La dignidad es el valor intrínseco, absoluto e inalienable que posee todo ser humano por el simple hecho de serlo. La palabra proviene del latín dignitas, que deriva del adjetivo dignus (digno o merecedor). Esta raíz latina está conectada con el indoeuropeo dek, que hace referencia a la idea de aceptar, adecuar o mostrar respeto. Esta condición exige que la persona sea tratada siempre como un fin en sí misma y nunca como un simple medio o instrumento. El filósofo Francesc Torralba (profesor de Blanquerna) es una voz que recuerda que la dignidad humana no es una concesión. Su visión se estructura en tres dimensiones principales: la dignidad del ser, ontológica, la moral y la social. La ontológica es la que todos los humanos tienen de manera innata e igualitaria, independientemente de su edad, condición física, intelectual o capacidad de obrar. La moral hace referencia al obrar y al ejercicio de la libertad. El individuo puede vivir de acuerdo con su conciencia (actuando de manera digna) o comportarse de manera indigna en sus relaciones con los demás. Y la dignidad social sería el conjunto de condiciones materiales, políticas y estructurales que permiten a una persona desplegar su vida con garantías, sin ser deshumanizada.
En este tercer grupo, la dignidad social, se agrupan las duchas de tantos organismos que se ponen a disposición de personas que viven en la calle, y que el verano hace imprescindibles. También las duchas del Vaticano, que estos días de canícula están cobrando protagonismo. Están ubicadas en la columnata de Bernini en la plaza de San Pedro, y las gestiona la Limosnería Apostólica (presidida por un obispo español). La organización de la Santa Sede establece un Dicasterio para el Servicio de la Caridad, la Limosnería Apostólica (Elemoniseria Apostolica). Es la estructura que privilegia la misericordia, sobre todo con los más vulnerables, pobres, excluidos, y en nombre del Papa destinan ayudas y asignan prioridades. Lo dirige un arzobispo agustino español, monseñor Luis Marín de San Martín, un hombre implicado y cercano al Papa. Se mueven recursos que no se ven, pero las duchas han sido un gesto nuevo de la época del papa Francisco que sí es visible. Y no a todo el mundo le gusta ver este servicio de agua caliente y servicio de higiene personal en la plaza del Vaticano.
La capacidad colectiva y las estructuras (puede ser una ducha o una decisión política) que permiten no deshumanizar son sin duda un elemento fuerte para entender, defender y promover la dignidad de todas las personas
La dignidad de quien vive en la calle se dignifica con una ducha, y el Papa lo pensó para que fuera un servicio abierto diario (no se puede acceder, sin embargo, cuando hay audiencia los miércoles o grandes acontecimientos en la plaza). La ducha es el elemento central, pero también hay ropa limpia y peluquería para cortarse el pelo. Lo gestiona la Santa Sede, pero hay voluntarios y religiosas que se acercan cada día. "No se puede amar a Dios sin entender el amor a los pobres" es una de las frases memorables del papa León en la exhortación apostólica Dilexi-te. En Barcelona misma hay duchas como las de Arrels Fundació abiertas cada día menos el domingo, donde también, como en otros centros, se puede ir con perro —si lleva bozal—. O las del centro de acogida Assís, el Centre obert Heura, les Metzineres, donde también hay un espacio para descansar, la Obra Social Santa Lluïsa de Marillac, el Hospital de Campaña Santa Anna o el Centre de Dia Horta, entre otros. La dignidad humana no es un concepto nuevo, y une como un hilo invisible los derechos humanos. Algunos filósofos la miran desde la ética discursiva, como hacía Jürgen Habermas, que la veía como un puente entre moral y derecho. En sociedades que nos consideramos democráticas, la dignidad se traduce en el estatuto de ciudadanía. Y con leyes justas se garantiza el respeto.
La pensadora estadounidense Martha Nussbaum lo enfoca desde las capacidades y la vulnerabilidad. Ella concibe la dignidad desde la herida (vulnus) y pide a los gobiernos que proporcionen lo que llama "umbral mínimo" de las capacidades a la vida, la salud corporal, la integridad corporal, los sentidos, las emociones, la razón y también la imaginación para poderse realizar, o como lo expone ella, "desarrollar una vida plena". Desde una visión más racional, el neokantismo, un exponente como Karl-Otto Apel, reivindicando el valor intrínseco e incondicional por la persona, lo fundamenta en la capacidad racional y lingüística de los sujetos para llegar a acuerdos morales, pero va más allá y no lo deja solo en la capacidad de razonar en solitario (sería discriminar a personas con discapacidad), sino que la lleva a un reconocimiento recíproco y a la participación en una comunidad. Es decir, que la dignidad es reconocimiento: la falta de autonomía de una persona exige una ética de la responsabilidad por parte de la sociedad que representa a estas personas y las incluye. Más cerca de nosotros, la filósofa Marina Garcés explora la dignidad de la persona como una virtud y una capacidad colectiva, ya que no hay "dignidades privadas", y ser digno es "irrumpir la lógica de la dominación y el conformismo". La capacidad colectiva y las estructuras (puede ser una ducha o una decisión política) que permiten no deshumanizar son sin duda un elemento fuerte para entender, defender y promover la dignidad de todas las personas.