Cuando se instauró la Creu de Sant Jordi como premio, en 1981, se convirtió en un símbolo del resurgimiento de la Catalunya postfranquista. Una reafirmación de la nación y un reconocimiento a las personas y entidades que nos ayudan a ser quienes somos. Una especie de segunda Renaixença, pero no tanto literaria como institucional. La catalanidad de los galardonados estaba fuera de toda duda. Con los años, sin embargo, como el amor, los huesos del cuerpo o los electrodomésticos se han ido estropeando u oxidando. Una no sabe si por obsolescencia programada, por descuido o por interés partidista. El caso es que pagan justos por pecadores y aquellas personas que son muy merecedoras de ellas se ven diluidas en medio de otros nombres que vienen a contentar al gobierno de turno pero que muestran méritos de dudosa credibilidad, según los parámetros fundacionales.
Cuando una fórmula de éxito es bandera de un país y este país crece nacionalmente de manera peligrosa, tanto que conviene mantenerlo a raya, la clave del desprestigio radica en la desmovilización y viceversa. La desvirtuación radica en el enturbiamiento y la generación de la duda de las instituciones, la causa y la historia. Tal como pasó el 1 de octubre, cuando los detractores se aseguraron de no ir a votar, de confiscar urnas y de sembrar la violencia para deslegitimar el resultado, ahora con las Creus de Sant Jordi —y salvando las distancias— sucede algo similar. El cobro de favores, la otorgación sin miramientos y los intereses políticos que hay detrás, ponen sombra sobre una iniciativa que inicialmente construía un imaginario y que hoy corre el peligro de devaluarse porque la sospecha de pensar que el cedazo está un poco agujereado es muy plausible.
Asimismo, más allá de criterios generalistas (paridad, diversidad de oficios, trayectoria contrastada), se debería intentar que el equilibrio territorial también fuera columna vertebral de aquellos que se encargan de hacer listas. No solo para cubrir una cuota —una cierta discriminación positiva de vez en cuando es necesaria, después de años de olvido—, sino simplemente para hacer justicia. El concepto de país entero con el que tantos se llenan la boca debería ser mucho más que un simple eslogan. Una frase bonita queda muy bien sobre el papel que la anuncia, pero, si cuando vertebramos el país nos olvidamos de ello, son palabras vacías. Este año ha sido un nuevo ejemplo: en representación de las Terres de l'Ebre hay una única Creu de Sant Jordi, entregada a una entidad: la Banda de Música de Benissanet, que llega a los 125 años de vida haciendo una enorme labor, no solo cultural, sino también social. Orgulloso pueblo del gran Artur Bladé i Desumvila. La alegría por este merecido galardón se queda corta por cómo se han desoído otras dos candidaturas individuales de peso: Josep Sánchez Cervelló, de Flix, y Rosa Vandellòs Lleixà, de Roquetes.
La desvirtuación de las Creus de Sant Jordi más bien parece formar parte de un interés más amplio de desnacionalización del país. Personas que son dignas merecedoras de ellas ven su nombre diluido entre otros de dudosa catalanidad.
Josep Sànchez Cervelló es catedrático de Historia Contemporánea en la URV y es un destacado experto en temas como la República, la Guerra Civil, la descolonización en la Península o la historia social del siglo XX. Además, también ha sido presidente de la Associació Amics i Amigues de l'Ebre y del Centre d'Estudis de la Ribera d'Ebre. Por su parte, Rosa Vandellòs ha desarrollado a lo largo de cinco décadas una labor ejemplar como maestra, gestora pública y representante institucional, siendo, entre otras cosas, concejala del primer ayuntamiento democrático de Deltebre (primera mujer en ocupar este cargo) y también diputada en el Parlament durante la IV legislatura (también primera mujer nacida en la provincia en serlo). Además, ha sido una voz de referencia en la defensa del colectivo LGTBIQ+ y jueza de paz y defensora del pueblo del municipio donde reside, Deltebre. Si se lo pidierais, ambos os dirían que no la merecen; lo que demuestra, precisamente, todo lo contrario. En cambio, otros que sí la tienen en su currículum, ahora resulta que reniegan del patrón de Catalunya, el santo que da nombre al galardón, y apuestan por españolizar y desvirtuar las tradiciones, como la del próximo 23 de abril, intentando vaciar la fiesta del libro de su contenido esencial e incluso haciendo desaparecer la senyera de los carteles oficiales.
Varias iniciativas populares recogieron decenas de firmas que apoyaban el valor de las candidaturas de Josep y Rosa y se hizo llegar el expediente a la consellera Sònia Hernández, sin embargo, xiquets, parece que a ojos del actual ejecutivo no ha sido suficiente. Ellos, que se autodenominan el gobierno de todos, lema forjado buscando el enfrentamiento en contraposición a los gobiernos independentistas, como si querer un país nuevo y mejor no fuera un beneficio para todos, los independentistas y los que no lo son. Ellos, los mismos que han obviado a dos grandes nombres que representan la oficiosa veguería del Ebre (otra promesa oficial a medio camino). Este año la lista de premiados individuales no ha mirado hacia el sur, y esta misma reivindicación la podrían hacer, probablemente, otras zonas del Principat, como si vivir lejos del cap i casal tuviera que ser sinónimo de menos calidad, cuando en realidad muy a menudo es al contrario: para destacar desde aquí abajo, se tiene que gritar el doble y, aun así, no se nos oye. Sin ir más lejos, el Centre d'Estudis de l'Hospitalet de l'Infant (CELHI) presentó dos candidaturas que, desafortunadamente, tampoco han sido tenidas en cuenta: la lingüista Maria Teresa Palet y el archivero Manuel Romero Tallafigo, ambos expertos en la reconocida baronía de Entença, entre otros merecimientos.
Cada vez más, el sentimiento de lejanía entre los representantes políticos y el pueblo me parece un hecho menos casual. No sería nada descartable que al poder le interesara una ciudadanía resignada y con poca energía para batallar causas nobles y evidentes, llamadme malpensada. Esta media confusión en la que navegan las actuales Creus de Sant Jordi es la punta del iceberg de tantos otros aspectos que nos van arrebatando la identidad (que si plantearse el cambio de nombre de nuestra lengua, que si retirar esteladas de actos públicos). El desmantelamiento del estado del bienestar, la desnacionalización de Catalunya y los Països Catalans, la demagogia de algunos discursos y el sentimiento instalado de que no se puede hacer nada, genera un caldo de cultivo ideal para otro tipo de sermones que allanan el camino a las altas esferas, que, cuanta menos crítica de abajo tengan, mejor. Una distinción de esta categoría debería ir respaldada siempre por una inequívoca glosa meritoria y por la certeza de saber que los que se quedan por el camino no son mejores. Hoy en día, no se sabe si estamos en disposición de afirmarlo.