Catalunya es aquel lugar curioso del planeta Tierra donde el expresidente del més-que-un-club al cual dejó prácticamente en quiebra, puede manifestar la intención de presentarse en la alcaldía de Barcelona apelando a su excelencia como gestor. Que Sandro Rosell quiera dar el salto a la administración municipal es la prueba del algodón que la política catalana es una delirante olla de populistas cínicos; como ya sabemos, y el nivel de todo es for dummies, no hay gesto más vetusto, castizo (¡y político, en el peor sentido del término!) que presentarse a unos comicios bajo la bandera de la imparcialidad profesional y la falta de ideología. Sucedió, a nivel europeo, con los gobiernos nombrados "tecnócratas", impulsores de un austericidio sangrante, y después con el 15-M o el procesismo, unos marasmos encabezados por vendedores de humo a quienes ni el poder corrosivo del salfumán alejará de la respectiva poltrona.
No obstante, incluso la comedia más bufonesca esconde partículas de verdad. Rosell puede ser un buen alcaldable si sabe exprimir su doble condición de mártir y de aglutinador de un voto de orden con ínfulas business friendly. En efecto, el antiguo presidente del Barça puede presumir de haber vivido en cuerpo propio la cacería judicial de una magistrada a quien ha acusado de manía persecutoria contra su persona (no le faltan motivos, aunque si Rosell fuera valiente iría más lejos y explicaría cómo Carmen Lamela lo encerró como aviso para navegantes para las clases pijas barcelonesas que coquetearon con el independentismo). El alcaldable podría exprimir las escurriduras del discurso victimario y, si Ernest Maragall opta por recordar su condición de espiado en el caso Pegasus, las municipales barcelonesas pueden convertirse en una carrera patética para ganar el título de damnificado.
No hay gesto más vetusto, castizo (y político, en el peor sentido del término!) que presentarse a unos comicios bajo la bandera de la imparcialidad profesional y la falta de ideología
Por otra parte, y con Junts per Catalunya echando la siesta en Barcelona (se especula encabezar una candidatura con Cuevillas o la idea de bombero de resucitar a Xavier Trias de alcaldable, en una carrera absurda para abanderar la gerontocracia), Rosell podría convertirse en el vertedero de un votante moderado del centroderecha a quien los partidos han dejado sin voz. En este sentido, si Sandro quiere un consejo, tiene el ejemplo perfecto del tipo de campaña electoral que no tiene que seguir; la de Manuel Valls, quien cometió el error de jugar la guerra ideológica española en la capital del país cuando aquello que querían sus hipotéticos votantes era una alternativa al colauismo que no pasara necesariamente por Junqueras. Si yo fuera Rosell, me dejaría de gestores y mandangas para empezar a hablar de falta de seguridad, suciedad en las calles y otros highlights habituales en la gente de orden.
De momento, tengo que reconocer que Sandro ha iniciado su campaña con una jugada maestra. Aparte de las frases de rigor del populismo, que si "ni de izquierdas ni de derechas", que si nosotros no estamos aquí para "calentar sillas" y toda cuanta verga en vinagre, Rosell ha declarado que la clave final de su paso a la política consistirá en el hecho de que su madre lo autorice. En efecto, entrevistado por Laura Rosel, el expresidente del Barça confesó que Maria Dolores Feliu i Bacci (a quien muy pronto conoceremos como "Maria Dolors" o, simplemente, "Los") todavía sufre porque su crío vuelva al foco mediático de la primera línea, con el consecuente desgaste familiar y el posible retorno de la cacería judicial. "En mi casa todavía manda mi madre", confesó Rosell, calentando braguita y las fajas de la mayoría de votantes convergentes de toda la vida, ansiosas de devolver la cosa nuestra al matriarcado.
Yo reclamo que la Los tenga la bondad de acceder a las ansias de su hijo y así, entre todos, provocarán muy pronto que nuestra capital sea el epicentro de un zoo de animalillos políticos difícilmente igualable. Y de paso, ya que estamos, si la apuesta por el voto de centro funciona y Rosell urde una buena campaña, yo de los asesores de Ada Colau le iría preparando unos cuantos bailuquis más, porque si Sandro lo consigue, Ernest ya puede ir pensando en jubilarse y tendremos colauismo en Barcelona hasta que a la alcaldesa le salga del higo. El panorama, como veis, provoca unas ganas de votar que asustan. Pero, cuando menos, nos deparará escenas lo bastante curiosas, como ver a Sandro atravesando la Diagonal en dirección al mar.