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Me he tomado la molestia de mirar el Pla seqüència con Carles Puigdemont, queridos lectores, para que vosotros no tengáis que hacerlo. Para que nos ubiquemos: Jordi Basté va a la casa de Waterloo del president Puigdemont como si se tratara de El convidat. Para que nos ubiquemos un poco más: el programa lo emite el canal 2Cat, con todo el simbolismo y la dosis de sospecha necesaria que esto supone. A mi parecer, el análisis de la cosa hay que hacerlo siendo consciente de dos premisas que a cualquier independentista le convendría no contraponer. La primera, que Carles Puigdemont ha pagado un precio personal altísimo por la organización del Primero de Octubre. La segunda, que Carles Puigdemont era y es un político catalán y que los catalanes tenemos el derecho —e, incluso, el deber— de fiscalizarlo políticamente.

Jordi Basté inicia la conversación advirtiendo al president que no quiere hablar de política, que quiere hablar de "cómo es vivir nueve años fuera de casa". Es pertinente que la apertura del diálogo sea esta, porque pone de manifiesto la verdad —yo diría que intencionadamente soterrada por el entrevistador— que late a lo largo de la entrevista: un exilio sin politizar es un Erasmus, ya que el exilio, en esencia, es político. Justo al entrar en la casa de Waterloo, no obstante, está una urna del Primero de Octubre, y Puigdemont se refiere a ella "no como un elemento político, sino como un elemento de vida". Como ejemplo del vaciamiento de la fuerza de los símbolos que la clase política ha perpetrado a base —paradójicamente— de un exceso de simbolismo, el comentario no puede ser más acertado. Solo con el primer intercambio de palabras tenemos suficiente para intuir que Basté ha planteado este programa como una especie de terapia psicológica, y que el dolor personal de Puigdemont —legitimísimo— le impedirá oponer resistencia en determinados momentos.

Como es inevitable que ocurra cuando entrevistas a un president en el exilio, la política acaba colándose en la conversación. No antes, sin embargo, de que Basté se esté unos minutos tratando a Carles Puigdemont como si fuera un influenciador haciendo un house tour, y tratando, también, el hecho de que la seguridad de la casa corra a cargo de voluntarios como si fuera un mero asunto de intendencia de la casa. A lo largo de todo el programa, diría que Jordi Basté no usa ni una sola vez la palabra "exiliado". La política se explicita en la conversación —en la cocina, que es donde se habla de las cosas importantes— cuando el president Puigdemont cuenta que "se marchó para proteger la institución", para que no le "echaran el guante encima", para que "no hubiera la imagen de un president esposado". Como la política se confronta con argumentos políticos, dentro de la cabeza de quien escribe no se pueden analizar estas declaraciones sin el espejo de la política, esto es, sin tener en cuenta que la reculada de la clase política —también de Junts— abonó el terreno a los socialistas hacia la Generalitat. El guante de los socialistas, pues, está encima. Los pactos de Junts con el PSOE en Madrid acabaron de remachar el clavo, legitimándolos. 

Viendo lo visto, viendo lo que ha pasado este hombre, quizás habría valido la pena hacer la independencia y no usar el referéndum como una herramienta de presión al Estado sin voluntad, ni preparativos, para hacerlo efectivo

La propuesta de no hablar de política de Basté no triunfa —de hecho, parece que él mismo se olvida pasados los primeros diez minutos de programa— y el president Puigdemont se anima explicando los motivos de optar por el exilio, y no por la cárcel. Dejando de lado los rumores que apuntan a que no todos los que formaban parte del gobierno del Primero de Octubre pudieron elegir entre una cosa y la otra, Puigdemont explica que el objetivo del exilio era la lucha a largo plazo para desgastar las posiciones españolas y llevar el conflicto al corazón de Europa. Quien escribe piensa que ya es hora de admitir que el desgaste lo ha pagado el movimiento independentista, que la lucha del exilio, por la resolución política que ha tenido —el pacto con los socialistas y la amnistía— es una lucha de la que el movimiento independentista no ha podido aprovecharse. Que las decisiones políticas que han acompañado el exilio redujeron los objetivos de un movimiento por la liberación nacional a algunos nombres, y que lo descafeinaron hasta convertirlo en un movimiento antirrepresivo. 

