"Es normal que estéis juntos: él tiene un perro, a ti se te ha muerto el perro, tú tienes dos hijos, a él se le ha muerto un hijo". Creo que es la frase más poética que ha dicho nunca este prosista de las cosas banales. Al menos, dedicada a mí, ya que el del perro vivo y el hijo muerto era yo. Pensándolo bien, con amigos así, quién quiere tener enemigos.
A punto de cumplir seis décadas, no puedo quejarme de los amigos que todavía conservo. Amigos de vida que, como los matrimonios, me han sido fieles en todas las vicisitudes de nuestra amistad, y mira que a veces se lo he puesto bien difícil. Pero, a diferencia de otros, a mí me gustan los amigos para disfrutarlos, no para lucirlos, porque eso de coleccionar amistades para poder demostrar lo importante que eres es un síntoma de pobreza vital. A menudo, escucho a famosísimos que se pasan el día hablando de los amigos famosos que tienen para demostrar lo famosos que son; una ridiculez, ya que eso siempre me recuerda a los nuevos ricos, que siempre han soñado con la riqueza y, cuando la tienen, se comportan como impostados.
Con el amigo más antiguo que conservo, comparto una fotografía, uno junto al otro, dentro de un cochecito de bebé. Y a mi amigo del alma lo conocí a los 24 años, cuando ambos vivíamos en Nueva York, y me desbordó por una generosidad que solo había conocido en mi padre. Desde entonces, somos como hermanos —él en Ferrara, yo en Barcelona— y siempre que lo he necesitado, ha estado a mi lado, como cuando murió mi hijo y viajó de Italia a Madrid para acompañar mis silencios y mis lloros. En cambio, uno de mis grandes amigos es menos longevo y lo he conocido hace poco tiempo, pero parece que llevemos un siglo compartiendo sobremesas heteropatriarcales desde que me llamó para pedirme un texto para un libro dedicado a su padre y, cuando le dije que sí pero que hacía cuatro días que había muerto mi hijo y necesitaba un tiempo prudencial para escribir lo que él requería, se coló en mi vida como la gente que sabe abrazar. Ahora me viene a la mente el recuerdo de esa chica desconocida que me vio llorar en el puerto de Koufonisia —yo dejaba la isla atrás y llevaba un libro escrito en el ordenador— y me preguntó si necesitaba un abrazo.
La muerte de mi hijo marcó un antes y un después en mis convicciones sobre la amistad. A quien no quiso estar a la altura de la tragedia —la más terrible—, lo coloqué en la lista de conocidos sin derecho a nada. De algunos esperaba más, aunque fuera en forma de un pequeño mensaje en WhatsApp. Yo tampoco estoy libre de culpas. Estoy seguro de que, en ocasiones, algunos amigos esperaban más de mí y les fallé como una escopeta de feria.
A punto de cumplir seis décadas, no puedo quejarme de los amigos que todavía conservo
Ideológicamente, tengo amigos de todos los colores. Tengo independentistas (ERC, Junts y Cup), equidistantes (Comuns), socialistas serviles con el reino (PSC-PSOE) y también de Aliança Catalana. Mi línea roja son la gentuza del PP, de Vox y de Ciudadanos post mortem, porque estas formaciones abogan por el exterminio de la identidad catalana con unas formas más analógicas que digitales, pero igualmente catalanófobas. Y conservo amigos de la escuela y de la facultad, aunque ha sido fuera de las aulas —cuando ya formábamos parte de la rueda del hámster— cuando los he enfocado mejor en el retrato de mi memoria sentimental. Soy un heterosexual militante, y nunca me he declarado feminista porque mi feminismo me viene de fábrica —a mí me educaron en la igualdad—, pero me congratulo de que todas mis amigas sean feministas, aunque la portavoz instagramer del movimiento forme parte de mi grupo de personas tóxicas por motivos alejados del feminismo. Detesto a las malas personas.
Del mundo del gremio literario tengo los amigos justos. La mayoría son conocidos, porque es difícil deshacer el velo de la falsedad y el deseo del fracaso. Supongo que es la inseguridad del corredor de fondo, del tipo solitario que, cuando sale de sus mundos de ficción al mundo real, se encuentra con setenta millones de personas que han escrito un libro creyéndose que eran seres sobrenaturales. Igual que el alcohólico que se encierra en un centro de adicciones para curarse creyendo que, cuando salga, el mundo también habrá cambiado, siguiendo su ejemplo. Esto crea desconfianzas y pensamientos poco sanos hacia el prójimo, una enfermedad epidémica que, supongo, afecta a muchos otros gremios que viven de las capacidades productivas de la imaginación. Yo, que he sido educado en la generosidad, he tenido que aprender a ser un tacaño en los halagos para no sentirme un imbécil. A pesar de la fragilidad del oficio, tengo unos cuantos amigos, los justos, que se dedican a la literatura. Ellos y ellas ya saben quiénes son.
Hay amigos que creí que tendrían la durabilidad de la Acrópolis de Atenas, y se evaporaron como el gas de una cerveza 0,0, pero los conservo en el disco duro cerebral porque soy como soy, también, por su paso por mi vida. Bien mirado, me siento un privilegiado por tener tantos amigos con quienes disfrutar, incluso, del tiempo que dedico a pensar cuándo nos volveremos a ver. Hasta he logrado mantener la amistad con gente que llegó de la mano de mis exmujeres, aunque pocos. Y también amigos heredados de mis progenitores, a pesar de que algunos —una vez muerto Manuel— entraron en el grupo de las personas tóxicas. Como repite Kurt Vonnegut en la novela Matadero-5: "Es lo que hay".
Si hay algo que me han enseñado los años es a distinguir a los amigos de los conocidos, y a los conocidos de las personas tóxicas. A esto se le llama madurez, o pura supervivencia. Con un perro y con un hijo muerto, es lo que hay.