El procés nos enseñó muchas cosas. Pero lo más valioso para las generaciones venideras es haber entendido que no existen condiciones materiales posibles, por muy favorables que parezcan para todos, capaces de comprar la adscripción nacional de un español. Un español prefiere seguir siendo español que cualquier otra cosa, sea cual sea la promesa de prosperidad que el político independentista de turno le plante ante de las narices. También cuando la promesa en cuestión es un sistema ferroviario de país del Primer Mundo. Todavía hoy, para la clase política independentista, este es un discurso que cuesta articular, porque culmina en un enfrentamiento directo que desde el diecisiete esquivan. Tratar la ocupación española como si fuera cualquier otra cosa es negarse a entender la realidad social del país a fondo. Ahora que la crisis ferroviaria ha destapado las consecuencias de ser tratados como una colonia en todos los ámbitos, la tentación de rascar algún voto a los socialistas sin ir a la raíz de las cosas volverá a empujar este entendimiento naif de la identidad al centro del discurso independentista.

La degradación del país ocupado es una expresión más de la asfixia a la que las potencias coloniales someten a las naciones que les son súbditas. Para el español en Catalunya, el mal estado de los trenes es un mal más que asumible para poder mantener la ocupación. Lo es tanto como desmantelar y castellanizar el sistema educativo, o como lo fueron las porras del uno de octubre a gente que eran sus vecinos o, incluso, sus amigos. No es que el autoritarismo, la precarización o el deterioro de los servicios sean males menores o colaterales: es que son necesarios. En Catalunya, la expresión política de la identidad ha funcionado, desde la transición, sobre unos ejes radicalmente antagónicos a los de la españolidad. Hemos asumido que siempre hay que reducir y vaciar un poco más nuestra catalanidad para vivir bien dentro del Estado español. El pujolismo selló este pacto durante la transición: amplió y se aprovechó de los límites de la autonomía catalana y, haciéndolo, la mantuvo comunidad autónoma. La gestión del mientras tanto de Pere Aragonès abrazó el intercambio más descaradamente, después de la reculada del procés, adoptando el mantra españolista de que había que abordar los problemas reales de la gente. Validó los discursos que hacían del pensamiento independentista un delirio después de cualquier tipo de pragmatismo y abrió las puertas a los socialistas, que se habían pasado el procés advirtiendo de que esto era así.

Para el español en Catalunya, el mal estado de los trenes es un mal más que asumible para poder mantener la ocupación

El estadio final de esta renuncia, de este intercambio, siempre acaba revelando que la opción verdaderamente pragmática para los catalanes era no plegarse. Esta última semana ha sido una muestra muy evidente. La diferencia entre los catalanes y los españoles que viven en Catalunya es que por cobardía, por ingenuidad o por desconocimiento del enemigo, los primeros siempre acaban dejándose comprar por una promesa de no agresión y de prosperidad en la dependencia, que, llegado el momento, ni mejora su vida, ni los hace más libres. Durante los años del procés, y como si se tratara de una especie de proyección torpe y un punto perversa, como un espejo, el discurso oficial de los partidos independentistas reveló hasta qué punto estaban convencidos de que las identidades nacionales se pueden sobornar: construyeron un movimiento en el que la nación no era necesaria. Existen áreas difusas, claro, y señalar los efectos que la colonización tiene en la vida práctica de los catalanes puede hacer inclinar la balanza del convencimiento. Pero para el español que entiende su papel de español en Catalunya, las deficiencias estructurales instigadas por el Estado deliberadamente solo son una muestra de que las cosas se están haciendo como se tienen que hacer para alcanzar lo que está en la cúspide de su pirámide de prioridades

La clase política independentista utilizará el colapso del país electoralmente para dirigirse al votante socialista, y será un gesto que, previsiblemente, no les dará los resultados esperados: el voto de los socialistas es un voto mayoritariamente étnico, por eso es ahora, con la tierra quemada, que han podido llegar a donde están, igual que Ciudadanos hizo el pico en el diecisiete. Tampoco les servirá para explicarse a sus electores, porque la quiebra del país en tantísimos frentes solo es una muestra de que, a largo plazo, la renuncia que ejecutaron ha resultado estéril. Pero puede servir para robustecer el pensamiento de los ciudadanos catalanes al margen de sus partidos y al margen de discursos desnacionalizados, para comprender enteramente las consecuencias palpables de agachar la cabeza, para sacudirse de encima la idea de que la independencia es una quimera de descerebrados y de pardillos y para adivinar hasta qué punto la identidad es irrenunciable para muchos de los ciudadanos españoles que tienen cerca. Y para, si no es demasiado pedir, aprender algo la próxima vez que la disyuntiva parezca entre una buena gestión o una catalanidad plena.