Uno de mis grandes terrores infantiles era que mis padres no durmiesen juntos. Si eso ocurría, enseguida pensaba en una catástrofe, el anuncio de un traumático divorcio, el cisma familiar y el fin de mis días felices.  Aquello sucedía muy pocas veces y, de tan pocas, cuando pasaba sin causa justificada el desasosiego se apoderaba de mí. Los descubría casi siempre porque, hasta una edad poco digna, yo acostumbraba a meterme en su cama en mitad de la noche, atacada por pesadillas nocturnas que me quitaban el sueño. Entonces, me levantaba de la cama, caminaba hasta su habitación sigilosa, abría la puerta y, apostada a la altura de mi madre, le daba varios golpes en la cabeza hasta que conseguía que se despertase y me hiciese un hueco entre ambos o bien en su orilla de la cama, dependiendo de la estación del año y la disposición del imponente cuerpo de mi padre. Mi madre levantaba la ropa y yo me acurrucaba allí, al calor del manto paterno, protegida por mis progenitores, hasta que la paz me inundaba y me dejaba caer en brazos de Morfeo. A veces era tal la paz que llegaba a hacerme pis encima y ellos se levantaban en un charco de orín que yo intentaba relacionar con causas ajenas a mi voluntad y a mi vejiga.

Ya en el colegio, tenía amigas que me contaban que sus padres dormían separados desde hacía varios años, y algunas ni siquiera recordaban haberlos visto dormir juntos. Yo las miraba con cierta lástima, al mismo tiempo que me regodeaba en mi propia dicha, al ver que mis padres seguían compartiendo lecho diariamente convencida de que aquello formaba parte de la normalidad de una familia feliz.

Había ocasiones en que, cuando iba a abrir la puerta de la habitación de mis padres, la descubría cerrada bajo llave

Había otras ocasiones en que, cuando iba a abrir la puerta de la habitación de mis padres, la descubría cerrada bajo llave. Dotada de un excelente sentido para la tragedia, durante mucho tiempo pensé que podrían estar muertos en el interior de la habitación, víctimas de un asesino de padres que había decidido acabar con su vida, con la deferencia de que fuese la policía la que levantase los cadáveres para evitarnos el trauma a mis hermanos y a mí. Después, vendría disfrazado de amigable padre adoptivo y pasaría a ocupar el lecho y la vida de mis padres. Como yo no me amilanaba, tocaba varias veces hasta comprobar que mis padres seguían respirando. Así podía escuchar los pasos rápidos dentro de la habitación y el furor de los amantes que se saben descubiertos por su propia hija de 10 años (a esas alturas mis padres tenían tan sólo 35). Indignada porque estaban vivos, le preguntaba a mi madre por qué habían cerrado la puerta y ésta me hablaba de despistes y cosas que empezaba a entender, aunque no compartía en absoluto. Mis sospechas sobre sus costumbres nocturnas se confirmaron después de tropezarme varias veces con alguna prenda de ropa tirada a los pies de la cama en una disposición nada habitual a las estrictas manías de mi madre con el orden.

Mis padres no han dejado de dormir juntos en 34 años de matrimonio y, si a día de hoy, a alguno de los dos se le da por cambiar de cama, me vuelven los temores infantiles de la catástrofe familiar y entro como puedo a apagar los fuegos de una relación que ha sobrevivido a tantos y tantos coitos interruptus por culpa de mis congojas nocturnas. Mi madre siempre me ha dicho que la noche y la cama era el lugar donde conversaba con mi padre de sus cosas y, por tanto, su momento de máxima intimidad. Supongo que era allí donde podían encontrar algo parecido a la tranquilidad que los tres hijos y el trabajo les restaba.

Entiendo que las parejas que llevan tantos años compartiendo cama entren en un holocausto personal cuando la otra falta por cualquier motivo. Después de cierto tiempo, los cuerpos y los sentidos se atrofian hasta volverse una especie de prolongación del otro. Mi madre dice que al cabo de dos días sin mi padre es incapaz de conciliar el sueño porque le falta su olor en la cama.

Dormir en pareja no es físicamente cómodo en general, a no ser que se disponga de una muy grande

Dormir en pareja no es físicamente cómodo en general, a no ser que se disponga de una muy grande. Las camas tradicionales de 1,35 se han quedado absolutamente pequeñas y supongo que se inventaron en la época en que no había llegado el Colacao a los hogares. Menos de 70 centímetros por cabeza es demasiado poco para el confort del cuerpo humano adulto, incluso para los de talla pequeña como el mío. Afortunadamente, ya se han establecido las de 1,50 como norma en los lechos matrimoniales, aunque yo abogo por seguir estirando la cosa hasta los dos metros. La realidad es que hay muchas cosas que pueden resultar molestas al dormir en pareja, como los ronquidos (ajenos), las patadas, calambres, conversaciones ininteligibles y demás tics nerviosos que ciertos seres humanos manifiestan durante el sueño. También está la lucha por el reparto del espacio, la sábana, o la correcta postura que cuando es cómoda para uno resulta imposible para el otro. La alarma del compañero o compañera jodiendo una hora antes de tu despertador. Los gases expulsados con nocturnidad y alevosía.

Pero cuando te acostumbras a ese cuerpo, a ese olor, al peso de los brazos y el encaje de las piernas, entonces, qué razón tiene mi madre. 

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