Llegan en tromba a visitarnos, con aires de señor feudal en tierra conquistada. Bien peinados, maneras decididas, las frases de rigor para engatusar a los ilusos, el mucho aprecio que nos tienen, dicen, sin sonrojarse, el cepillo falaz que nos lustra la espalda mientras nos jode la cartera... Y las promesas, sobre todo las promesas, unas promesas bonitas, redondas, extraídas del catálogo todo a cien de los vendedores de humo, envejecidas de tanto usarlas, incluso apolilladas, devoradas por la ranciedad donde habitan. Son los guardianes de la fe patria, ungidos por el fuego de una misión sagrada, carceleros de la voluntad de otros pueblos.
Llegan en tromba y, sin aversión al cinismo, nos sonríen. El más aguerrido lo hace de manera adusta, seca, para que notemos que es el dueño del gallinero, que no hay atajos, ni alianzas, que la bota pisa la tierra sin concesiones. Es una sonrisa amenazadora, que se vuelve grotesca cuando suenan Els segadors en un balcón y unas toxinas de catalanidad le contaminan el aire, pero está hecho para las batallas más duras, y Catalunya es la última colonia del imperio. No desfallecerá, lo dice, lo grita, lo conjura..., "Santiago y cierra España", don Abascal español y muy español. Es la cara más fea, aunque no está claro que sea la más peligrosa.
Acto seguido vienen los otros, los civilizados, con sus maneras más suaves, las palabras más templadas, la soberbia de la condescendencia. Uno de ellos, un gallego de montaña adentro, hace esfuerzos por bajar el tono de sus correligionarios, hombre más calmado, un liberal, dicen, abierto al diálogo, la añoranza de la vieja convergencia, quiere entenderse... pero las palabras resuenan en el vacío de la nada, atrapado entre los que mandan en su partido —no, no es él— y los que lo amarran al cuello con los votos imprescindibles que necesita para la presidencia. Es un propósito sin propósito, un verso libre trabado en un terceto encadenado que arrastra la pesada historia de su partido con Catalunya. Quiere y no puede, y no quiere mucho, porque incluso para este gallego de la Ribeira Sacra no hay naciones dentro de la España inmemorial, sino una "grande" y no sé qué más dicen... Es la cara relajada de un alma política turbia, don Núñez Feijóo, Alberto para los amigos.
Vienen, nos sonríen con sus diversas caras y continúan jodiendo nuestra voz y nuestra cartera. No nos visitan, nos recuerdan que ellos son los dueños y nosotros los súbditos
Y para culminar el triángulo, el tercer vértice, el más simpático, amigos para siempre, la España plural, ariete de la fachosfera, campeón del progresismo mundial, nos quiere, nos hace regalos, amnistía a nuestro president exiliado, todo amor, repleto de buenas intenciones. ¡Es don Pedrooooooo!, versión de Penélope Cruz (o de Iceta, que tiene el mismo gusto por el histrionismo), y nos visita para recordarnos que cree en Catalunya, que ha hecho mucho por nosotros, que es él o el abismo... Nadie nos sonríe mejor cuando nos estafa, maestro en el dominio de la palabra vacía, campeón de promesas incumplidas, inmune al rigor de la palabra dada, trilero de múltiples capacidades. Es el más peligroso porque no viene de frente, pero viene por todas partes, desmontando, pieza a pieza, la Catalunya nación, con su cortesano haciendo trabajo de deconstructor desde la plaza Sant Jaume. Los suyos mandan por todo nuestro país, y el país va peor que nunca, las infraestructuras asfixiadas, los trenes colapsados, los maestros exhaustos, los médicos desbordados, la economía en caída libre, el idioma en situación de emergencia, pero Catalunya va bien... porque España va bien, aunque la gente esté cada día más ahogada.
Son todos estos los que vienen a visitarnos, deseosos de arañar nuestros votos, ahora que ya se da por abierta la caza electoral. Ninguno de ellos ha frenado el expolio que sufrimos; al contrario, lo han aumentado. Ninguno de ellos ama nuestro idioma, y los tres lo han agredido y lo agreden. Ninguno de ellos ha detenido la degradación de nuestras infraestructuras, sino que la han potenciado. Y ninguno de ellos quiere una Catalunya catalana, sino al revés: todos trabajan intensamente para deshacerla. Pero vienen, nos sonríen con sus diversas caras y continúan jodiendo nuestra voz y la cartera. No nos visitan, nos recuerdan que ellos son los dueños y nosotros los súbditos.