Tengo las redes sociales infestadas de vídeos e imágenes del desfile de Victoria's Secret. Parece que el tema de esta edición, lo que hace que un "ángel" sea loable, es la rapidez con la que recupera el cuerpo de antes de ser madre —si es que se puede recuperar alguna vez—. Entre las modelos estaba Barbara Palvin, quien cuarenta y seis días antes había parido a su primer hijo, pero también estaban modelos de más de treinta y cuarenta años que, a lo largo de su vida, han sido madres una, dos y tres veces. Y los comentarios siempre tienen el mismo tono: "No parece que haya sido madre". Tras la idea de que es virtuoso que no parezca que hayas sido madre, se esconde una fórmula especialmente retorcida de misoginia, pero no por su especial retorcimiento es menos misógina.
En el mundo de hoy, sobre todo en el mundo occidental, la maternidad es un objetivo que recibe ataques desde todos los frentes. Por un lado, tenemos la facción del feminismo que no ha conseguido reconciliar la idea de que los hombres y las mujeres debemos tener los mismos derechos con la idea de que la maternidad debe tener un espacio propio dentro de esta lucha por la consecución de derechos. Existe una parte del feminismo que todavía mira a las madres como si fueran sospechosas de ser aliadas del patriarcado. Por otro lado, tenemos varias generaciones que no se han sabido explicar la maternidad y la paternidad entre ellas, que solo han traspasado los negativos. Todos tenemos en la cabeza la caricatura del joven que hasta los treinta y cinco años se pasa la vida viajando, siendo el centro de su propio mundo, incapaz de comprometerse o de institucionalizar sus compromisos. Esta caricatura es una caricatura, pero, como todas las caricaturas, se trata de una exageración fundamentada en una verdad: que muchos piensan en la maternidad —y en la paternidad— desde un punto de vista individualista —"¿qué me puede aportar un hijo a mí?"— en vez de pensar en ella como una entrega generosa y total que también realiza. Y, en último lugar, en muchos países tenemos un mercado laboral rígido que perjudica a las mujeres que han sido madres y unos roles de género que todavía las responsabilizan de los hijos y del hogar desigualmente respecto de sus hombres.
Que el mercado presente la apariencia de no-maternidad como un rasgo virtuoso y admirable es otra cara del tipo de ideas que dan valor a las mujeres solo en la medida en la que son deseables
Una mujer que ha sido madre carga con todo este peso en sus espaldas, que no cuelga exclusivamente de la maternidad, ya que en muchos casos tiene causas que son externas pero que aumentan su carga: el peso de tener que aprender a entender su libertad más allá de su autonomía inmediata; el peso de compararse con quienes han elegido no hacerlo; el peso de la renuncia que, aun siendo consciente, a veces resulta difícil; el peso de una economía familiar que, en mayor o menor medida, siempre se tambalea después de un hijo; el peso de poner en pausa tu carrera laboral; el peso del juicio ajeno respecto de cómo una elige entender su maternidad. Pero la maternidad es un don. A juicio de quien escribe, uno de los dones más grandes que algunas aspiramos a experimentar en esta vida, también cuando no es biológica. En cuanto a la maternidad biológica, sin embargo, a todo el montón de obstáculos circunstanciales varios enumerados al inicio de este párrafo, hay que sumarle uno que, silenciosamente, en la mente de muchas mujeres, añade el peso definitivo que convierte el don en lastre: la maternidad biológica transforma el cuerpo. La barriga no desaparece el día en que nace tu hijo. Los kilos ganados necesitan meses —¡o años!— para irse, si es que se van. Con las prioridades reordenadas por el cuidado de un bebé, el tiempo y los esfuerzos no pueden concentrarse en la imagen a voluntad.
Has traído un hijo al mundo, un hijo que, en la mayoría de los casos, es fruto del amor, pero no puedes disfrutarlo del todo por las estrías, y los colgajos, y la papada. De tan absurdo daría risa, si no fuera porque es psicológicamente devastador para muchas mujeres. Si a la imposibilidad de reconocer el propio cuerpo, si a la dificultad de abrazar la persona que somos —también físicamente— después de haber sido madres, le sumamos la presión social para borrar el impacto de la maternidad de nuestro aspecto, clavamos el último clavo para que la maternidad se siga explicando como ese momento tenebroso, confuso y torturante, como esa decisión que tomamos cuando no éramos del todo conscientes de a lo que nos enfrentábamos. Como algo de lo que hay que desprenderse cuanto antes. Que el mercado presente la apariencia de no-maternidad como un rasgo virtuoso y admirable es otra cara del tipo de ideas que dan valor a las mujeres solo en la medida en la que son deseables —de acuerdo con los cánones de cada tiempo—. Da igual que seas hija de Dios, única, con una dignidad radical, que lo que más cuenta es lo buena que estás. Da igual que hayas gestado una vida, que habrá alguien dispuesto a ganar dinero a base de hacerte entender que el mayor regalo es, en realidad, un castigo. Que tu valía radica en lo plano que ha quedado tu vientre después de parir. Lo escribiré sin matices: todo esto resulta diabólico.