David Hesselgrave fue misionero cristiano en Japón, y cuestiona el acierto de buscar siempre similitudes, puentes, terreno común y analogías redentoras en la tarea que sienten los cristianos de comunicar el Evangelio a personas de otras fes. En definitiva, viene a decir que no es necesario intentar parecerse al otro para acercarse a él. Que a menudo es mejor delimitar el terreno de juego y decir: yo soy diferente, y mi propuesta es radicalmente distinta a la tuya. Su teoría podría aplicarse a otras religiones, y también a maneras de pensar. Se suele intentar encontrar el terreno común para llegar a acuerdos, cuando a veces es desde la diferencia donde se puede avanzar, convencer e incluso ganar.

Es a través de la comparación y el contraste que la singularidad del Evangelio se puede comunicar con más eficacia

El autor considera que "enfatizar las semejanzas entre las religiones es ilusorio", y que el riesgo de emascular la verdad proposicional a la vez que se exalta la experiencia personal es muy real. Cita a Hendrik Kraemer y Hans Reudi Weber y hace suyos sus contrastes y diferencias. Argumenta que la fe cristiana es cualitativamente diferente a las otras fes y que es a través de la comparación y el contraste que la singularidad del Evangelio se puede comunicar con más eficacia. Él lo aplicó en un contexto donde quiso llevar el cristianismo a un horizonte de budismo zen. No veía analogías, sino un grandioso campo de diferencia donde poder anclar su propuesta.

La intuición del autor contrasta con los intentos de llegar a acuerdos, limar diferencias y buscar siempre el punto de contacto, más que la fricción. La provocación del autor es un intento de dignificar la diferencia y la unicidad de algunas propuestas que, por su calidad, pueden resultar más convincentes que otras. El pluralismo (también el religioso) es una realidad del tablero donde se mueven las religiones. No todas ellas tienen la misma profundidad ni espesor. No todas contienen los mismos relatos ni se transita por ellas de la misma manera. Tampoco en literatura todos los libros que se publican son igual de estimulantes, cuidadosos ni están bien escritos. Querer entendernos, en este mundo, no implica renunciar a elegir, ni a escoger lo que consideramos más válido, más cualitativo, más riguroso, mejor hecho. Dialogar no es dejar por inválidas nuestras convicciones. Acercarse al otro no implica claudicar del propio gusto, ético o estético. Capitalizar la diferencia puede ser un buen ejercicio para entender mejor qué nos mueve y remueve. 

La verdadera hospitalidad intelectual y espiritual consiste en invitar al otro a entrar en una casa, con su propio diseño, no en destruir las paredes para encontrarnos en la intemperie. La imagen del poliedro (utilizada por el papa Francisco) es perfecta y contrasta con el modelo de la esfera, donde todos los puntos son equidistantes del centro y no hay diferencias (la asimilación). Capitalizar la diferencia es apostar por el poliedro: una unidad donde las partes mantienen su originalidad, sus aristas y su perfil propio. El encuentro se da desde esa diferencia, no a pesar de ella.