El sábado pasado por la noche, bajaba caminando del teatro La Gleva hasta Ciutat Vella cuando, en medio de la plaza del Pi, me sorprendió la presencia de unos chavales encapuchados y con la cara medio tapada (la mayoría de ellos, conciudadanos de piel morena que charlaban algo parecido al español, contentos como si volvieran de PortAventura) y también el hecho de que, por la calle dels Banys Nous (de uso exclusivo para peatones y prohibido a las bicis, aunque acaban pasando cuando les sale de los cojones), circulara cagando leches un ruidoso grupo de motoristas. También rondaban algunas jóvenes extranjeras, muchas de las cuales me preguntaron si podían acceder al uptown de Barcelona sin sufrir ningún daño. "No problem, sugar", les dije; porque, a pesar de haber visto imágenes de los primeros incidentes de la tarde en la plaza de Catalunya, pasé algunas horas felizmente desconectado y no tenía la menor noticia sobre la barbacoa colectiva en la que se había transformado el capicasal.

Servidor puede ser un ciudadano frívolo y dominguero en términos de información, entre muchos otros motivos, porque no es ni alcalde de Barcelona ni consellera de Interior y Seguridad Pública. De ser el caso, como han admitido en sordina estas dos excelentísimas y honorables autoridades (respectivamente), quizás me habría tenido que tomar un poco más en serio la amenaza de unas manifestaciones urdidas en las redes las cuales, como supimos después, camparon libremente en el fucking centro de la ciudad, vandalizando tiendas y quemando vehículos durante más de cinco horas con una discreta oposición. En efecto, los datos del desenfreno barcelonés no se acercan a los parisinos (con 1.500 establecimientos destrozados, 1.000 policías heridos y un total de 1.800 arrestados), pero quién sabe si no hacía falta ser el hermano gemelo de Sherlock Holmes para ver que los disturbios del sábado pasado podían haberse vislumbrado con un poco más de gracia... o incluso evitado.

La primera obligación de un responsable político es proteger a sus ciudadanos y sus propiedades y, por esta idea tan básica, diría que no resulta muy buena noticia que ni el alcalde Collboni ni la consellera Parlón pudieran evitar que el centro de Barcelona pasara una tarde en estado de excepción, con comercios alegremente saqueados desde inicios de la tarde hasta el anochecer, como así habrán visto la mayoría de los lectores. Decía nuestro alcalde aquella misma noche y con tono impostadamente grave que el Ayuntamiento se personará como acusación particular contra los detenidos para exigirles una reparación económica de los daños causados, y un servidor que se alegra; pero yo de los comerciantes de Barcelona lo que haría es denunciar a una administración que permitió a una riada de postadolescentes robar teléfonos móviles y otros cachivaches mientras la policía se lo miraba con cierta resignación. Así de claro: tal nivel de inseguridad no es permisible en el centro de Barcelona.

Si doscientos adolescentes pueden inutilizar el centro de una ciudad y esto no causa revuelta ni escándalo entre los concejales que dicen representarnos... yo ya no sé qué tiene que pasar para que alguien abandere el discurso de orden en la ciudad

Pero todo esto debe ser cosa mía, porque mientras oía hablar al alcalde y a la consellera (respondiendo a las preguntas bien afables de unos periodistas que dependen tanto del poder que han perdido la práctica interrogatoria), me admiraba el silencio del resto de partidos políticos y, concretamente, la quietud sepulcral de la mayoría de los alcaldables barceloneses respecto al fuego que teníamos en la vía pública. ¿Acaso ya os va bien que mande Collboni, criaturas? ¿Dónde estabais, mientras el alcalde nos tomaba el pelo y los mismos cuerpos policiales admitían (no sé si para hacerle la cama a Parlon, de forma infructuosa) que los habían cogido con el pie cambiado? De verdad que no puedo entender tanta parsimonia, pues si doscientos adolescentes pueden inutilizar el centro de una ciudad y esto no causa revuelta ni escándalo entre los concejales que dicen representarnos... yo ya no sé qué tiene que pasar para que alguien abandere el discurso de orden en la ciudad. Y luego llorarán cuando lo haga la extrema derecha...

Barcelona todavía no es París pero, me atrevo a insistir, no hace falta ser ningún genio para ver qué pueden llegar a pensar algún día esos habitantes de la ciudad a quienes se expulsa cada día de la capital de su país y los cuales (gracias a una política que prima la mano de obra barata, utilizando a los inmigrantes como carne de explotación) se han empobrecido hasta vivir bastante contentos formando parte del sector alto de la clase baja y compartiendo piso hasta los cuarenta años... mientras ven quemar sus calles. No hace falta una inteligencia supina, en definitiva, para entender que si los (supuestos) políticos de orden no nos garantizan volver a casa tranquilos... a los partidos tradicionales les pueden quedar muy pocos años de vida. A mí ya me va bien que haya un cierto revuelo, porque hace tiempo que me esfuerzo por caras nuevas y ni toda la precariedad del mundo me convertirá en un racista excluyente. Puedo ser despreocupado, pero no tonto; y cuando se juega con fuego, permitiendo barricadas, dicen que te acabas quemando.

Opositores al PSC en la capital, tengan la bondad de ponerse a trabajar. Porque este nivel de incompetencia y de falta de seguridad es indefendible... a no ser que nadie diga ni pío y a todo Dios le vaya bien.