¿Ha llegado, por fin, la "decadencia de Occidente"? (O. Spengler, 1918-1923). Europa corre un riesgo serio de perder su distinción política más preciada: unas democracias liberales que garantizan derechos y libertades combinadas con una estabilidad socioeconómica y unos sistemas de bienestar. En su recomendable libro Waste Land (Tierra Baldía, 2025), Robert Kaplan advierte que Occidente vive un "Weimar global" —en referencia a la república alemana de entreguerras que se desmoronó ante la polarización y la violencia protagonizada sobre todo por nazis y comunistas. Siempre debemos estar atentos, nos dice Kaplan, a los años 1917 (Revolución Rusa) y 1933 (acceso de Hitler al poder en Alemania). A algunos les ha parecido un diagnóstico exagerado. ¿Lo es?
Para entender qué está pasando, siempre es conveniente dirigir una mirada a lo que sabemos de historia, incluyendo las bases evolutivas de nuestra especie. El biólogo y genetista Dobzhansky insiste en que recordemos que en la esfera práctica de los humanos "nada tiene sentido si no se mira bajo la luz de la evolución". Por otro lado, el científico y filósofo de la ciencia Daniel Dennet formula una advertencia analítica de manera concisa: "La teoría de la evolución es un 'ácido universal' que lamina conceptos, ideas y teorías tradicionales".
Esto va más allá del simple "malestar en la cultura" freudiano. Está claro que llegaremos a conclusiones diferentes si basamos nuestros análisis en alguna antropología voluntariosamente optimista sobre el "progreso" moral de los humanos, o si mantenemos un realismo escéptico sobre posibles cambios de aquello que parece más inerradicable en nuestros comportamientos. Nos hacen falta, seguramente, ambas perspectivas, pero no es sencillo combinarlas si no queremos abandonar lo que nos dicen los hechos empíricos y la historia.
Hechos, hechos, hechos. Historia, historia, historia.
Tanto el fascismo como los derechos humanos son productos humanos (y occidentales). En ambos casos encontramos aspectos de nuestro pasado evolutivo. Los primates-sapiens tenemos tanto la capacidad y el deseo de saber como la capacidad y el deseo de ignorar. Somos capaces de actuar desde premisas morales, en parte también heredadas de nuestro pasado evolutivo, y, a la vez, de actuar desde un mal radical más específicamente humano. A diferencia de buena parte de los filósofos contemporáneos, Kant estaba muy interesado en la ciencia. Sin embargo, si hubiera sido coetáneo de Darwin probablemente habría revisado buena parte de su concepción de la moralidad, quizás desarrollando sus propios conceptos sobre la "insociable sociabilidad" de los humanos y la "madera torcida de la humanidad" (1784).
Hoy estamos ante implosiones sociales que tienen parte de su origen en los procesos de globalización-privatización impulsados por supuestos "progresistas" como B. Clinton y T. Blair, hace ahora unos treinta años. Un tiempo en el que parecía que no existían los dilemas trágicos. Resultado: enriquecimiento muy acelerado de microminorías, aumento de las desigualdades, empobrecimiento de clases medias y bajas, falta de perspectivas de muchos jóvenes, ciudades que "expulsan" a sus ciudadanos a través del precio de la vivienda, etc. Y en tiempos de crisis, las verdades complejas suelen molestar.
Sabemos que en tiempos de crisis la mayoría de los humanos se vuelven más primitivos (Schumpeter lo describió en términos económicos; Horkheimer, en términos filosóficos). También sabemos que el progreso político y moral de una sociedad nunca está consolidado. La historia muestra una larga retahíla de ejemplos en los que en política no se puede dar nada por irreversible. Por muy estables que nos hayan parecido durante algunas décadas las instituciones liberales y la cultura democrática, es fácil ver que no están vacunadas ante guerras o implosiones sociales (algunos indicadores actuales, quizás innecesarios de mencionar: asalto trumpista al Capitolio; malestar reflejado en las calles de Francia, Italia, Bélgica, Albania o España; "bloques políticos" que compiten en demagogia en temas como la vivienda o la inmigración; erosión de los servicios públicos (educación); bajo nivel argumentativo de los liderazgos; redes sociales: noticias falsas, influenciadores sin cerebro, actores anónimos impunes, movilizaciones violentas…).
Cuando la "modernidad" incumple sus promesas, una parte de la población lo vive con una mezcla de decepción y una reacción romántica de rebelión. Se impone la emotividad, como también una "voluntad de ignorancia" (Nietzsche) y de irracionalidad (Lutero caracterizaba la razón como la novia del diablo).
Por muy estables que nos hayan parecido durante algunas décadas las instituciones liberales y la cultura democrática, es fácil ver que no están vacunadas ante guerras o implosiones sociales
Pero hay que mirar siempre de frente y con realismo la historia humana. Y no deslumbrarnos con los embrujos retóricos a los que nos impulsan nuestras propias ideas. Es cuando creo que entendemos mejor a Shakespeare o a Berlin. En tiempos de crisis, reaparecen mitos que vuelven nostálgicos a muchos humanos. Ante un presente vivido como una edad de hierro insatisfactoria, se crean ficciones sobre edades de oro, sean añorados "paraísos perdidos" (islamismo, judaísmo), sean proyectos hacia nuevos futuros (fascismos, comunismos) inevitablemente totalitarios (siempre, eso sí, en nombre de un "pueblo" pensado, también irracionalmente, como una entidad inocente y virtuosa).
Queda claro que tanto los sueños de la razón como los sueños de la irracionalidad han creado monstruos. El siglo XX los ha experimentado ambos. Hay que estar atentos en ambas direcciones para evitar nuevas barbaries, sean cuales sean las ideas que quieran legitimarlas.
Lo más importante del mundo político y moral es la práctica. Ver si se garantizan cosas como los derechos individuales y colectivos, libertades, bienestar, estabilidad, etc.). Weimar fue uno de los períodos culturales más creativos de la historia europea contemporánea, pero fracasó políticamente ante la barbarie. Y sabemos, además, que es en estas situaciones cuando las minorías (nacionales, lingüísticas, étnicas, etc.) lo tienen peor, cuando más expuestas se encuentran ante las tiranías de las mayorías. En nombre de qué las mayorías tratan de justificar su dominio deviene completamente secundario.
Siempre hay y habrá que luchar contra la barbarie, contra los monstruos de la razón y contra los monstruos de la irracionalidad. Ambos crean situaciones distópicas. Hemos aprendido, sobre todo por la vía de la práctica, que estos monstruos latentes se combaten con instituciones y derechos liberales que funcionen eficazmente, cultura democrática basada en el respeto de los derechos humanos, servicios de bienestar, redistribución y políticas de reconocimiento que respeten las identidades particulares de las minorías, las cuales forman parte de la dignidad humana (y que los "cosmopolitas ilustrados" suelen ignorar o marginar).
Hume nos hizo más escépticos en nuestras ideas, más prácticos en nuestros comportamientos y más tolerantes y flexibles en nuestras morales. No es una mala guía en los tiempos convulsos a los que parece que estamos llegando, de la mano de autoritarismos antiguos y de tecnologías modernas.
¿Weimar global? Ciertamente, hay elementos que compartimos. Sin embargo, hoy, si no nos despistamos, disponemos de recursos históricos, internacionales e institucionales para evitar el colapso. ¿O no?