Espero que el lector pueda dispensarme la frivolidad, pero cuando contemplo las imágenes devastadoras de los últimos incendios que nos han dejado un buen pedazo de país con la tierra cancerígena, no puedo evitar extasiarme con la eficientísima belleza de nuestros bomberos. Mientras la aparición televisiva de cualquier aprendiz de líder público (en especial de aquellos que reniegan de su responsabilidad repitiendo como loros que nos haría falta "un cambio de mentalidad", sin especificar qué putas significa tal cosa) me genera un sentido inmediato de repulsión, cuando en la caja tonta se planta uno de nuestros firemen, rodeado de micrófonos y dando la cara ante el pueblo, no dudaría ni un minuto en casarme con él. Fijaos cómo se expresan nuestros bomberos, con una tranquilidad prácticamente franciscana, unas subordinadas catalanas que harían enrojecer de gozo a nuestro Sagarra y un aplomo existencial solo accesible al César.
Los bomberos funcionan porque son catalanes, y cuando escribo y digo que "son catalanes" cualquier persona sensata puede comprender a qué me refiero. Hay, en primer término, y me atrevo a insistir, una forma de emplear nuestra lengua que supera con creces la de cualquier diputado del Parlament, la cual —si incluimos a nuestros sagaces agentes forestales, de mirada más atávica y rostro gótico— podría equipararse a la de los académicos del IEC. Cuando un bombero habla en la tele, uno respira una bienaventuranza inmediata; compárenlo con la angustia que supone tener que tragarse un capítulo de Crims protagonizado por alguno de los altos mandos de los Mossos o de la Guardia Urbana barcelonesa, los cuerpos en los que se ha permitido que se admita a demasiada gente de la ribera del Besòs. No es el caso de los bomberos, bienaventurados sean, que parecen formar parte de un linaje genético que los emparenta directamente con el vello de Wifredo.
Una de las cosas que más valoro de los apagafuegos catalanes es su imperturbabilidad a la hora de anunciar sacrificios y desgracias. Estos últimos días, cuando los altos mandos de los bomberos nos salvaban Les Gavarres de la muerte biológica, uno podía verlos anunciar su impotencia para aniquilar los fogonazos nocturnos. Pero, en la siguiente frase, los mismos portadores de lágrimas nos ofrecían esperanzas, asegurando que al día siguiente acabarían controlando el fuego. Y así fue, pues —a diferencia de la mayoría de nuestros procesistas (que, como sabemos, tienen una gestión de los deadlines sobre la independencia más bien… creativa)—, la mera palabra de nuestros antiincendios es capaz de matar el abrasamiento. Cuando un bombero dice que tiene controlado el flanco derecho de una calamidad, hija mía, te lo tienes que acabar creyendo como si te explicara lentamente el teorema de incompletitud de Gödel al oído, only for you.
Los bomberos funcionan porque son catalanes, y cuando escribo y digo que "son catalanes" cualquier persona sensata puede comprender a qué me refiero
Nuestros bomberos no son catalanes por obra y gracia de su retahíla de apellidos, faltaría más, sino por la ciencia con la que intuyen la brisa marina o el levante. Son catalanes porque se conocen los rincones del país mucho mejor que las ingles de sus respectivas parejas y son muy conscientes de que su capacidad de sacrificio nos permite vivir mejor, pues, en el fondo, ninguno de nosotros quiere renunciar a mandangas como tener una casita dentro del bosque o cascarse una barbacoa espantosa en la playa, por mucho que las chispas viajen directamente a las ramitas del prado más cercano. No hay nada en esta vida, en definitiva, que nos salga tan barato como nuestro ejército de bomberos, el cual, en aquellos tiempos de gloria anteriores al 1-O, fue el primero en dar la cara con una fuerza y una claridad superiores a cualquier otro cuerpo de funcionarios. La mayoría de estos callaban como putas y ellos fueron la gran excepción.
Pasados los atentados del 11S en Nueva York, incluso lustros después de la desgracia, la mayoría de mis estimados conciudadanos aplaudían los camiones de bomberos cuando estos cruzaban cagando leches las avenidas de Manhattan. Nosotros deberíamos imitar a nuestros hermanos de América y, al contemplar cualquier aparición de tales profetas de la bienaventuranza, deberíamos lanzarles besos a mansalva. Padres y madres catalanes, haced el favor de promover que vuestros hijos, hijas e hijis se casen con algún ejemplar —da igual el género— de nuestros maravillosos bomberos, y así perpetuaréis la catalana especie con una seguridad genética a prueba de balas. A mí esto de los incendios me da tanto miedo como a cualquier persona, pero con tal de verlos derrotar la bellísima y atrayente matanza de las llamas, a veces me atrevería a entrar en la secta de los pirómanos. Cualquier cosa, ay, para que un bombero nos coja la manguera.