Hace uno —o dos, o tres— años, publicó un libro bajo el embrujo del tipo de editor que tiene la capacidad de hacer sentir al autor potencial que el país necesita su libro. Se paseó por platós de televisión y estudios de radio. Le hicieron alguna entrevista. Fue la “novedad literaria” que había que tener en cuenta de cara a Sant Jordi, y el veintitrés de ese año fue de aquí para all, puesto tras puesto, para cumplir con el horario de firmas pertinente. Habiendo pasado un mes y medio desde la publicación del librito que había escrito con la ilusión de quien accede al mundo de las letras en primera persona y por primera vez, el libro se fue fundiendo. El editor que lo había ilusionado y espoleado durante esos meses, la persona que le había hecho creer que ese texto era una contribución capital para la literatura catalana y para el pensamiento del país, ahora tenía que encargarse de otros textos, aparentemente también capitales para la literatura catalana y para el pensamiento del país. No tenía tiempo ni siquiera para tomar un café de cortesía. Poco a poco, los perfiles en redes sociales de la editorial dejaron de publicar nada relacionado con su libro. Dejaron de publicar reels para publicitarlo. Al cabo de un par o tres de meses, una sensación incómoda, como de haberse prostituido, empezó a invadir al autor. Y al cabo de medio año, por la cabecita del autor que había estado entusiasmado y pletórico, y hasta había sido moderadamente mediático, empezó a rondar una sospecha temerosa: había sido olvidado

Pero el autor olvidado no está solo; hay más como él. Si prestáis atención, por Sant Jordi los podréis ver: vagan como fantasmas por las ciudades catalanas, especialmente por Barcelona, rememorando esa jornada en la que, más que los libros y las rosas, los protagonistas fueron ellos. O sintieron que lo eran. Probaron la miel de la atención y de la veneración de los consumidores. Alguien les pidió una fotografía por primera vez y, de tanto firmar, la firma se les fue deformando. Ven a los autores que ahora firman por Sant Jordi, y entonan con condescendencia: “Ya os llegará, ya”. Quizás en algún momento de la jornada se encuentran todos juntos. Toman el vermut y hacen terapia, y se muestran las llagas con la esperanza de que el bálsamo de la comprensión auténtica, la comprensión de quienes han pasado por el mismo sufrimiento, haga su trabajo. 

Los autores olvidados han vivido la machacadura y ahora son conscientes de la crudeza de la espiral que los absorbió

Quizás difunden sin contención el despecho de quien se siente usado, la mala leche de quien ha vivido en su propia piel lo despiadado del sistema editorial; de quien ha visto su esfuerzo creativo, su interioridad, convertida en un producto para un mercado en el que, como en la mayoría de los mercados, parece que el único valor que cotiza verdaderamente sea el de la novedad. Algunos de ellos comparten editor o editora, y se sienten vinculados por el mismo tipo de resentimiento que quienes son ex del mismo ex. A lo mejor, borracho de vermut, alguno de ellos levanta el vasito y afirma que, sabiendo lo que sabe ahora, no habría aceptado nunca el adelanto que le ofrecieron para ponerse a escribir. Que ese fue un cebo que, más que tantear su avaricia, puso en marcha la rueda del ego de quien ve por primera vez el precio de su talento. Y se conforma. Quizás ninguno de ellos carga un arrepentimiento totalmente paralizante. Quizás ninguno de ellos piense, tratándose con franqueza, que el libro que publicaron fue un mal libro. Pero todos ellos se reprochan haber entrado en un sistema que no sabían cómo funcionaba y que, llegado el momento, los trató como un trapo sucio. El ego que el sistema —y un tipo de editorial concreta— les había engordado intencionadamente para ponerlos a escribir, finalmente había quedado bien languidecido, caramba. 

Los autores olvidados han vivido la machacadura y ahora son conscientes de la crudeza de la espiral que los absorbió. Pero también se relacionan con ella con una verdad revelada: escribir y publicar no son siempre tareas agradecidas. Sobre todo en un momento editorial en el que a veces parece que el producto sea el propio autor, hay que escribir y hay que publicar por algo más que para cubrir la presencia mediática de la editorial en cuestión en los medios durante los días santos. Hay que escribir y hay que publicar por algo más que por la euforia del par de meses en los que alguien se acuerda de que has publicado un libro, o por la atención de firmar el veintitrés y cumplir el sueño barato del literato. Los autores olvidados, los que han sido chupados y escupidos por la rueda del consumo que favorecen, sobre todo, los grandes conglomerados editoriales, son el tipo de autores a quienes servidora ofrecería la posibilidad de seguir escribiendo y seguir publicando, en caso de que aún tuvieran ganas. Los autores olvidados tienen la perspectiva de quien ha vivido el vicio y el capricho del mercado literario, y se ha podido hacer el tipo de preguntas —por qué escribir y por qué publicar— de quien crea con un motor que lo trasciende. Si este Sant Jordi los veis vagando, contemplando los puestos de las editoriales que durante un par de meses les hicieron la pelota, dadles una palmadita en la espalda, tened la bondad.