Consta que Junts per Catalunya llegó a comentar el viernes a Ada Colau la posibilidad de articular con ERC una mayoría que eligiera provisionalmente a Joaquim Forn alcalde de Barcelona para poner de manifiesto la situación de excepción democrática que viven Catalunya y Barcelona. Sería una reivindicación institucional de los presos y de la política que ocuparía portadas en la prensa europea. Inexorablemente el Tribunal Supremo suspendería Forn como ha hecho con presidentes, consellers y diputados soberanistas y el pleno debería repetir la elección de alcalde tal como estaba previsto en un principio. Colau no accedió, seguramente por no enfurecer a socialistas y Ciudadanos y que le retiraran el apoyo para la reelección.

De esta manera funcionará el Ayuntamiento los próximos cuatro años, con una alcaldesa secuestrada por los que quieren impedir que haga lo que ha dicho que quiere hacer. Pero Ada Colau será alcaldesa disfrutando, si no de gobernar la ciudad, sí al menos de estar en el poder, que, no nos engañemos, es un lugar tan confortable que se ha convertido en el objetivo prioritario de todos los políticos, viejos y nuevos y de cualquier ideología, en Barcelona y Tarragona, en Figueres y Badalona. En este sentido, Ada Colau no sería peor que otros si no fuera porque ha construido su personaje político jurando y perjurando que ella era diferente, que no la movía la ambición de poder sino las ansias de cambio. El cambio quedará inevitablemente aplazado sine die.

Las elecciones municipales son los comicios que ponen en evidencia realidades políticas —y también animadversiones personales— que a menudo se esconden. Lo más interesante y trascendente ha sido la opción de Ciudadanos que, en el conjunto de España, ha dado preferencia a los pactos con la derecha para impedir que la izquierda gobierne en municipios y comunidades autónomas. Y, además, lo ha hecho demostrando que no tiene ningún tipo de escrúpulo en pactar o compartir poder con la extrema derecha de Vox. Lo ha hecho en los lugares más visibles como la asamblea y el Ayuntamiento de Madrid y allí donde ha conseguido el liderazgo, como es el caso de la alcaldía de Granada, la más importante conquista municipal del partido de Albert Rivera, que sin serla lista más votada, ha colocado a Luis Salvador al frente del Ayuntamiento gracias a los votos de los concejales de Vox.

El ADN de un partido es su militancia y, salvo contadas excepciones, sociológicamente la militancia de Ciudadanos nunca se sentirá incómoda relacionándose con Vox porque llevan muchos años jugando juntos en la misma plaza

La estrategia de tender hacia la derecha impuesta por Albert Rivera ya está teniendo consecuencias en la política española e incluso en la política europea, después de que los liberales franceses hayan expresado su decepción por la decantación de Ciudadanos cuando esperaban que ejerciera de partido bisagra con los socialistas, que es lo que también quieren hacer en las instituciones de Bruselas y Estrasburgo. Y es interesante lo que ha ocurrido porque Ciudadanos, que es un partido promovido y subvencionado por el Ibex 35, sorprendentemente no está haciendo caso de las fuertes presiones que recibe de sus mecenas y del deep state para impedir que el PSOE tenga que gobernar dependiendo de pactos con Podemos e incluso con los independentistas catalanes. ¿Cómo es esto posible?, se preguntaba esta semana Francesc de Carreras, fundador del partido y padrino de Rivera, asumiendo el papel de mensajero del establishment. ¿Y tú te lo preguntas, Francesc?

Ciudadanos nació en Catalunya como partido anticatalanista que en su implantación en España ha derivado progresivamente hacia el ultranacionalismo español de carácter falangista que le ha impedido, por ejemplo, condenar al franquismo. Incluso Francesc de Carreras —¿quién lo iba a decir cuando era comunista?— se emociona cuando Marta Sánchez se inventa un nueva letra para el himno español. Ciudadanos creció muy rápido y junto a fichajes brillantes, todo hay que decirlo, como Luis Garicano o Inés Arrimadas, sus agrupaciones se llenaron con militantes procedentes de diversos grupos de la extrema derecha, de Falange, ex de Fuerza Nueva, España 2000, Plataforma per Catalunya y otros. Y no consta que a Francesc de Carreras le vinieran arcadas. En las manifestaciones antisoberanistas lideradas por Ciudadanos y PP siempre se han ostentado orgullosamente símbolos ultras y franquistas. Albert Rivera tampoco ha mostrado nunca rechazo hasta el punto de que en 2009 no tuvo inconveniente en compartir candidatura europea con Libertas, el grupo del multimillonario ultracatólico Declan Ganley.

El ADN de un partido es su militancia y, salvo contadas excepciones, sociológicamente la militancia de Ciudadanos nunca se sentirá incómoda relacionándose con Vox porque llevan muchos años jugando juntos en la misma plaza intercambiando posiciones y camisetas. Son lo que son y como cantaba Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tienen es remedio, Francesc.

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