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El conseller Lluís Puig ha estado físicamente ausente durante 9 años pero, en el Parlament, un elocuente lazo amarillo ha ocupado su ausencia. La tecnología ha hecho el resto y, desde la distancia, ha podido ejercer de diputado, a pesar de añorar su Terrassa natal y tener sus derechos flagrantemente conculcados. Ha sido una ausencia presente. Asimismo, el president Illa puede sentarse en su escaño con normalidad desde 2021 —primero como diputado y después, desde 2024, también como president. Cuando se convirtió en la primera autoridad del país, Lluís Puig ya llevaba 7 años viviendo en el exilio y el actual president había tenido tiempo de ser ministro de Sanidad de España y de manifestarse con la extrema derecha. El jueves, sin embargo, no encontró un hueco en su agenda de virrey para recibir públicamente y con la dignidad que se merecía un parlamentario de la cámara catalana. Presencia ausente.

Que VOX se vaya del hemiciclo mientras Lluís Puig quita el lazo amarillo y ocupa el sillón y el atril con un enorme discurso de regreso, no sorprende. Que el PP no se levante a recibirlo y sus miembros pongan cara de vinagre, se suponía. Incluso podía ser esperable que el PSC menos catalanista de la historia —siendo suaves— ni se inmute y no aplauda (por cierto, no aplaudiendo su regreso estás aplaudiendo la represión), como si aquello no fuera con ellos y no fueran miembros de un partido que aprobó el 155 que destituía injustamente a quien hoy regresa con la integridad prestigiada. Ahora bien, que la primera fila, la bancada del Govern, estuviera más vacía que el aula de una escuela en verano, y descabezada —permitidme decirlo así— por su president, es una falta de respeto. Por mucho que más tarde se quisiera filtrar que Illa habría recibido a Puig en privado, lo que hacía falta era una bienvenida institucional y pública, cordial y correcta, desde la diferencia política y desde, también y sobre todo, la humanidad. (Cabe decir que el conseller de Empresa y Treball, el también egarense Miquel Sàmper, sí que estaba y aplaudió, no en vano a principios de 2023 Lluís Puig lo eligió como abogado para llevar el tramo final de su defensa judicial).

El president Illa alegó problemas de agenda: tenía una reunión con Óscar Puente. Prefirió un ministro español a un conseller catalán. Se ve que este compromiso y el acto de Puig fueron en paralelo, nunca mejor dicho: dos líneas paralelas nunca se encuentran y es lo que decidió el president: no encontrarse con el exiliado. Porque estamos en precampaña, sí —y quizás la foto no interesaba— y también porque él no quiso, claro, porque habría podido tranquilamente variar la agenda, que cuántas veces no se modifican planes por causas de fuerza mayor. Curiosamente, Salvador Illa ha pasado del "ni amnistía, ni nada de eso" —repitiéndolo dos veces para que nos quedara claro— a colgarse la medalla del Mago Andreu por haber conseguido la amnistía de la concordia. Primero presumía de evitarla, después de lograrla y ahora se pone de perfil. De todas formas, ha sido coherente y quizás preferimos esta triste coherencia a la hipocresía de fingir que le importa o al cinismo, aquel que su antecesor, Miquel Iceta, atesoraba y hacía derramar por la escalera de la cámara.

El president Illa alegó problemas de agenda para no estar en el hemiciclo y recibir públicamente a Lluís Puig: tenía una reunión con Óscar Puente. Prefirió un ministro español a un conseller catalán

La tarde del jueves, sin embargo, no todo fueron desplantes y mutis. Ni que fuera por un instante, hubo aquella tan reclamada y añorada unidad independentista: desde la planta noble del Parlament, partidos y personalidades diversas recibieron al conseller destituido con una gran ovación mientras subía la escalinata de honor. Incluso, ya en el pleno y desde su escaño, Sílvia Orriols y su formación, de pie, se sumaron a los aplausos. Aquella multitud de cargos de siglas mezcladas entonando a la vez el grito de independencia recordó imágenes del 27 de octubre de 2017. Aquel día, por cierto, la actual portavoz de los Comuns, Jèssica Albiach —entonces en las filas de Catalunya Sí que es Pot—, delató a los independentistas en plena votación individual de la declaración unilateral: se había pactado esconder el voto para evitar la represión (se hizo por llamamiento y secretamente y uno a uno los diputados depositaban la papeleta en la urna) pero cuando le tocó el turno, ella mostró ostentosamente y orgullosa su papeleta con un "no" bien visible. Se cubría, así, la espalda mientras desnudaba a los que votaban "sí". El pasado jueves, Albiach aplaudió el regreso de Lluís Puig, olvidándose de que con aquel gesto deplorable de 2017 le había abierto la puerta para que se marchara.