Carles Puigdemont explica que no se exilió para resolver una situación personal, pero el exilio no se ha "resuelto" porque la legislación española ya no sea vigente en Catalunya, sino porque se ha pactado con los españoles. El president Puigdemont dice que la Catalunya de donde él se marchó ya no existe, y quizás por eso se le hace difícil calcular hasta qué punto costará —si se consigue— hacer entender la amnistía como una victoria colectiva, y no como una consumación de la derrota de aquello que empezó en 2017. Mientras Puigdemont se explica, de fondo suena una música de ascensor, de conversación pequeña y poco trascendental. Supongo que es una declaración de intenciones de lo que debía ser el programa. Si no me equivoco, en ningún momento se habla del resto de exiliados. El president Puigdemont sí que habla, sin embargo, del 8 de agosto. Explica que "cuando tú dices que vuelves y la gente no se lo cree, lo tienes que hacer".

Dejando de lado la insistencia con que el regreso del president Puigdemont se ha usado en campaña para que Junts pudiera ahorrarse el debate ideológico interno, el hecho es que utilizar el regreso del president en el exilio en campaña electoral y consumarlo el 8 de agosto es faltar al electorado que, posiblemente, te haya votado para que ejerzas políticamente, no para que les hagas una visita. Si el regreso no se hará efectivo hasta una vez aprobada la amnistía, si el objetivo era el de evitar ser detenido, quizás usar reiteradamente el regreso en campaña no fue del todo honesto. No fue honesto y, además, siendo Puigdemont un símbolo del Primero de Octubre —también para quienes no lo votamos—, restó credibilidad, una vez más, al exilio y a la liberación nacional.

Después de que Puigdemont enseñe el huerto y hable de los vecinos, llega la parte que verdaderamente interesa a Jordi Basté: la pornografía. Sentimental, quiero decir. El entrevistador no se abstiene de preguntar por las hijas, y la relación de pareja, y la muerte de sus padres, hurgando y solicitando el tipo de detalles morbosos que —piensa— le garantizarán audiencia. La "no política" de que se muera tu madre y no puedas despedirte de ella porque si acudieras al funeral te detendrían, supongo. En todo momento, parece que Puigdemont se esfuerza por mostrarse entero. La realidad, sin embargo, es que se le ve triste. Y cuesta mucho creerle cuando dice que no se ha sentido solo. Uno de los —muchos— errores de la clase política independentista fue —y es— poner el precio personal que han pagado algunos de sus líderes al servicio de los respectivos partidos, en vez de ponerlo al servicio del país. Me explico: no es lo mismo hacer chantaje emocional al electorado potencial explicando lo que has pasado que usar tu experiencia para que el independentismo tenga continuidad. No es lo mismo usar el exilio y la prisión para que el electorado avale decisiones controvertidas —en contra de los intereses del independentismo— que usarlos para que el movimiento independentista siga vivo. Incluso si se trata, solo, de hacer conscientes a los catalanes de hasta dónde son capaces de llegar los españoles para garantizar la unidad. 

Es inevitable asistir a la conversación entre el president Puigdemont y Jordi Basté y no pensar, en todo momento, en la incoherencia que la atraviesa: Puigdemont ha estado nueve años en el exilio por no haber hecho la independencia. Ya puestos, viendo lo visto, viendo lo que ha pasado este hombre, quizás habría valido la pena hacerla y no emplear el referéndum como una herramienta de presión al Estado sin voluntad —ni preparativos— para hacerlo efectivo.