Albert y yo nos conocimos hace más de cuarenta años. Nos presentó Cris Jolonch, o quizás fue Pau Arenós —no lo recuerdo bien— en las aulas de la Facultat d’Econòmiques de la Autònoma, donde estudiábamos exiliados los alumnos de Ciències de la Informació, y desde entonces hemos conservado una amistad, a pesar de pasar largas temporadas separados por cuestiones meramente de la vida. No nos vemos de Pascuas a Ramos, pero casi; un intervalo largo, pero lo suficientemente corto para no vernos más viejos cada vez que compartimos pasado, presente y futuro. La suma de las veces que he visto a Albert desde que nos conocimos me permite decir que, si no fuera por las fotografías, está igual que hace cuarenta años, gracias a la relatividad del tiempo. Y de todos los momentos compartidos, tengo uno muy bien conservado en la memoria. Al día siguiente de la noche en la que murió mi padre, varios amigos acudieron a casa de mi madre para hacernos compañía y compartir la angustia ante el callejón sin salida de repatriar un cuerpo caído en la sala de espera del aeropuerto de Bangkok. Un cuerpo propiedad de un forense anónimo y, quizás, torpe. En la sala de estar, Carmen Balcells dirigía las operaciones de la repatriación, bajo la atención de la familia, de Raimon y Annalisa y de Rafel Ribó y Teresa. Había otras personas que no consigo vislumbrar, pero sí recuerdo nítidamente a Cris, Pau y Albert.
A mí me gusta mucho que los amigos a los que quiero luzcan, y Albert lo acaba de hacer publicando Què dirà la gent, un libro maravillosamente costumbrista que lleva un título que solo se entiende si uno se adentra en las 184 páginas —Albert prefiere los números escritos en guarismos— que explican la historia de una familia que podría ser la mía, la tuya y la de él. Mi abuela, natural de La Garriga, también tenía miedo a lo que diría la gente, de un pueblo más grande que Taradell pero más pequeño que Vic, cuando una decisión podía romper las normas de una colectividad asfixiada por unas convenciones no escritas, pero grabadas a fuego por generaciones y generaciones sometidas a los murmullos católicos, apostólicos y romanos. El libro, escrito en una prosa de una musicalidad excepcional, acaba convirtiendo un puzle de muchas piezas en un fresco de un tiempo, de un país que ha dejado de ser el nuestro. Y lo hace mediante una familia que vive entre Vic y Taradell. Una familia del siglo XX que salta al siglo XXI con Albert y su hermano como relevo de las generaciones de los Om y de los Ferrer, que habían perdido todas las guerras habidas y por haber. Ellos, Albert y Ramon, son ya los únicos testigos de una época, los únicos que pueden dar tridimensionalidad, vida y contextualizar las fotografías de los muertos familiares. Nuestros dublineses. Los hijos, los nietos, los sobrinos o los sobrino-nietos tendrán, si ellos quieren, la potestad que ahora tienen unos hermanos que un día serán —como los abuelos y los bisabuelos— una mera fotografía.
Los buenos escritores son aquellos que son capaces de convertir en literatura lo que nunca saldría en la portada de un periódico, o nunca tendría muchos likes en cualquier red de las redes sociales que gobiernan nuestras ansiedades. Ansiedades de una generación en descomposición existencial, si la comparamos con el ansia descrita por el abuelo Pep en las cinco cartas que mandó desde el frente a su mujer, la abuela Maria. Desafortunadamente, a Pep no le dio tiempo a escribir una sexta carta, ya que lo mataron los golpistas en combate.
Escribir un libro sobre la historia de una familia de pueblo y saber transmitir valores universales solo está al alcance de un orfebre de la escritura
Albert y yo venimos de dos realidades distintas —yo no tengo ocho apellidos catalanes— que se hermanan por cotidianidades parecidas, a pesar de haber crecido en una lejanía de 77 kilómetros, distancia que enmendamos cuando entramos en la universidad. Ambos tenemos muertos de guerra, familia con los huesos empapados de humedad en las celdas de las cárceles franquistas, y ambos provenimos de familias silenciadas. Pero, a diferencia de Albert, mis padres —en contra de la voluntad de sus progenitores— nunca aceptaron el silencio y asumieron los riesgos de una clandestinidad política que los llevó finalmente a la prisión. Ese pasado silenciado que vivió Albert en el interior mismo de la familia no lo viví yo, miembro de una estirpe que hablaba de política incluso cuando dormía. Lo que sí comparto con mi querido Om es haberme criado en el silencio público, como cuando con mi padre cogíamos un taxi y Manuel me prohibía hablar de nada de lo que comentábamos en casa. Durante el franquismo, muchos policías retirados recibían como premio una licencia de taxista.
No obstante la distancia geográfica y las diferencias familiares, con Albert comparto las sesiones dobles —en mi caso, disfrutadas en el cine Alhambra de La Garriga, con las películas casposas de Fernando Esteso y Andrés Pajares como preámbulo de la película que valía el precio de la entrada—; la lectura de la revista Interviú en la que mi padre colaboraba y los traumas que me creaban algunos de sus reportajes sanguinarios y, por qué no admitirlo, ciertas poluciones nocturnas provocadas por mujeres con los pechos redondos como dos lunas llenas, y el Barça y las transmisiones de Puyal con la radio colocada en el centro de la sala de estar familiar. Y también muchas palabras de la cultura popular como el dallonsis, palabra que mi abuela Josefina utilizaba para tapar cualquier agujero léxico; sin olvidarme de Laura, la amiga de Lluís Llach convertida en una canción eterna, "amb el misteri dels senzills, els ulls inquiets, el cos altiu", cantada en el gran concierto celebrado en el Palau d’Esports de Barcelona. Llibertat, Amnistia, Estatut d’Autonomia!!! Con Albert comparto el blanco y negro de los programas de la tele y el color dorado de los setenta.
De Albert me gusta su amistad, su inteligencia, su sentido del humor y el misterio que transmiten sus silencios. Es un tipo misterioso, este jodido Om. Pero gracias a Què dirà la gent he logrado descifrarlo un poco más y situarlo definitivamente como superviviente de una época llena de contradicciones irreconciliables. Escribir un libro sobre la historia de una familia de pueblo y saber transmitir valores universales solo está al alcance de un orfebre de la escritura. Una familia, una lengua, un país… el qué dirá la gente importa relativamente poco. Lo importante es la palabra escrita que salva la memoria del olvido.