Como si de una resaca se tratase, el independentismo catalán se levanta con dolor de cabeza, mareado, confundido y aturdido. El país manga por hombro, como si después de una fiesta de descontrol nadie supiera explicar lo qué ha sucedido: unos amanecen junto a otros, mezclados, y comienzan a descubrirse algunos affaires entre bambalinas. 

Ya se había visto la deriva de ERC que, durante meses, se negaba a la unidad. Hablaban de “unidad estratégica” pero eso, en realidad, no quedaba muy claro. A la hora de la verdad, significaba algo parecido a darle caña a los exconvergentes, pero disimulando. Y después ya, en campaña, sin disimular. Y mucha gente se quedaba paralizada, mirando el panorama que se estaba gestando al comprobar que aquello del 1 de octubre parecía más bien un recuerdo, algo que ya no se sabía si se había soñado o había sido real… 

Los resultados electorales supusieron otro descoloque, que no se entendía. Primero las generales, y después las locales y las europeas. Los resultados daban alegrías y palos a partes iguales. Y mucha gente votaba sin tener realmente claro qué estaba sucediendo, molesta por no poder introducir una papeleta que significase lo que hacía meses se había acordado: entre dirigentes, asociaciones civiles y ciudadanía. Y poco a poco se sigue abriendo la brecha, distanciando cada vez más los lados del terreno. Poco espacio para unidad de acción. Ni de nada. 

Los partidos políticos y el poder son como ese amigo que sabes que, en cuanto coge una copa, no puede parar, se transforma y ya no se acuerda ni de quién es

Esta semana Riera ya despejaba la incógnita de la CUP. No es momento para autodeterminación, decía. Sus palabras llegaban ya a eso de las doce, cuando la fiesta ya está en su punto álgido, y entre la música y las copas, se oye pero no del todo bien. La CUP también planteaba un análisis que contribuía a enfriar los ánimos. 

El colofón lo pone el pacto en la Diputación de Barcelona entre JuntsxCat y PSC. Los de ERC se muestran muy molestos, indignados, indignadísimos. Como si no hubieran tenido nada que ver en la decisión de no presentar una lista unitaria en todas partes, que hubiera conseguido plantar cara a quienes cercenaron a golpe de 155 los derechos de todos. Al menos se podria haber tenido una estrategia que sirviera para hacer fuerza desde Catalunya, cual poblado galo, sobre todo de cara a poder negociar con el gobierno del Estado. Nada, ni eso. Todos divididos, a tortas, y encima acostándose con el enemigo en cuanto la fiesta se desmadra. 

La situación no es nada ilusionante. No al menos desde la perspectiva política. Y es que los partidos políticos y el poder son como ese amigo que sabes que, en cuanto coge una copa no puede parar, se transforma y ya no se acuerda ni de quién es. 

En mi humilde opinión, la soberanía, la autodeterminación precisamente reivindican y exigen poner en marcha mecanismos que permitan que las personas tomen decisiones y las cumplan; que las personas ejerzan un control implacable de su autogestión; que participen de manera cooperativa en la gestión del interés común. Sin profesionales del asunto. O sea, sin políticos profesionales que irán de liana en liana hasta ocupar sus sillones. No tienen que esforzarse mucho para encontrarlos: son aquellos que llevan tanto tiempo ocupando lugares oficiales que ya no saben lo que significa ser un ciudadano sin privilegios. Y su batalla ahora es otra: sencillamente mantenerlos. 

Dependerá de la población organizada (y de eso en Catalunya saben mucho) recuperar la pulsión y recuperarse rápido de esta resaca.

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