forma parte de la democracia española. Era algo previsible, pero no por ello deja de ser menos nauseabundo. Cabe decir que también en Catalunya se ha querido instrumentalizar este caso y se han hecho más comunicados y minutos de silencio que por otras víctimas de otros hechos parecidos o peores. Es todo tan pornográfico que a mí me provoca una gran vergüenza; nuestra democracia es más precaria de lo que podía parecer. Tenemos un comportamiento electoral más propio de una república bananera que de un país europeo avanzado. No importa quién gane: importa más quién no debe ganar. Se vota en contra de; no a favor de. Por eso viviremos la primera huelga general de la historia contra la oposición, para que no gane.
En 2011, la mayoría de la población asistió silenciosa y silenciada a las protestas de los indignados, pero votó en contra del 15M
¿Dónde queda el debate de las ideas y propuestas? ¿Dónde quedan los programas electorales? ¿Dónde queda el respeto intelectual a los votantes? Todo esto ha desaparecido y ahora el gobierno del Estado, en funciones y con las Cortes disueltas, aprueba incrementos de las pensiones y del salario mínimo. El PSOE hace campaña con el dinero de todos con cuestiones altamente emocionales. Es una manera de comprar votos, al fin y al cabo. Ya no se admite que el otro pueda tener razón; quien piensa lo contrario debe ser por mala fe. La gravísima crisis de la vivienda, responsabilidad exclusiva de quien ha gobernado el Estado desde hace ocho años, es el mejor ejemplo; aquellos que se oponen a los dos decretos famosos, según el relato y el argumentario de la izquierda, lo hacen por mala fe, necesariamente. Pues no; puede haber gente de buena fe muy preocupada por la vivienda que tenga otras propuestas para resolver esta crisis que sean tanto o más válidas. La superioridad moral de la izquierda, en este caso concreto, se nos aparece con toda su nitidez. La mala noticia es que no hay una derecha civilizada o un centro moderado para recoger todo el voto que no se quiere dejar arrastrar por este populismo llamativo.
La gente tiene la memoria muy corta, pero aquí estoy yo para recordar un hecho relevante. El famoso 15M empezó después de la manifestación masiva de los indignados del 15 de mayo de 2011. Aquella marcha derivó en acampadas y protestas por parte de jóvenes frustrados por las políticas de austeridad, la precariedad, la corrupción política, el acceso a la vivienda o el bipartidismo. Se movían muy bien en las redes sociales. Allí nacieron liderazgos políticos que después crearon Podemos y otras organizaciones a la izquierda del PSOE. Ocuparon páginas y páginas de periódicos y horas y horas de radio y televisión. Era el tema del momento y parecía que tenían que comerse el mundo. Habían llegado para cambiarlo todo. Pasaron los meses y las elecciones generales se celebraron el 20 de noviembre de 2011. Sería el día en que se podría ver el impacto electoral de las movilizaciones, las acampadas y la campaña mediática constante. Sin embargo, el PP de Mariano Rajoy ganó las elecciones de manera tan clara que obtuvo una cómoda mayoría absoluta de 186 diputados, mientras que el PSOE perdió 59 de golpe. En aquellos años todavía no existía ni Podemos ni Vox y, por lo tanto, todavía pervivía el bipartidismo que hoy ya está muerto y enterrado. La mayoría de la población había asistido silenciosa y silenciada a las protestas, pero había votado en contra del 15M. Por eso hay que recordar siempre dos premisas: la gente no es tonta y la gente tiene su propia opinión.
