El prisma con el que miramos el mundo puede deformarlo. Observen, si no, el mapa mundi que hasta ahora dábamos por bueno y que se ha descubierto que, sobre todo, empequeñecía —¡oh, sorpresa!— los continentes o países que el Primer Mundo quiere despreciar. Hay miradas que no son inocentes. Tampoco me lo ha parecido la manera en que la película Cronos aborda el trágico atentado de Barcelona, Cambrils y Alcanar (no nos olvidemos de esta población ebrense donde empezó todo). En dos horas se resumen cuatro días de intensa persecución policial, pero falta mucho contexto para tener más veracidad.

Parece que el error del mapa mundi radica en la dificultad de transportar a la bidimensionalidad una realidad que es tridimensional. A Cronos también le pasa: del mismo modo que cambiar un mapa no cambia el mundo real, tampoco ocultar según qué información cambia los hechos. Y es una lástima, porque se ha perdido una oportunidad de hacer algo más que entretenimiento o un thriller. Estamos ante una reconstrucción de los hechos detallada, pero aséptica. No es que no haya investigación —que sería de esperar—, es que hay olvidos inexplicables.

Así, no se menciona para nada la demostrada y sospechosa conexión entre el imán de Ripoll y el CNI, ni aparece por ningún lado la proximidad del referéndum del 1 de octubre y el clima político que vivía el país con las movilizaciones independentistas. Tampoco se citan aquellas malévolas declaraciones en las que el exministro Margallo decía que a mediados de agosto pasarían cosas en Catalunya, palabra, por cierto —Catalunya—, que no recuerdo haber oído en absoluto durante el tiempo que dura la cinta. La apuesta cinematográfica es poco conmovedora y solo muestra la visión de las entrañas de la policía catalana, siguiendo sus planes al pie de la letra. Igualmente, es de justicia que sea un reconocimiento público al trabajo de los Mossos, que hicieron una tarea impecable aquel agosto de 2017, como si se tratara de una policía de Estado, mal que les pesara a los cuerpos de seguridad españoles. Y aquella tarea también fue muy bien explicada por la jefa de comunicación del cuerpo de entonces, una Patrícia Plaja que en la película aparece fugazmente haciendo un pequeño cameo durante la rueda de prensa del mayor Trapero y el conseller Forn.

Los Mossos merecen el reconocimiento. Ahora bien, estamos ante una reconstrucción de los hechos detallada pero aséptica. No es que no haya investigación —que se esperaría— es que hay olvidos inexplicables

Si durante la proyección ya se te pone un poco la mosca detrás de la oreja por la excesiva complacencia con los yihadistas —sí, eran nacidos en Ripoll y hablaban catalán, pero yihadistas al fin y al cabo—, no hicieron ningún favor al film las declaraciones de algunos de sus protagonistas principales durante las entrevistas promocionales. Parece que se quiera convertir el atentado en una lección moral para los ciudadanos de nuestra nación, incluso intentando hacernos sentir medio culpables de que algo no hicimos del todo bien en materia de integración. Y esta es una línea que roza una manipulación que, como país, no deberíamos estar dispuestos a aceptar.

Lo que podría vestirse de intento de respeto máximo a las víctimas acaba convirtiéndose en una presencia suya casi nula —quizás es buscada o pedida—, hecho que, con el contrapeso del protagonismo excesivo de los terroristas y su familia, deja la balanza descompensada. En este sentido, el equilibrio moral es de dudosa credibilidad. El atentado es muy reciente y había que ser osado para abordar esta cuestión, con una memoria todavía tan latente y herida y con la comisión de investigación todavía en marcha, pero la verdad es que los 118 minutos no aportan nada nuevo. Es poner el retrovisor y levantar acta. Y todo envuelto con un dudoso velo de supuesta reconciliación.