Si nada lo impide, en los próximos días empezará una huelga del personal de las bibliotecas del Consorci de Biblioteques de Barcelona. De hecho, sus trabajadores ya han realizado algunos paros y diversas concentraciones en defensa de unas mejores condiciones laborales. Estas movilizaciones no han recibido la atención mediática que merecen, siendo las bibliotecas, como son, un servicio básico esencial para mucha gente. Vaya por delante que tienen todo mi apoyo y empatía, porque una biblioteca es, ante todo, un santuario para muchas personas que no tienen libros en casa o tienen pocos, porque los libros son caros y muchas personas no llegan holgadamente a fin de mes. Por tanto, es una gran herramienta para la igualdad de oportunidades. También es un lugar recurrente para gente que ya tiene muchos libros en casa y compra muchos otros, pero que quiere probar una obra de un autor desconocido que no sabe si le gustará lo suficiente. También hay quien busca un título concreto y hay gente que busca un libro o una serie para pasar el fin de semana. Pero más allá de los libros, una biblioteca es un centro comunitario en el que se reúne mucha gente. Hay niños en la ludoteca y personas mayores leyendo el diario. Hay jóvenes estudiantes y desempleados pasando el día. Basta con ver que son equipamientos con un alto nivel de uso por parte de la población y casi siempre hay mucha gente, por suerte. Si algo lamento, precisamente, son los horarios de algunas bibliotecas, que creo que podrían abrir los sábados por la tarde y los domingos, sobre todo para los estudiantes.
Cuento todo esto porque hace unos días tuve la ocasión de estar en la Biblioteca Municipal de Ripollet, en el marco de una entrevista que me hizo Antonio Lozano en Ràdio Ripollet. Una de las preguntas que me hizo fue qué opinión me merece el hecho de que las bibliotecas presten los libros de forma gratuita, lo que inevitablemente supone una reducción, mayor o menor, de las ventas de un título. Se ve que hay escritores y escritoras que se han quejado de ello porque consideran que es una competencia desleal tanto para el librero como para ellos mismos. Es un debate que creía superado, pero la directora de la biblioteca me hizo saber posteriormente que es un debate recurrente que no cesa y que tiene erupciones puntuales de vez en cuando.
En el momento político actual, las bibliotecas son un muro contra la ignorancia, un ágora para la integración y un baluarte contra el extremismo
Es evidente, por supuesto, que las bibliotecas implican una reducción de las ventas de libros. En teoría, hay un organismo llamado Cedro que gestiona la remuneración para los autores por el préstamo de sus obras a las bibliotecas y organismos similares. Pero lo cierto es que la cantidad que Cedro paga a cada autor en concepto de remuneración por el servicio de préstamo de su libro es ridícula. Como ejemplo diré que un servidor, para todos los préstamos de sus libros durante el último año, ha cobrado 26 euros y 69 céntimos. Con esto me pago una comida, a lo sumo. No es culpa de Cedro, sino del sistema remunerativo fijado por la Administración. Este sistema podría mejorar y ser más digno, sobre todo si la propia Administración es sincera cuando dice apostar por la profesionalización del oficio de escribir. En todo caso, pienso que ningún escritor pretende hacerse rico con el préstamo en las bibliotecas y, por tanto, el préstamo debe continuar como hasta ahora y los autores no debemos decir mucho más. En primer lugar, porque un autor quiere ser leído, independientemente del procedimiento, y las bibliotecas ayudan mucho. En segundo lugar, porque no es un dogma inalterable que cada libro que se presta sea una venta menos. Al contrario, puede ser una venta más adelante, porque, si el libro gusta al usuario de la biblioteca, es posible que lo regale algún día a alguien. O puede que compre el siguiente libro de aquel autor, si le ha gustado. A mí mismo me ha pasado, doy fe. Aparte del hecho de que las bibliotecas son grandes compradoras de libros y acogen muchas presentaciones durante las cuales también se venden muchos libros.
El balance, pues, solo puede ser positivo y hay que evitar a toda costa cualquier polémica o malentendido. El mundo del libro es como una barca impulsada por remeros muy distintos: el autor, el editor, el diseñador, el traductor, el corrector, el impresor, el librero, el bibliotecario y el transportista. Todos trabajan para llegar a una única persona: el lector. Y por eso conviene que no haya codazos entre los remeros y que se mantenga un único rumbo. Por eso es necesario defender las bibliotecas con uñas y dientes, siempre y en todo momento. Además, en el momento político actual, las bibliotecas son un muro contra la ignorancia, un ágora para la integración y un baluarte contra el extremismo. Solo desde la estrechez de miras se pueden criticar las bibliotecas. O desde el interés de quien quiere mantener a la población en un estado de estupidez acrítica para hacer más fácil que se traguen según qué. Por eso hay quien pide más TikTok y menos bibliotecas. Pues no; ahora, más que nunca, más bibliotecas y menos TikTok.