Esta represión que ahora empieza a esfumarse (también para los miembros de los CDR acusados falsamente de terrorismo en la operación Judas, a pesar de que algunos los despacharan tildándolos de "siete locos"), ha sido una tónica dominante a lo largo de nuestra historia como país en la lucha por su libertad. El hilo que ha mantenido alzadas instituciones catalanas a lo largo de los siglos, es el mismo hilo que, inversamente, ha tejido de opresión y despotismo el Estado español. A lo largo del siglo XX, de los 15 presidents que hemos tenido en el país (entre la Mancomunitat y la Generalitat), 11 han sido represaliados. Acabaremos antes si mencionamos los cuatro que se han librado: Maragall, Montilla e Illa (curiosamente, todos del PSC), además de Alfons Sala, el españolista que el dictador Primo de Rivera puso a dedo al frente de la Mancomunitat (1924), por sus méritos anticatalanistas y que se encargó, ufano, de iniciar y culminar el desmantelamiento de la institución, en 1925.

En el Parlament, ni que fuera por un instante, hubo aquella tan reclamada y añorada unidad independentista: ¡partidos y cargos diversos recibieron al conseller destituido por el 155 con una gran ovación!

Aun así, de los 3 socialistas no reprimidos por el Estado, Maragall fue apartado por los suyos —por ser demasiado descentralizador— y Montilla incluso tuvo que hablar de "desafección emocional" de Catalunya hacia España, a pesar de no ser nada susceptible de considerársele nacionalista. Esto nos deja a Salvador Illa como único president que todavía no ha detectado la catalanofobia de los colonizadores —¡Santa Lucía le conserve la vista!— ni ha sufrido las consecuencias directamente. Un caso aislado y singular, haciendo más honor a su apellido que a su nombre. Quizás deberíamos recordárselo: prisión, torturas, detenciones, exilio, represión, inhabilitaciones, persecución, juicios e incluso un fusilamiento. Esta ha sido la receta del Estado ante los anhelos de emancipación del pueblo catalán: intentar debilitar el movimiento a base de descabezar a sus presidents; por no hablar de golpes de Estado, violencia y guerras para supuestamente restablecer el orden que otros habían ganado legítimamente en las urnas. Ya lo dijo en diciembre de 2017 la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, digna heredera de los represores, que el PP, con el artículo 155, había "descabezado" a los líderes independentistas y que ahora estaban "en liquidación".

Pero no solo decapitan a los representantes elegidos democráticamente, sino que también atacan, quizás más sibilinamente, nuestro marco legal de autogobierno. Los catalanes llevamos cerca de un siglo viviendo bajo normativas con una forma incompleta y cincelada que no hemos aprobado: los tres estatutos que se han sacado adelante a lo largo del siglo XX (Núria, 1931; Sau, 1979, y Miravet, 2006) han sido recortados por instancias españolas, políticas y judiciales, lo que hace que, de derecho, nos estuviéramos rigiendo continuamente por textos cercenados. Ante tal ignominia que ha destrozado tantas vidas y sueños, la receta sigue siendo la misma que declamó Lluís Puig durante su intervención el mencionado día del regreso al hemiciclo: "Me declaro convencidamente independentista". Puig también quiso citar a Ventura Gassol para empezar su discurso: "Catalunya es eterna y ningún poder de la tierra podrá destruirla". Dos consellers de cultura en el exilio con casi un siglo de diferencia. El hilo del exilio. El fin de este exilio. La reivindicación de la continuidad de la lucha, la de la libertad de nuestro país. Este es el camino: el de la persistencia en la defensa de la identidad y la conciencia nacionales.